Infortunios

El frío perturbaba mis pensamientos aquella noche. Los charcos de agua que habían quedado tras la lluvia no hacían más que inundar de desilusiones mis temores, y la luna que tanto me llena en noches como aquella, ¡se encontraba cobardemente escondida! tras las espesas nubes de la noche. Se podía incluso oler la humedad que había dejado tras su paso el agua, llenando los pulmones de armonía.

Me encontraba pensando en cómo el mundo podía ser tan espantosamente feliz y yo tan irremediablemente desgraciado; cuando de la nada vislumbre un garabato rojizo en medio de la oscuridad. Olvide mis absurdos pensamientos para concentrarme en aquella curiosa maraña de cabellos rizados y alborotados de color del fuego, que hizo olvidar mis infortunios. En ese instante vi claramente las llamas del infierno, insinuándome a pecar, por desear tanto tener sus caderas ceñidas a la mía, ardiendo en el eterno infierno del deseo.

¡La locura! ¡La rabia! ¡El deseo! ¡Y la felicidad! se mezclaron en ese preciso momento, a tal grado que olvide cual era mi nombre y que hacia yo en esa calle, olvide respirar y casi muero en el intento de retenerla para siempre en mis pensamientos. Sólo sabía que el destino se había encargado de ponerla ante mis ojos para hacerla mía completamente, y poseerla entre mis manos.

Debía aprovechar la oportunidad, así que mis pies siguieron silenciosamente las delicadas huellas que dejaba en el lodo, la poca luz que brindaban los envidiosos faroles dejaban ver una exquisita silueta, que despertaba en mí una extraña sensación, que jamás había experimentado con alguien más al tenerla de frente.  Parecía volar sobre el mundo, era un ángel que había llegado desde el infierno para llevarme con ella. La delgada cintura me invitaba a beberla gota por gota y su alborotado cabello a enredarlo entre mis manos por inmensos instantes eternos.

Pudieron haber sido horas las que seguí su camino, pero ella nunca se detuvo. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a llegar hasta mis pupilas, ella (si es que así se le puede llamar a algo tan hermoso) paro en seco, me paralice, olvide mi objetivo, y en cuanto recupere la conciencia, corrí a abrazarla, ¡no podía esperar más para tenerla y sentir su cálida piel! que tanto anhelaba, en cuanto mis brazos se cerraron contra su pecho, pude sentir su vacío; y en cuanto abrí los ojos no había más que el alba con su pereza de siempre. ¡Vaya fortuna la mía!

Por: Ana María González (México)

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