El silencio se impone de manera absoluta e instantánea, mientras todo a mi alrededor se mueve descontroladamente lento como en una nave ingrávida. Los cuerpos, incluido el mío, se proyectan en direcciones erráticas rompiéndose y rompiendo todo a su paso. Los sentidos se desactivan. El tiempo deja de existir liberando recuerdos desprovistos de conciencia. Los brazos de mi madre, juegos infantiles, lágrimas de dolor y felicidad, el primer beso. El escenario actual da paso a la veloz proyección de mi autobiografía inédita que alcanza el presente interrumpido por un pandemónium de gritos, lamentos, súplicas y oraciones.


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