Oriundo

El mayor acto de misericordia universal lo llevó a cabo un tal Oriundo Vizcaya, al norte del pueblo de H, a las faldas del Valle Rojo, en la frontera con Y. Lo hizo basándose en sus propios principios y sin apegarse, de manera alguna, a cualquier otro tipo de enseñanza humana.

Su servidor, Sabino Montalbán, así como la gran mayoría de los ciudadanos de H, somos testigos incorruptibles de los hechos, y los proclamamos como la verdad absoluta e irrefutable. ¡Bienvenidos sean los opositores! Porque sus palabras, así como sus vidas, se sostienen en el aire, y en nada más que el aire.

Aconteció de mañana, de mañana, de mañana. Es decir, dentro de tres días en el futuro. Pues bien es cierto que, en nuestros corazones, las cosas ya se han dado por hechas, porque, a través de las promesas de Oriundo, el futuro se ha convertido en una cosa rota y predecible. 

Fue durante las fiestas de la Guirnalda Blanca, al final de la temporada primaveral. Lo vimos descender por el Monte de las Yeguas, montado en un caballo tan negro que por un momento creímos que venía galopando, leve, por las cornisas de la noche.

Inmediatamente, Yunque, el hombre más sabio de H, informó a Madrigales, la mujer más sabia de H, y Madrigales respondió organizando a los hombres del lugar. Untamos manteca de avestruz en varios trozos de leña, y al pasarlos por las fogatas, creamos un mar de antorchas que nos permitiría ver si aquel jinete misterioso era, en efecto, un ser místico… o si el destilado de agave que Mausoleo el Sobrio había traído para la celebración había comenzado a encandilarnos. 

Ahí nos dimos cuenta de que, tanto lejos, como de cerca, Oriundo siempre es el mismo. Sus rasgos son indescifrables: es todo sombra, todo silueta. Aun así, su presencia de hombre es tan palpable y veraz como las espigas de trigo. Además, emana ese olor tan característico del ser humano, ese olor a tierra. 

Detuvo su caballo a unos cuantos metros del círculo. La bestia relinchó y apagó algunos fuegos. Vizcaya lo apacientó mansamente y después, avanzando hacia nosotros, con las manos en el aire, dijo:

—Vengo de W, pero no soy un forastero. Verán, he estado aquí siempre. Y prueba de ello son ustedes mismos, que no negarán haberme conocido antes —su voz era firme y quebradiza como las flamas palpitantes.

—La noche es cerrada —respondió Yunque—. Díganos su nombre. Si es como usted dice, nosotros lo reconoceremos.

—Bien, pero no nos adelantemos… ¿acaso no es de buena cortesía ofrecer un trago a todo aquel que se presenta durante la noche de la Guirnalda Blanca? Mausoleo, amigo mío, ven pronto. Mi caballo y yo tenemos la boca como el sol. Además, hemos venido, como siempre, a celebrar. 

Mausoleo, jorobado y taciturno, salió de entre la multitud. Sus pisadas, lentas, lánguidas, se iba desparramando por el lodo y llevaban el ritmo quedo de los tambores, de los vientos. Al llegar, apagó su antorcha, la quebró en dos, y con el filo de una de las mitades se cortó el antebrazo. La sangre no tardó en fluir y en desbordar el lodazal. 

En ningún momento se desfiguró su rostro y en todo momento mantuvo la mirada fija en la de Oriundo. Lo miraba con tranquilidad, e incluso, con algo de cautela. Cuando decidió que era el momento indicado, se acercó un poco más a Oriundo y le ofreció el brazo. En seguida, el jinete se inclinó ante Mausoleo, sacó la lengua, y le lamió desde el pliegue del codo hasta la punta del dedo anular. Luego, hizo gárgaras con la sangre, la escupió y recibió, sereno, una jícara de agave. Ambos bebieron y, al terminar, Mausoleo tomó la estaca, se acercó al caballo y le cortó el cuello, pero esta vez no se regó ni una sola gota de sangre, pues ya no había caballo al cual sangrar. Era una noche fría, y en las noches frías, las antorchas no perduran.

—Todos ustedes son fieles a la podredumbre. Hemos vertido la sangre de Mausoleo, la hemos bebido como si fuera la nuestra o la de nuestros hijos. Celebremos esta noche, la pureza de la guirnalda blanca, el reflejo de nuestro olvido. ¿O qué no intuyen todavía quien les enseñó todo lo que saben? ¿Cómo te atreves, Yunque, a preguntar mi nombre? ¡Atiendan, que mi nombre es suyo, porque me lo han puesto ustedes! Mi nombre está escrito en las venas de su madre. ¡Y su nombre es mío! Sin mí no, nunca fueron personas, apenas lograron rozar el rango de la sustancia, sustancia perversa y ritualista; perdida y desenfrenada. ¡Soberbios! 

—¡Oriundo! —Saltó, de pronto, Madrigales y al decirlo, al dejar resonar esa palabra que va y que se hunde y que regresa, al comérsela la noche, nos sentimos todos como si acabásemos de nacer. Entramos en un éxtasis terrible, lleno de dolor, de angustia, de verdad. Era como si fuésemos, antes que todo, nada. Y famélicos, graves, horrorosos gritos se alzaron, se alzaron hasta la condensación, entonces las nubes, llenamente negras, vomitaron una gélida pantomima de agua bendita, agua reveladora, agua voraz, voraz, voraz: agua muerta. Y Oriundo, por encima de todos nosotros, cogió fuerzas y vociferó mi nombre, pero solo lo escuché yo.  

—¡Sabino! —repitió—. Y, de pronto, me fue imposible recordar otro momento en que alguien se dirigiera a mí de esa forma. Al mismo tiempo, los nombres de Yunque, Madrigales, Mausoleo y el propio Oriundo comenzaron a resonar como campanas nuevas en lo más hondo de mi ser. En ese lugar donde no hay nada, pero está todo.

La vida que creí haber vivido se llenó de lagunas: momentos ensordecedores donde las pausas se volvían hielo —siglos de congelación—; instantes en los que todo se había vuelto tan blanco o tan negro como la densa y suelta bruma de mi memoria jovial. Todo se amalgamaba feroz y cruelmente, como si nacer hubiera sido un castigo, y ese castigo lo hubiese dictado yo mismo, en mi olvido, en mi niñez, en mi ignorancia.

Así se pasó la noche y la flora del auspicio recogió el polvo y las cenizas abandonaron su fiel negrura para volver a andar y respirar, e hincharse. Yo, que estaba recargado en el hombro de Madrigales, supuraba sudores agrios que se derretían en su piel. Ni uno de los dormía, ni descansaba. Ella me miraba con furor. Murmuraba mi nombre lenta y concienzudamente, lo repetía y lo saboreaba, tragaba saliva como si las palabras fueran granos de arena que no la dejaban respirar. «Sabino», me decía, «Sabino». Como siempre lo había hecho, su lengua le tentaba el paladar, le hurgaba los labios, pero ahora se sentía como si me estuviese llamando desde otro sitio y aquel llamamiento no procuraba demostrar cariño, ni decirme nada. Respirar era lo mismo que tiritar. 

Después, continuó con el «Montalbán, Montalbán, Montalbán, Montalbán». Y mi boca se abrió sola. Noté como mi lengua saboreaba mis dientes y tras un leve carraspeo, «Madrigales», abandonó, orgásmicamente, la profundidad de mi cogote. Nuestra respiración seguía la flama férvida y, alrededor nuestro, volaban varios nombres. Yunque, que hace un momento bailaba con Mausoleo, ahora dormía sumergido en la arena. Y, Mausoleo, ya no era más que un charco ensangrentado. 

—Mañana, mañana, mañana. Caeremos inermes, adentrándonos en un sueño único y nuestro, que esté lejos, fuera, mucho más allá del círculo.  El pueblo de H, será otro pueblo, otro H, antes y después de W. El pueblo de Y, frontera eterna, nos guardará de restricciones y sus brazos abiertos y extendidos se mantendrán en alabanza —decía ese tal Oriundo y cada palabra era un vendaje sobre nuestra piel casi deshecha.

Madrigales dejó de hablar. Se arrancó la lengua con una piedra lisa, y la enterró bajo el sauce donde antaño bendecía los nacimientos. Nadie lloró al verla, nadie tuvo el afán de moderar su comportamiento. En cambio, su voto de silencio fue un gran ejemplo para todo el pueblo, un recordatorio de su humildad, de su sabiduría. Se convirtió en algo que elegiríamos seguir siempre, hasta que, de nuevo, se nos vaya todo en el olvido. 

El nombre de Oriundo ululaba con el viento. Y briznaba. 

El nombre de Oriundo es el nombre del tiempo. Y llueve. 

El nombre de Oriundo será la gota que se desparrama contra el suelo. 

El nombre de todos.  

Mas ya no duerme aquel que esconde su rostro y se enajena. Ya no duerme en su sombra calcinada. Ha retomado el galope incesante a través de las colinas. Atravesó el Valle Rojo, algunos dicen que continúa nombrando el mundo incognoscible. Dicen que ha llegado hasta el sur, hasta el Desierto del Caimán. Incluso hay quienes juran haberlo recibido, y haber visto más allá de sus verdades, en lo más profundo del continente, en el Estrecho de Silas. Aunque ya nada es seguro, trabajamos por consolidar el nombramiento. Recordamos nuestro lloro para compadecernos de nuestras propias almas. Sufrimos y nos alegramos, porque antes de Oriundo, ¿quién nos mostró el esqueleto putrefacto en el corazón de la pradera?

Antes y después de él, ¿quién?

Dicen que mañana llegará. Mañana, mañana, mañana. 

Paris Ramírez Acosta
@paris_ramirez_ac
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