Quisiera explicarle al mundo el silencio que causan las tempestades, dejando siempre rastros de ausencia y consuelos vanos, generosos en labriego de sueños, socavando el dolor de la multitud. Llámese lluvia, adiós, caída, regreso, límites, finales, sueños, canciones tristes.
La gente llora y se hace el silencio. Se apaciguan los mares para dejarse acariciar por la melancolía de quién sufre, de quien descubre que la felicidad no es más que una ilusión capaz de abarcar sueños y destruirlos en el mismo instante.
Tempestad es hacer el amor con tus demonios, es descubrirte atada a un sueño imperdurable, caminar en dirección a ninguna parte esperando encontrar el paraíso, y que el camino sea rocoso y andemos descalzos, con el alma desnuda al filo de un futuro desolado y sin esperanza alguna.
Tempestad es este deseo de tocar, de sentir. Es esa necesidad de volver de ningún lugar a donde nadie te espera, y nunca haber aprendido a dar vuelta atrás.
La tempestad ha dejado a su paso un corazón solitario y con miedo, hambriento de victorias, cansado de luchar siempre por utopías inexistentes, por sueños que arden desde su interior y que jamás son realizados, por las derrotas anticipadas, por las que sucedieron antes de que se pudiese hacer algo y se dejaron ser.
Somos almas sedientas de abrigo entregándonos sin titubeos al mejor postor. Damos pasos asertivos buscando el presente en un futuro desconocido.
Ahora entiendo: la vida no es más que una causa del intelecto. Deambulamos por la calle más transitada por la soledad, pretendiendo al ruido un silencio inquebrantable. Confundimos tanto el amor que nos hemos vuelto locos de ausencia. Las derrotas duelen más de lo que una sonrisa puede brindarnos y las lágrimas parecen divertir al semejante.
Estamos tan faltos. Tan solos. Sentimos el amor tan lejano teniéndonos tan cerca…
El mundo llora, hemos aturdido el silencio.
Por: Andrea Canabal (México)
instagram.com/andreacanabal
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