Ana Maria González (México) Crimen Cuentos Escritores de Letras & Poesía Opinión Reflexiones

La constitución ha muerto.

Aquel día no se escuchó por lado alguno el cálido sonido que surge cuando un nuevo día amanece; sólo el eco de lo que había sido una noche llena de ruidos. El día era gris, el viento que llegaba en grandes ráfagas se arremolinaba en torno a las casas buscando meterse de algún modo al interior, apenas lograba entrar por el delgado espacio que se encuentra entre el alfeizar y la ventana, provocando de este modo un sonido agudo parecido al de un llanto que lleno de rabia inunda las estancias. La lluvia no cesaba desde la noche, golpeaba contra las ventanas en un incesante reclamo.

Lázaro era un abogado fiel a sus principios —de esos que ya casi no hay—, esto le había costado perder innumerables casos a lo largo de su carrera, la gente a su alrededor le decía que tenía que acoplarse a la manera de trabajo en los juzgados, pero él no quería prestarse a los malos manejos. Normalmente lo que le despertaba todas las mañanas era el olor del café amargo que desprendía la cafetera y que subía por las escaleras, atravesando un estrecho pasillo, como a tientas en bula habitación indicada en donde sabía que le prestarían la merecida atención, y que al presentarse apenas sutilmente se levantarían de la cama para seguirlo. Pero aquella mañana no fue el olor lo que le despertó. Fue una voz iracunda que mezclada con tristeza gritaba desde la calle: “¡La han matado! ¡La han matado!”.

En este país ya no es novedad, todos los días la muerte se pasea por las calles, llevándose a todo tipo de personas y ahora le tocó a ella.

La vida se compone de presunciones, porque nadie sabe certeramente si a esto se le puede llamar vida. Se camina entre lodazales y la lluvia que cae sin cesar; los pies duelen, pero no tanto como el corazón que al ver la tierra profanada llora con amarga tristeza. Se viene a vivir para morirse, ¡pero qué vida! Si a nosotros como a las aves nos cortan las alas y nos encierran en jaulas.

¿Muerte o asesinato? Algunos mueren y a otros los matan, qué suerte la de aquellos cuando los matan con arma de fuego y, mejor aún, cuando la bala entra directo al cráneo y se incrusta ahí donde se piensa, y entonces ya no piensa que se va a morir, ni piensa en la madre o los hijos, ya ni siquiera piensa en el país de mierda que le tocó vivir, y se mueren así sin más, sin sufrir; pero imagínese que los mataran a machetazos como antes, o  peor aún por tortura, entonces ahí sí, uno piensa en la madre que le pario, y le reclama mil veces por traerlo a este pinche mundo del carajo.

Se respira la muerte, se acostumbra uno a vivir con ella, a verla todos los días en los periódicos que venden en las calles, en la primera plana siempre hay un difunto, y si no, un pendejo de esos bien trajeados y comidos, pinches monos, haciendo su pinche circo en nuestro suelo, con nuestro dinero, para su miserable vida.

A Jesús se le murió su mamá cuando apenas tenía 5 años. Su padre la había matado en una borrachera creyendo que ella se acostaba con su hermano y que el bebé que estaba esperando no era suyo sino un bastardo producto de la infidelidad. Vivían en un cuartito en el que apenas cabía una cama, la parrilla, una mesita y una televisión. Aquella noche fría el foco iluminaba la estancia de una luz amarillenta, Jesús dormía en los brazos de su madre sintiendo su tibieza, entonces llegó el padre gritando y avanzando a pasos torpes y pesados, tirando todo a su paso: “¡Inche vieja puta!” gritaba arrastrando las palabras. “Estás borracho José, ya acuéstate”, le respondía la mujer levantándose de la cama. “¿Acuéstate?! ¡Ni madres! No con una vieja barata como tú”. Sus palabras hicieron despertar al niño y, cuando este abrió sus ojos, vio cómo su padre asestaba el primer golpe a la cara de su madre, tirándola al suelo, los ojos de la señora se abrieron como dos platos y se inundaron de lágrimas. “Por favor, cálmate, despertarás al niño” le suplicó, pero apenas dejó de hablar le pateó la barriga, el dolor le inundó el cuerpo, la sangre comenzó a brotar, y él seguía pateándola, maldiciéndola. Jesús corrió para defender a su madre, pero el hombre lo empujó a un rincón. Impotente el pequeño sólo se tapaba las orejas y se ovillaba para no ver cómo mataban a su madre. Al cabo de unas horas había muerto por desangrado, tirada en el suelo la sangre cuajaba a su alrededor, el hombre se había tirado en la cama y roncaba, Jesús se tiró junto a su madre y la abrazaba buscando su calidez, le cerró los ojos con sus pequeñas manitas y le limpiaba las marcas que habían dejado las lágrimas en su fino rostro, le dio un beso en la mejilla y se durmió acurrucado en su regazo. En la tarde la sed hizo despertar al hombre, al ver en el suelo tirada a su esposa en un charco de sangre, huyó. El niño se había quedado con su madre, sentado a su lado le cantaba canciones de cuna para que durmiera apaciblemente: “Mamita tengo hambre”, le decía esperando que se levantará para hacer el desayuno. “Mamá tengo mucha hambre”, le repetía sacudiendo su brazo derecho “¡Mamita! ¡Mamita! ¡Mamita! ¡Despierta!”, pero ella no respondía, seguía durmiendo. Los días pasaban y no despertaba, el hambre le hizo comer todo lo que encontraba por la casa. No se sabe cómo, pero la policía llegó al cabo de unos días, se llevaron a la mujer, quien sabe a dónde, él no quería despegarse de ella, y lloraba a raudales, gritaba y manoteaba, pero al final los separaron. Nadie de la familia se hizo responsable del niño, y lo abandonaron a su suerte en la calle; un hombre lo recogió y después lo obligó a pedir limosna en los cruceros. La gente a veces sospechaba que lo maltrataba, pero en eso se quedaba, en sospechas. La muerte de aquella mujer como la de muchas había sido ignorada y a nadie le importó.

Pero esta, que se anunciaba desde los primeros hervores del amanecer, no era una muerte cualquiera. Ya sabían que aquel día llegaría. Era de esperarse. “¿Iremos a su funeral mamá?”, preguntaba una niña con voz somnolienta tomada fuertemente de la mano de su madre, en la otra tenía una muñeca de trapo que había soltado para protegerse de la lluvia que caía sin cesar “Sí mi’ja. Ahora sí nos toca”, le respondía la madre.

Al medio día la gente comenzó a salir de sus casas. Niños, viejos, jóvenes, mujeres y hombres —todos llevaban puesto el luto que exigía aquel día— se iban uniendo a la fila que avanzaba rítmica por todas las calles. En las intersecciones se iban uniendo más y más, venían de otros estados, de toda la república marchando en silencio, todos con la cabeza en alto mirando hacia adelante, sabían perfectamente cuál era su destino. En aquella marcha podía sentirse al fin un sentimiento de hermandad; aunque el cielo se sentía lejos y la lluvia los empapaba de una humedad que calaba hasta lo más profundo de sus seres; estaba claro lo que querían.

Xóchitl y su familia habían llegado a la ciudad en busca de una mejor vida —las oportunidades en la capital son mejores, decía la gente de su pueblo—, pero no fue así. Por el contrario, se vieron obligados a pedir limosna, nadie entendía su lengua, dormían en las calles, se vio obligada a prostituirse y así poder darle de comer a su familia. Las noches en aquellas camas ajenas dejaban en ella una tristeza que se apoderaba de todo su ser, hacía mucho tiempo que el sol ya no salía en su cielo siempre gris. Pero aquella mañana era diferente, a pesar de la lluvia se respiraba esperanza, entonces también Xóchitl se unió.

Claro que lo esperaban, ya se las olían ¡si son como perros!, perros que huelen la amenaza ante su “comida”, ante su “propiedad” ¡bola de pendejos! Si todo lo que tienen es por nosotros, que como esclavos salimos todos los días a trabajar para ellos, que se quedan con todo. Claro que el esclavismo ya no es como antes, ahora somos esclavos del sistema, de la tecnología, de los gobernantes, de los patrones.

La aglomeración se topó con lo que ya esperaban: soldados, perfectamente alineados como en el juego de ajedrez, peones defendiendo a un “rey”, todos erguidos observando cómo llegaba la muchedumbre por el horizonte.

Dentro de aquella marcha casi nadie se conocía, pero mientras caminaban y compartían por fin el dolor, todos se entendían. Cuando ya estaban a unos cuantos metros de los soldados pararon en seco, la lluvia había cesado, el aire era húmedo. Se miraron cara a cara y un hombre de alta estatura, delgado, moreno, de nariz aguileña y ojos pequeños que ardían de rabia, alzó las manos y sus labios delgados se abrieron para citar las palabras de los hermanos Magón: “La Constitución ha muerto —se refería a la de 1857 como ahora muere la de 1910—. ¿Pero por qué ocultar más la negra realidad? ¿Para qué ahogar en nuestra garganta, como cobardes cortesanos, el grito de nuestra franca opinión? Cuando ha llegado un 5 de febrero más y encuentra entronizada la maldad y prostituido al ciudadano; cuando la justicia ha sido arrojada de su templo por infames mercaderes y sobre la tumba de la Constitución se alza con cinismo una teocracia inaudita. ¿Para qué recibir esta fecha, digna de mejor pueblo, con hipócritas muestras de alegría? La Constitución ha muerto, y al enlutar hoy el frontis de nuestras oficinas con esta fatídica consigna, protestamos solemnemente contra los asesinos de ella, como escenario sangriento de un pueblo que han vejado: celebren este día con muestras de regocijo y satisfacción”.

Así, al unísono de “¡Mexicanos al grito de guerra!” todos comenzaron a avanzar. No esperaban que fueran tantos, entonces a los militares el rabo se les metió entre las patas, las primeras filas retrocedieron pero los de atrás no les dejaron. Entonces dio inicio la anhelada lucha, el silencio por fin se rompió y la gente coreaba el himno nacional mientras se abalanzaban contra todos ellos. “¡Guerra, guerra sin tregua al que intente de la patria manchar los blasones! ¡Guerra, guerra! los patrios pendones en las olas de sangre empapad. ¡Guerra, guerra! en el monte, en el valle, los cañones horrísonos truenen y los ecos sonoros resuenen con las voces de ¡Unión! ¡Libertad!”. Resonaba en el espacio mientras el pueblo se iba contra todos los que defendían al sistema, al principio comenzaron temerosos pero conforme avanzaba el tiempo la adrenalina subía por todo su cuerpo y ya no hubo cómo pararlo:

“Protesto guardar y hacer guardar la constitución política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión; y si así no lo hiciere que la nación me lo demande”, sonaba como un eco en el aire, palabras que se llevó el viento.

El sol ya comenzaba a ocultarse, y la gente seguía llegando, los soldados se estaban acabando, cuando los últimos dieron cuenta de ello, se rindieron y se unieron al pueblo, pues también eran parte de él. Al fin, todos juntos se abalanzaron contra la puerta del mal gobierno para derribarla.

Por: Ana María González (México)

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