Autores Luciano Verdi (Argentina)

Serendipia

Todo ayer era repetitivo, no había ningún eco en las palabras. Siempre se conservaba el presente como una fuente inagotable de razón y nubarrones oscuros que pernoctaban cada sueño o pronosticaban una lenta lluvia de promesas incumplidas. Algo había que hacer con ese cuerpo que se estaba muriendo, algo debe pasar por el alma para que lo irreductible se convierta en su más cercano coraje. De alguna manera los hombres que se salvan interceptan ese coraje y lo valen hasta convertirlo en una promesa irrenunciable.

Aquel cuerpo vivía una existencia que no era la buscada, pero reconocía en él una implicación profunda de la mente con la ausencia, que siempre llevaba a un derroche de partes que se iban perdiendo en el tiempo, desojándose como la flor o desarmándose como la fantástica utopía de un mundo sin partes, unido y apelmazado en un recoveco bajo la custodia de una caja con llave. El presente comenzó a ser insuficiente, como también el giro inadecuado de los nubarrones oscuros por encima de su cabeza (o quizá por delante de sus ojos). Aquél cuerpo se movía lentamente exclamando una posibilidad, exigiendo a las suertes que le devuelvan lo merecido. Se dice que para quien ha sufrido temblores sin haberlos elegido, este merecerá cierta retribución por el no goce de los temblores concurridos y la indemnización correspondiente con paga de devolución de partes o repuestos. Para ese momento denotaba madurez en sus piernas, una energía sin precedentes que iba escalando el resto de miembros ayudándose por la piel que acumulaba estática para acelerar el proceso, la energía se replicaba rápidamente en forma de estímulo y mirada expectante. Las manos elevaban cada dedo en una armonía de desarticulación que guardaba en sí una belleza humana tan común e incomprensible pero suficientemente hermosa para apreciar el instante previo a la acción, al movimiento. Todo movimiento llevaba a los cuerpos a rozarse con el aire, a tomar elecciones que los pies obedecían con orgullo y a desligarse de cualquier ayer repetitivo. Pero el cuerpo tenía debilidades. Le bastaban un par de puntapiés para ver volar ciertos zapatos y entrar en un mundo de expectativas donde los cuerpos se encontraban a media luz, resbalándose en una repetida acción a abrazar sin permiso, a tocarse sin permiso, a conservarse por unos segundos en el iris más profundo y escribir cualquier historia con solo el tacto. Don bien dado a los cuerpos para, después de todo, quererse.

Las partes entraban y salían de sus encastres, la sonrisa llevaba la estática a navegarle cada órgano, incluyendo el estómago que le simulaba una metáfora de aleteos con sabor a colores o fuegos artificiales que le dejaban una sensación de humanidad y fantasía. Sensación que elevó la conciencia hacia una nueva concepción de la posibilidad de unas manos tenaza aferrándose a lo que proclamaba el corazón a golpeteos y reducción del oxígeno en el pecho. Algo había sucedido con esos encastres de rompecabezas, piezas todas mezcladas, untadas de dificultad en apariencia y orden, llenas de eso que puede ser la vida o la muerte, pero a esa hora de las noticias, poco importaba el orden o la vida en proyección a un fin, solo se necesitaba la precisión de reconocer el movimiento de unas partes que se habían desparramado por una habitación con promesas a eternidad o toda la vida, para temporalmente volver a juntarse. Promesas por cierto ciegas, a las que los cuerpos no pueden concurrir, pero que las sueñan con los demás de su tipo para entrar en un mundo donde la serendipia abre un portal de luz magnética y da una razón a la que la voz más tarde llamará amor.

Pero el cuerpo pasó algunos días aprendiendo a decir y conjugar la palabra amor. Con ella el éxtasis de armar sus partes a las que había unido con el sentido a esperanza -un pegamento poco probable para su duración en el tiempo-. La esperanza siempre estaba unida a otra cosa (paradoja) y los cuerpos depositaban en ella a cualquier necesidad bienaventurada del presente, a cualquier otro cuerpo al que le quepa las conjugaciones, a un sueño repetido hasta el hartazgo o al simple querer algo, algo que completara las partes imperfectas.

Empezaron las preguntas:

¿Cómo puede amar quien amó? ¿Cómo amará quien ama? ¿Cómo amaría quien amará? Sus partes comenzaron a temblar otra vez, la flexibilidad no encontró grado posible en cualquier giro y así, el cuerpo se inclinó hacia sus pies para desdoblarse en una confusión de las utilidades de los miembros con respecto a las conjugaciones que le significaban toda aquella esperanza que iba unida a autocompletarse en una mala ficción del amor platónico. Entendió que todo era una proyección, que no había posibilidad de unir partes con los elementos de otros cuerpos, que parafrasear a un poeta o cualquier artista estaba bien pero solo para uno, para llenarse de miel y no pedir por prestado. Los cuerpos, encastre de por medio entre sus manos, envolviéndose en una costura difícil de comprender y haciendo un espiral, se abrazaron fuerte. Extendieron los brazos por detrás y ahí en más escalaron para sostenerse aún más fuerte, para así desatormentarse el uno al otro de la necesidad cuando tocaba vivir, decir o conjugar el verbo amar.

Adiós.

Entonces el cuerpo entendió que debería pensar en un mundo diferente, girando más allá de los elementos que lo interpretan.

Por: Luciano Verdi (Argentina)

verdiluciano.wordpress.com


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