Viendo que la tristeza no cesa de acompañarme,
—desde la fragua, desde la maleza—
la invito a tomar té caliente
la invito a jugar una partida de cartas,
le invito de mi soledad encarcelada.
El juego se pone interesante
la plática mejor,
hasta que la tristeza suelta una risotada
y se queda de inmediato muda de temor:
se advierte, de pronto,
la tristeza se ha convertido en alegría…
Sin premeditaciones y sin ponernos de acuerdo de antemano,
ambos,
hemos asesinado a mi fiel compañera.
La tristeza ha muerto
—ha muerto—
en pie de guerra.
Ahora sí, debido al deceso de mi reciente amiga,
me he puesto bastante triste
y desde entonces la tristeza no cesa de acompañarme.
Decido que, para no perderla nunca más,
con la tristeza no se debe jugar.




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