Casa en venta

—Tú no sabes cómo era tu abuelo— dice papá cuando se disculpa, —él era mucho peor.— 

Él a veces se enoja conmigo y me da un manotazo en el muslo que me queda doliendo un montón. Unas veces, es porque juego con el balón en la casa, otras, porque me porto grosero con la prima Meli (ella es grosera, también), otras, porque riego el jugo del almuerzo. Yo lloro mucho cuando mi papá me pega, pero al final siempre nos perdonamos. Él me da un abrazo y me cuenta que el abuelo a él le pegaba con una correa. 

Yo no conocí al abuelo Julio porque se murió, pero en las fotos parece buena gente y mi papá dice que me habría querido un montón. Yo no puedo creer que los dos abuelos sean el mismo, ese señor buena gente que me habría querido un montón y el otro, que le pegaba a mi papá con una correa. Pero bueno, mi papá también me pega a mí, y él es buena gente.

Ahora, voy con mi papá a la casa de cuando él era chiquito. Cuando entramos, mi papá se queda en el primer piso haciendo no sé qué cosas; yo subo al segundo, y escucho unos gritos horribles que vienen de una pieza. Yo todo valiente voy a la pieza ver qué pasa, cuando me encuentro al abuelo Julio pegándole con una correa a mi papá, que tiene como 7 años. 

De ver a mi pobre papá chiquito tirado en el piso y al otro dele que dele, siento como un dolor en el muslo y en todo el cuerpo. No me aguanto y le digo, —¡Abuelo, no le pegues más a mi papá!— El abuelo Julio levanta la cabeza y me mira con la cara toda roja. Me señala con el dedo y me dice que él no es abuelo de nadie y que me large para mi casa, culicagao’ maleducao’, que sino me pega a mi también. 

El niño que va a ser mi papá me mira todo lleno de lágrimas y mocos, y creo que me da las gracias por el descanso, así fuera tan cortico. Se me salen unas lágrimas a mí también, aunque no sé si del susto o de la tristeza, y me volteo para salir. Pero cuando miro la puerta, veo que mi papá, el grande, también está ahí, parado, mirando todo. Con su voz de papá grande, le dice al abuelo:  —Papá, no me pegues más.— Mi abuelo Julio deja de pegar y lo mira con los ojos muy abiertos, pero no se enoja con ese señor que entró en su casa. De alguna forma, sabe quién es. 

Mi papá, el niño, sale corriendo de la pieza todo apporriao’, pero libre de la lluvia de correazos. Mi abuelo Julio todavía tiene la cara roja, pero ya no de la rabia sino de la pena. Se queda ahí parado un rato, respirando muy rápido, como si acabara de llegar corriendo. Quieto donde está, coge aire y, sin quitarle los ojos de encima, le dice a mi papá:  —Tú no sabes cómo era tu abuelo… Él era mucho peor. 

Paula Obeso
tallerdehistorias
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