Julia estaba nerviosa, se comía las uñas y sus piernas no dejaban de temblar. En la estación hacía frío, pero ella no tiritaba por eso. El tren acababa de llegar y la gente comenzó a salir y dirigirse a su destino. Sus ojos observaban sin cesar, miraba a cada hombre de mediana edad con toda su atención, tenía que reconocerlo, deseaba encontrarse con sus ojos y no perderle de vista nunca más. Pero la gente pasaba, y él no aparecía.
Una familia pasó a su lado dejando detrás unos andenes totalmente vacíos, donde sólo las hojas de un avanzado otoño eran lanzadas al aire por el viento.
Se sintió morir en ese instante, y se sentó desplomada sobre un banco de la estación. Su mirada se perdió sobre el suelo, no podía creer que él no hubiera acudido.
Alguien se sentó a su lado y ni pestañeó.
» Julia estoy aquí» y él acarició su mejilla para que se percatara de su presencia. Ese roce la hizo girarse y mirarlo a los ojos.
Era él… Lo tenía por fin delante de ella, y se lanzó entre sus brazos con todas sus fuerzas.
«¿ Crees que después de todo lo que hemos pasado no vendría?» ella lo miró fijamente y él la besó con la pasión contenida de una larga espera.
» Ha sido una pesadilla» susurró ella entre beso y beso.
Y él le respondió»Volvería a pasarla, te amo por encima de todo… Tanto, tantísimo, que volvería a pasar por el infierno si la recompensa es esta, tenerte a mi lado para siempre».



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