Pum Pum

Rodin 20
Les hérétiques A.RODIN pl.10 (B.A.T.125) DEC, Collection Musée Goupil, Bordeaux

Tenía el sonido de los gritos clavados en su memoria. Seguían sonando igual de desgarradores que el primer día, se repetían constantemente en el interior de su mente como un eterno recordatorio de lo que había hecho. El olor a sangre fresca se había quedado impregnado para siempre dentro de su nariz, al igual que un sutil perfume parisino que se queda ligado a una joven dama de ojos traicioneros.


Los casquillos de las balas golpeando el suelo se habían convertido en sus días de lluvia personal, ya no lloraba por su salvación, sino por la de aquellos que habían perdido la vida mucho antes que él… y a manos suyas. Después, estaban los disparos, como pequeños fuegos artificiales macabros estallando de forma infinita en su piel, dejando cicatrices más en sus huesos que en su piel, plagada de tatuajes invisibles a los ojos de aquellas personas que nunca habían visto morir a alguien delante suya.


Intentó volver a concentrarse en lo que estaba leyendo, sin embargo, sus ojos continuaban resbalando por las palabras sin comprender verdaderamente nada de aquellos extraños significados que se le antojaban exóticos y misteriosos cuando recordaba aquellos largos días bajo un sol rosa en un bosque de huesos grises.
Había visto tantas cosas que hubiera preferido jamás contemplar… tanta gente sufriendo a la vez. Los recuerdos se agolpaban furiosos e inestables en su torturada memoria que, al igual que una cinta de vídeo, repetía una y otra vez aquellas imágenes que se habían quedado grabadas. Tal vez, lo peor de todo habían sido los paisajes de cuento de terror.


Antes de que empezara todo aquello, nunca había salido de su pueblo más allá de las vallas blancas que limitaban las fronteras de hasta entonces todo su mundo conocido. Una pequeña ciudad abandonada en mitad del campo, lejos de cualquier sitio y en ninguna parte, sumergida en un clima atlántico en el que la lluvia fría y heladora era una sempiterna compañera de los días sin sol y las noches de luna llena. No era un lugar para niños, nunca lo había sido.
No creía que hubiera nada peor que aquellas casas intemporales de color gris mohoso, protegidas en cápsulas de cristal contra el ladrón del tiempo. Sin embargo, al comienzo de la guerra, pudo comprobar claramente que se equivocaba. Y ahora era cuando más se daba cuenta de ello.


Un humo azulado que entraba por una de las minúsculas aberturas del vagón le traía un aroma a incienso intenso, aspiró el olor tan conocido y después tosió con repugnancia, nunca había sido capaz de soportar aquel hedor que hacía arder sus ojos y picar su garganta. Supo enseguida que estaba cerca de casa, allí utilizaban el incienso para ahuyentar a los malos espíritus y a los demonios.
Volvía a su particular y antigua caza de brujas, donde en cada esquina de aquel maldito pueblo perdido entre las montañas de ninguna parte, se ocultaban ansiosos todos sus viejos fantasmas. Llevaban tanto tiempo esperando a su regreso que los colmillos, sedientos de sangre fresca, asomaban terroríficos en las babeantes mandíbulas. Aquel pensamiento le hizo volver a recordar el sol rosa…


Cerró los ojos fuertemente y se tapó los oídos. Los gritos seguían encerrados en el interior de su memoria, más altivos y violentos que nunca, como pequeñas tomas grabadas a cámara lenta y a todo volumen en microsegundos, repitiéndose en un bucle infinito, sin final aparente. Toda su mente se había compartido en un insufrible aparato de reproducción automática, sus párpados jamás caían por las noches, el sueño le había abandonado a su suerte.
Aquellos funestos panoramas de su memoria se representaban más claros que en cualquier momento anterior, él pensaba a veces en aquellos días bajo aquel incesante sol de rayos rosáceos, un extraño fenómeno meteorológico provocado por los gases de descomposición de una gran aglomeración de cadáveres. La luz del astro eterno se veía difuminada y transformada en un espectro siniestro boreal, los caminos de esqueletos y calaveras se repetían una y otra vez entre las diferentes trincheras, entre las metálicas alambradas…


Volvió a cerrar los ojos, no quería pensar en ello en aquellos momentos, se sentía tremendamente vulnerable recordando eso, todo eso. Era como volver a ser un niño al que mamá había castigado por hacer lo necesario malamente, ella solía decir que todo lo que tocaba, se estropeaba. Nunca la había hecho mucho caso, simplemente prefería continuar con su vida, aislándose en su propia burbuja de cristal… Todavía estaba recogiendo los pedazos de cristal azul que se habían esparcido con la rotura de la bola cuando una bala hizo que reventara.
Todos pensaron que había sido una bala perdida… como él.


Tocaron las doce en el reloj de la iglesia cuando el tren por fin llegó al pueblo. Sintió que se aceleraba su respiración, unas palpitaciones desbocadas y la pérdida de sangre de sus venas y arterias, reflejada en una mortal palidez. No quería volver a casa, nunca lo había querido en realidad…
En aquellos instantes de soledad en el tren en medio de un humo azul celeste, se dio cuenta de que tenía miedo. Los demonios seguían esperándole.


Había más gente en el tren, rostros ennegrecidos por el humo contaminado y mortecino de la estación, con lágrimas desesperadas corriendo de forma traicionera por sus laceradas mejillas, vio caras de eterna tristeza inscritas en cuerpos flácidos y esqueléticos donde sólo la muerte podía encontrar algo de paz, sus almas en llamas azuladas de desesperación circular entorno a la idea del suicidio tras la horrible guerra en la que muchos habían participado.
Muchos de ellos eran jóvenes como él, todos más o menos de su misma edad, tal vez incluso con las mismas aspiraciones cuando partieron engañados por la idea de encontrar una vida mejor afuera de aquellas asfixiantes fronteras que habían llamado hogar durante todos aquellos años, y era ahora, después de casi una vida y mil años más cargados en el espíritu, cuando se daban cuenta de que nunca había habido otra salida más que aquella… El pueblo continuaba esperando a sus pobres muchachos.


En aquel momento de extremo pesimismo, se preguntó si su rostro sería igual que el de aquellos otros héroes silenciosos que se rehuían la mirada entre sí, demasiado avergonzados para admitir con ojeadas indiscretas los terribles actos que guardaban con recelo cada uno en su baúl de los secretos. No quiso darse la razón, así que volvió a su aburrida lectura sin entender nada de aquel libro que se le antojaba tan inaccesible e irrelevante ya en su vida, sin embargo cualquier cosa era mejor que enfrentarse con la realidad de sus actos.
La vuelta a casa ya había llegado y todavía no se veía con fuerzas suficientes para llegar a su casa, recorriendo las mismas viejas calles con los mismos viejos rostros de los vecinos ridículos en los mismos apestosos lugares… los mismos malditos fantasmas de siempre. Desgraciadamente, aquel tren que había partido desde el infierno, infestado de tullidos, lisiados y mutilados ya traía nuevos espectros para alimentar el lugar.


Aún vestido con el verde uniforme militar, salió del vagón junto a todos los cadáveres con vida, intentando evitar la acusadora luz de la verdad tapándose la cara y escuchar algunos gritos de júbilo y alegría que rápidamente se trastocaban en amargas lágrimas y aullidos de dolor y espanto ante la nueva apariencia de los antiguos muchachos del equipo de fútbol: sus novios, sus hijos, sus hermanos…
Sabía que no le esperaba nadie, así que cogió sus cosas y empezó a caminar… todavía tenía las botas manchadas de sangre y muchos recuerdos que liberar de su memoria… Lo peor de todo es que había vuelto a casa e, interiormente, sentía que volvía a la guerra, tal vez el peor combate que había podido jamás librar.


Su verdad se hallaba escondida en todos aquellos callejones de papel maché que había intentado desdibujar mediante las gotas de lluvia y sus propios sudores fríos. La guerra seguía siendo un intenso dolor clavado ardientemente en el lado izquierdo de su pecho… Al fin y al cabo, nada había cambiado, seguía siendo el mismo pueblo gris con sus habitantes de cigarrillos azules…
¿Por qué había vuelto? Se preguntaba con preocupación mientras arrastraba sus pies por el fango de las carreteras, no había familia a la que abrazar ni un verdadero hogar, sólo cuatro paredes blancas y desnudas vacías de recuerdos y emociones esperando a ser observadas por un espectador fracasado en la vida…
Él.


Pero aún había esperanza, sabía por quién había regresado, aunque llevaba mucho tiempo sin leer ni responder a sus cartas cargadas de melodrama y su caligrafía perfumada. Lo que si sabía era que le quería, nunca había dejado de hacerlo, nunca había habido ningún otro más en su vida, y no le importaba lo que la gente pudiera decir en aquel pueblo de mierda, repleto de ratas de alcantarilla con lenguas muy largas y amantes como arpías.
Y es entonces cuando vuelve al mismo lugar donde se despidieron, una boca de alcantarillado sucia y mugrienta, y sigue allí, trabajando en las obras de la nueva avenida… como si fuera a cambiar las cosas. Se fija en su cuerpo, en sus manos… y en sus ojos rojos y furiosos, más viejos que antes, como si hubiera vivido mil años cuando, en realidad, aún es un muchacho.


Se ven mutuamente, se produce el encuentro y se acercan el uno al otro, al principio lento y después, rápidamente, continúan deseándose, amándose en un eterno fuego interno y fatuo que nunca se enfría. Y cuando por fin se besan, después de años de guerra…
¡Oh, sorpresa! El viejo amante se aleja y contempla horrorizado el terrible espectáculo, nuestro protagonista ya no es lo que era, la muerte se lo ha llevado y lo único que queda es un agujero negro y profundo del que brotan extrañas criaturas nostálgicas, donde debería haber habido un corazón.
Ya no hay amor que valga, hizo mucho daño la guerra.
Ya no hay lágrimas que derramar, se han quedado secas.
Le arrancaron el corazón, entonces… Pregunta histérica.
¿Quién es el que hace pum pum?
Sinceramente, mejor no demos respuesta.

Por: Almudena Anés (Escritora de Letras & Poesía) 

https://historiasdel98porunadel13.wordpress.com

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