La inocencia de Isaías

Isaías siempre aparentó ser un niño muy normal. De esos que van al turno de mañana de la escuela y caminan por el cordón de la vereda, con el cuadernillo de matemáticas en la mano, y guardan en sus bolsillos algunos petardos explosivos para arrojárselos a la maestra cuando, distraída, escribe en el pizarrón. De esos que durante el recreo asombran a sus compañeros, empujándolos al piso, haciéndoles sangrar la mandíbula, y persiguen a las niñas hasta acorralarlas y lograr bajarles su ropa interior. Aquellos niños que esperan con ansias el verano para matar pequeños animales en el camping de la colonia y se fugan hacía largas aventuras, que finalizan con duras penitencias, cuyo objetivo era, en este caso, baldear las escaleras de la recepción.

Isaías era un niño como cualquier otro y, a la vez, aún más peculiar. Su madre se había empecinado en que tuviera las notas más altas y ganara los mejores premios en los torneos de ajedrez, siendo estos una tradición en su barrio para los más pequeños. De hecho, había logrado ser el más aplicado de la clase y el presidente del club de ciencias, del cual había sacado provecho para elaborar sustancias, que luego serían ingeridas por los maestros más detestables.

La madre de Isaías lo castigaba por sus travesuras ordenándole limpiar los excrementos de su pequeño hermano, por lo que el niño ya tenia la experiencia de cambiar pañales y limpiar partes íntimas. En otras ocasiones, también lo forzaba a pasar tiempo con los ancianos del geriátrico cercano a su casa. Era la manera que había encontrado, la única que creía eficaz, designarle tareas que implicaran el cuidado de otros seres humanos, para lograr despertar lo poco de humanidad que, esperanzada, creía que podía llegar a tener su hijo. Pero a Isaías le resultaba deplorable tener que soportar a aquellos viejos contar sus historias en la colimba o presenciar cómo orinaban dentro de una bolsa o, en el peor de los casos, ayudar a la enfermera mientras se encargaba de higienizarlos. A él nadie lo detenía y utilizaba ese tiempo para elaborar planes maestros.

Fue en el trascurso de una noche, mientras enjuagaba a su pequeño hermano en la pileta, cuando se le ocurrió la idea más brillante que jamás había ideado. Era el plan perfecto para no tener que volver a ese geriátrico, o hacerse cargo de otro asqueroso castigo, era poder encontrarle un punto final a todas sus reprendas.

Así fue como, una madrugada, el niño se acercó al cuarto donde su madre dormía sin ningún tipo de perturbación. Había tomado de la caja de herramientas el martillo que ésta había comprado para colgar las nuevas pinturas que su hermana le había obsequiado. Muy de a poco, el niño sujetó la herramienta con fuerza y tomó impulso hacia atrás mientras se imaginaba cómo la sangre impregnaría las sábanas, y cómo sus sesos saldrían a la luz, mostrándose asquerosos y repugnantes como Isaías se imaginaba que eran.

Estaba a punto de partirle el cráneo a su querida madre cuando algo de improvisto sucedió: la alarma del reloj despertador comenzó a sonar. Isaías se sobresaltó pero decidió que lo haría de todas formas, acabaría con la mujer que lo perturbaba tanto.

Alguien había ingresado en la casa, su tía, que tenía llaves, apareció saludando a los gritos desde el comedor continuo al pasillo de las habitaciones. A Isaías lo invadió el pánico y escondió el martillo debajo de la sábana. Corrió a su cuarto y salió en pijamas para hacerle entender a su tía que se encontraba durmiendo (su mente siempre elaboraba estrategias para tener la coartada perfecta). No tuvo otra opción que atenderla. La madre se despertó y dio la bienvenida a su hermana con toda la amabilidad con la que solía recibir a los invitados, incluso si estos llegaban de improviso. Isaías volvió en un rato a la normalidad.

En unos pocos días ya había elaborado un nuevo plan. Se percató de que los martillazos en la cabeza producirían un homicidio lento y no conveniente, ya que la víctima gritaría tanto que podría llamar la atención de los vecinos. Esta vez tendría que morir en el acto, tenía que poseer un arma de filo que acabara con ella y no diera lugar a irrupciones o escándalos.

El niño sabía muy bien que su vecino Rafael, un carpintero que le permitía acompañarlo en su casa para que el infante pudiera divertirse con sus herramientas, tenía un hacha bien afilada en su taller. Para conseguirla trepó la verja que dividía ambas casas, asegurándose de que el carpintero no se encontraba allí y, en silencio, en puntas de pie, entró al taller.

El lugar se encontraba tan desordenado que Isaías se mareó por un momento. Vio sierras eléctricas, serruchos y demás elementos, pero dónde se escondía… Aquella hacha impecable y reluciente, filosa como la más dolorosa arma blanca.

Cuando la encontró, los ojos del niño brillaron imaginándose el último grito de su madre, grito que él se encargaría de provocar como una última plegaria que ella le daría al mundo.

Tomó el arma y volvió a su casa. La madre se encargaba de las plantas del jardín, algunas las transplantaba, otras ya se encontraban muertas; sacaba y colocaba tierra una y otra vez para embellecer su pequeño cantero. El niño se acercaba a sus espaldas.

Ella no logró percatarse de su presencia y, con un poco de ingenuidad, se agachó a cortar los agapantos que se encontraban marchitos; a su vez, Isaías tomó impulso para decapitarla. Con fuerza apuntó el hacha gritando. Pero, para desgracia del niño, al percibir que alguien se encontraba allí, la mujer se movió de su lugar para continuar con sus tareas de jardinería. Al ver al infante con el arma emitió un grito bestial, que llegó a sobresaltar al mismo niño.

Su madre le arrebató el hacha de las manos, con la adrenalina que experimentaba tras encontrar a su hijo mayor con un arma. Lo presionó para que fuera a devolverla a la casa del vecino; pidiéndole unas largas disculpas. Luego fue reprendido y encerrado en su cuarto. La penitencia duraría un mes, su madre le había quitado todos los videojuegos que ella consideraba promulgadores de actos agresivos y de suma violencia, escondió todas las tijeras y efectuó una inspección exhaustiva de su cuarto.

Pero Isaías seguía analizando y preguntándose cómo concretaría ese cometido que ya lo estaba perturbando tanto. Llegó a la resolución de que no debería ser él quien efectuara el crimen, sino solo su planificador. Se interrogó durante muchos días de qué forma podría asesinarla sin ser él el culpable.

Una brillante idea se le cruzó en medio de tantos pensamientos: A dos cuadras de su casa vivía un hombre soltero que era dueño de un perro salvaje. Sobre la verja de su puerta tenía pegado un cartel de “peligro”, con la intención de advertir sobre la cruel bestia que habitaba con él.

Isaías compró un kilo de carne fresca con la que engañaría al perro, aquel perverso animal de gran mandibula y colmillos que podían llegar a liquidar en el acto. Embustió al perro hasta llegar a su casa, una vez allí lo encerró en el cuarto de su madre sin piedad alguna. Transcurrido un tiempo, el perro continuaba en la habitación, mientras ladraba hambriento.

Su madre no llegaba. Esperó sentado en la puerta, creyó que solo había salido a hacer mandados, pero se retrasaba. Tenía que volver, el perro se encontraba más hambriento que nunca, como esperando impaciente la llegada de su nueva presa. No había chance de que el nuevo plan fuese un fracaso como los anteriores, lo había organizado con toda la frialdad para que, de una vez por todas, satisfaciera sus deseos más truculentos. Su madre tenía que retornar al hogar para enfrentarse al destino que él le había impuesto.

Al fin divisó a lo lejos su figura que se acercaba desde la esquina con algo que parecía ser un bolso de compras. El plan era perfecto, nadie podría acusar al inocente niño de homicida. El perro se habría escapado solo de su casa, lo más probable era que responsabilizaran a su dueño.

Isaías entró a la casa y escuchó cómo el perro masticaba algo que parecía ser carne. El chico no comprendía lo que sucedía, creía ser el único que se encontraba allí. Sumido en la desesperación abrió la puerta del cuarto para saber qué estaba ocurriendo.

Gritó horrorizado cuando encontró al perro desmenuzando lo que parecia ser un pequeño cuerpo. La sangre se impregnó en el acolchado de su madre, y el piso estaba repleto de piel, carne y visceras.

La madre llegó y, al escuchar tal escándalo, corrió hacia su cuarto y descubrió la morbosa escena: su hijo menor había sido asesinado.

Por: Male Biangardi (Argentina)

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. ¡Se me erizó la piel al leerlo!

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    1. maleochentosa dice:

      Bueno saberlo jeje

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  2. muy bueno y excelente desarrollo, acabo de votarlo como escrito de la semana, te deseo mucha suerte desde aquí desde buenos aires , ARGENTINA

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