Carta al cielo

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Hoy no estás conmigo, pero un enorme sentimiento de vacío me lleva a pensar que si lo estás. Te imagino sentado junto a mí, riendo como siempre, con esa risa que tanto me encanta y esa sonrisa que me mata, esa misma que me insinúa a besar esos suaves y dulces labios de algodón de azúcar.
Recuerdo el día que te conocí en ese gran patio de la casa del señor Aguirre, yo, aburrida por la fiesta que le dio la bienvenida a su hija, salí un rato a descansar del estúpido actuar de personas que creen que lo tienen y saben todo. Me senté en esa descuidada fuente a contemplar lo magnifico que es el cielo cuando no hay luz y lo hermosos que se miran los astros, pensaba en cómo era posible que algo tan hermoso no estuviera a mi alcance, y como es tu costumbre interrumpiste mis pensamientos farfullando algo que no logré entender, te sentaste junto a mí y sonreíste, en ese momento, mi amor, ¡el cielo se apiado de mí! y junto contigo me dio la oportunidad de tenerlo frente, con dos estrellas en tus ojos y la más hermosa media luna que jamás había visto en tu sonrisa.
Mi vida se resume en un pequeño pero inmenso lapso de tiempo: volví a nacer en aquel primero beso que nos dimos, tan perfecto como las gotas de rocío al amanecer; y morí contigo en tu último suspiro, como al culminar cada día, con la excepción de que nunca más volvió a salir el sol, después de tu partida.
Me quedé esperando tu regreso, esperándote todas las tardes sentada en el sofá de la estancia, en el mismo lugar como todas las tardes, esperando tu beso de bienvenida, tus labios tibios contra mi mejilla, recorriendo con besos un travieso camino hasta mis labios, cuando llegabas a la meta, ahí te detenías, y el tiempo de espera era inmenso, pero al sentir tus labios apretados contra los míos, la espera valía la pena; esos besos nunca más llegaron. Te espero en la banca vacía que solíamos frecuentar, para observar a los pequeños jugar, anhelando el nuestro, fruto de nuestro amor, al que amaría tanto como tú, o incluso más; nunca llegó, tú te fuiste, y yo me quede tan sola como antes de ti.
En las noches observo el inmenso cielo, quiero pensar que esas estrellas son tan bellas como tus ojos, pero sinceramente ninguna de ellas alcanzará nunca tu imperfecta perfección. Le he implorado al cielo tu regreso, pero solo logro escuchar el eco de mis plegarias, y su respuesta tan silenciosa, como tú ahora.
Debo confesarte que te he fallado. Y lo lamento tanto, te pido me disculpes, pero no puedo cuidarme, ¡¡Te necesito!! ¡Aquí conmigo! Mi madre dice que debo comer, que debo cuidarme, pero simplemente no puedo, ya no resisto más tu ausencia, y no me apetece nada que no sean tus brazos apretados contra mí, una vez más, solo una maldita vez, tus hermosos ojos, tan brillantes como las estrellas, y tu sonrisa torcida. Te extraño mi cielo, te extraño, y no soporto más tu ausencia, quiero verte lo más pronto, y sé que tú me extrañas al igual. Nos veremos pronto, lo sé.
Te ama por siempre y extraña tanto, tú Sofía.

Por: Ana María González (Escritora de Letras & Poesía) 

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