Escritores de Letras & Poesía Laura Gómez Lomeña (España)

Soulmate

Erizada mi piel se encuentra cuando tu pluma avanza, alterando el tempo de su composición, sobre mi exánime garganta sin evitar desgarrarla. Me dueles, ¿por qué no decirlo? Eres complicada, incluso me cuesta entenderte. No te preocupes, muchos tampoco me entienden a mí. ¿Cómo entenderme si todos buscan encontrar la respuesta tras el primer apretón de manos? Sí, ya sé lo que estás pensando, a ti no te apreté la mano sino que te abracé. No te engañes, solo abrazo a los que se cuelan por la ventana a altas horas de la madrugada, rompiendo el orden de decibelios establecido. Tú lo rompiste. Gritabas sin gritar, qué paradoja. Era una de esas madrugadas de verano en las que el terral apretaba con fuerza y yo ni de lejos tenía sueño. Nunca lo tengo, ¿recuerdas? Giré mi cabeza y, sin cita previa ni presentación, te encontré a mi lado. Me cautivaste. No sigas engañándote, me cautiva todo aquel que decide averiguar quién soy sin preguntarlo directamente y, sobre todo, aquel que se atreve a conocerse a través de lo que se refleja en los cristales de mis veteranos anteojos. Sin darte cuenta, un tumulto de decepciones comenzaste a silbar tras haberme conocido. Me desalentaste… luego no… pero antes sí. No me exculpo. ¿Cómo pensar que alguien querría convivir conmigo siendo un sujeto de lo más característico? Ciego, sordo y mudo -bueno, mudo no del todo-. Te giraste pero a posteriori te diste la vuelta, tus húmedos ojos techados en lágrimas anunciaron que te querías quedar. Te abracé. Nos abrazamos.

Aprendí a leer en braille cada surco de tus vertiginosos escalofríos. Aprendí, también, a escuchar los zozobrantes latidos de tu corazón con tan solo conocer tu velocidad de creación. Oí, sin hacerlo francamente, cómo llorabas después de cada derrota. Cambiabas de bolígrafo, el tacto nunca me falló. El entendimiento tampoco. Lo hacías pensando en el sentido literal de la frase cada vez que el eco de tu instinto insinuaba que la pluma debía de ser más natural y verdadera, menos fanática y catastrófica. Más pluma. Tú no eras de emplear plumas, no te iba eso de trabajar con estilográficas. Eras más de bolígrafos, cómo no. Por eso, recorriste todos los establecimientos cercanos. Buscabas nuevos modelos, los probabas pero nunca encontrabas el idóneo que cumpliera ambas premisas a la vez. Ninguno conseguía ser natural evitando la catástrofe, ninguno lo conseguía porque la pluma de la que hablaba tu instinto no era otra sino tú. Tú eras la pluma, ¿cómo no percatarse?

Sé que no te agradan los piropos pero hoy, además de ser yo el que habla, siento que te los debo. Deja de una vez de pensar que no eres la pluma. Lo eres. La pluma que en vez de arrojar los trastos viejos por la ventana les organiza una despedida -que siempre acaba bien- de lo más conmovedora. Y, ¿sabes qué es lo mejor? Yo, tan ciego y tan sordo, estoy presente en cada una de las escenas por ti narradas. Te veo, tan intrépida; te oigo, tan dichosa. Deja de una vez de pensar en diminutivos cuando te describes, no eres tan insignificante como piensas. Eres la esencia, la magia, la brisa de emoción, el castillo de valentía, la nube armónica… La pluma.

Estoy rozando el tacto de tu felpudo. Tranquila, estoy de vuelta como siempre. No me iré si no me echas. Antes dije que no era mudo del todo, es cierto, no lo soy. Tú eres mi voz, ¿cómo no serlo si tus palabras inundan mi -siempre- palpitante corazón? Me haces cosquillas, me pellizcas. Maldita tu pluma. Tú, tan solo tú, eres la causante del escozor que sufren mis ojos cuando algo dañino acontece. Tú, tan solo tú, eres la causante de la fortaleza que experimenta mi risa cuando decides colmar de humor todas tus líneas. Por ello, soy consciente de que nunca tendré conocimientos previos sobre las sensaciones que penetran en lo más profundo de tu ser hasta que escritas no sean, hasta que escritas no se vean.

Ahora sí, es hora de despedirme. Si me necesitas, no dudes en volver a colarte por la ventana. Quizás hayas perdido fluidez pero no te preocupes, vuelve a gritar sin gritar que eso sí que lo sabes hacer. Puede que sin tu colaboración no sea capaz de modular palabra alguna, que no conozca universo más allá del que tú me enseñas, que no oiga más llanto ni risa que los tuyos, que mis desfallecidos ojos tan solo te vean a ti, es cierto. Pero nunca olvides que el tacto nunca me falló. Por muy centenario que sea, aún puedo sentir cómo otros vibran al leerte, cómo sueñan, cómo viven. Ellos, como tú, también pueden ser pluma. Tan solo necesitan que alguien los anime a gritar sin gritar, enséñales tú que de eso bien sabes.

Atte. Un papel en blanco, tu papel en blanco. Y si lo anhelas, tu mejor amigo.

Nota del autor: A ti, que me hiciste ver cómo y porqué un papel en blanco puede ser el mejor amigo del que tan solo necesita ser escuchado. Gracias.

Por: Laura Gómez Lomeña (España)

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