Somos un número

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Vivimos en una sociedad íntegramente tecnológica, somos -queramos o no- perpetuamente traducidos al código binario. Y quién dice código binario, puede decir a su vez, un conjunto de códigos que en su pluralidad conforman un concepto matemático para reflejar una cantidad determinada. Este conglomerado de palabrerías, traducido al lenguaje coloquial, vendría a decir que todos y cada uno de nosotros somos un número.

El contratiempo aparece cuando los números que nos definen no son elegidos por nosotros mismos pues no somos ni nuestro número de la suerte ni tan siquiera el número que tanto odiamos. El contratiempo sigue apareciendo y, además, parece no querer irse cuando el conjunto de códigos hacen función de etiqueta y nos especifican incluso mejor de lo que lo podríamos hacer nosotros mismos.

Somos lo que los números gritan (con su voz kilométrica) de nosotros, lo que otros murmuran que han oído decir en boca de los números acerca de nosotros y, en última instancia, aquellos números que deseamos ser pero que siempre estarán a años luz de identificarnos aunque solo sea un ápice.

Si vas al supermercado, cada objeto posee un precio. Si el precio es bajo, nos cuestionamos cuán de baja sería su calidad pero si el precio es alto, desearíamos que el mismo descendiese un poco. Paradojas de la vida. Sin embargo, hay algo que se nos escapa. Más allá de los rótulos y de las inscripciones, nos encontramos ante una sociedad disfrazada sin ser febrero en Carnaval. Una sociedad que engaña, que llora, que lucha a sangre fría, que teme, que añora y, sobre todo, que maldice no ser el número con el que la felicidad podría tocar sin esfuerzo alguno a primera vista.

El fallo es, sin lugar a dudas, que pudiendo ser una sociedad tolerante nos quedamos atrapados en los deteriorados cimientos siendo así una sociedad de lo más numérica.

Lo reconozco, soy una nota. Me dejo serlo, no lo impido, me conformo, lo acepto con total plenitud. Durante nueve meses mi único objetivo es retener la mayor cantidad de palabras posibles en un tiempo determinado, digamos que, si el número de palabras retenido es mayor, mi nota será mayor. Lo cual quiere expresar que a mayor nota, mayor número; a mayor número, mejor reputación; a mejor reputación, mayor felicidad; y a mayor felicidad, un notable incremento de querer ser mejor número siendo así menos yo (como persona autosuficiente) cada vez.

Podríamos nombrar una infinidad de casos tras otro pero siempre triunfaría el anhelo de querer ser el número más sobresaliente de todos -caiga quien caiga-. Y qué triunfo.

El no querer ser un número, por lo pronto, nos aislaría del sistema capitalista en el que habitamos. Mientras competir por ser el más sublime de los números nos situaría en la cumbre de un podio encontrándose nuestro nombre vitoreado por muchos, salir del rebaño nos situaría en la plena soledad encontrándose nuestro ser anulado por completo sin tener validez para el sistema.

Ahora dime tú, ¿qué pesa más?

Por: Laura Gómez Lomeña (España)

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