El encanto

Pintura: La noche estrellada sobre el Ródano, Vincent Van Gogh.  Fuente: www. culturacolectiva.com

Si me preguntaran por qué habia dedicado tantas horas a cuidar aquel preciado objeto, ese que ahora se encontraba tan cercano a mí, no sabría, en efecto, cómo contestarle. Era lo más curioso que la humanidad pudo haber fabricado, el portal hacía un mundo invertido, el lago de narciso, la adicción de muchos hombres y mujeres, la perdición de los que se desvanecen en su locura. Era para mí mucho más que un regalo, ahora que se encontraba colgado en mi habitación y todos los días podría contemplar, a través de él, la imagen que se encontraba ajena al resto de las miradas. Podría ser aquel destello que se vislumbraba en mis ojos, el inconcebible efecto narcótico que, por momentos, me embriagaba y trasladaba hacia una pantomima de la que solo yo podría gozar, la complicidad que surgía entre ambos; o tal vez la sensación de estar sumergida en un encantamiento del cual no me podría liberar.

Se trataba de algo insólito, en un comienzo no despertaba mi interes. Permaneció cerrado en su caja durante tres meses. Y una tarde, mientras limpiaba los muebles de la habitación, testiga de todas mis aflicciones, decidí que era tiempo de sacarlo de su envoltura. Casi del largo de mi cuerpo y enmarcado por una simple madera, tuve el primer encuentro con aquel objeto que me llevaria a una obsesión absoluta.

Costó trabajo agujerear la pared que había decidido que sería su lugar adecuado y, una vez en ella, me observé por primera vez. Contemplé mis cabellos rojizos, mis ojeras, las que jamás fueron de mi agrado, mis brazos tan finos; el cuerpo que me era ajeno. Transcurrieron unos pocos segundos, solo por esta vez.

Y no estoy diciendo que le dedicara más tiempo a observar mis fallas, y no a enaltecer mis dotes. No eran esos cabellos que con frecuencia se encontraban despeinados y fuera de lugar, ni las piernas que solían verse torcidas; mi caminar siempre fue chueco. Se trataba de algo intangible, a lo que jamás podría tener acceso, y para lo que no existe explicación alguna.

Pero con el tiempo las cosas cambiaron, y sin darme cuenta cada vez permanecía más tiempo observándome a través del objeto. Aunque había despertado tantas intrigas, surgía una especie de conexión entre mi mirada y la de ese otro que me observaba con detención.

Sin embargo, comenzaron a aparecer sospechas. Ese reluciente y brillante objeto tenía algo que me perturbaba, y se encontraba en mi cuarto, a solo unos pasos de mi cama. Entonces, sumergida en aquellas aguas, comencé a pensar que la imagen reflejada no era la mía sino un engaño creado para confundirme, un producto de mi imaginación que cobraba la forma de mi cuerpo. Para esto comencé a observarme en diferentes lugares, en cualquier superficie en la cual pudiera contemplar mi rostro. Comprendí que no surtía el mismo efecto, ninguna sensación de embriaguez recorría mis entrañas, y comencé a pensar que mi teoría era correcta: ese reflejo me estaba engañando.

Al llegar a mi cuarto tuve la idea de taparlo con una vieja manta, de esta forma ya no me podría distraer. Pasaron unos días en los que creí que me encontraría libre de aquel trance, del que en un principio me había olvidado por completo. Pero luego de un tiempo volvió la intriga, algo de aquel objeto encubierto debajo de esa manta me estaba llamando.

Una noche me decidí a desmantelarlo y posé ante él, sin darme cuenta trascurrieron horas mientras meditaba frente a mí misma, como si fuese un retrato, una pintura estática que no mezquinaba en contemplarme fijo a los ojos. Cuando me percaté de esto, decidí romper con el encantamiento y, tomando el velador de mi cómoda, lo arrojé contra el objeto, que estalló en miles de trozos de vidrio.

Agitada, me acerqué hacia el piso de madera y pude distinguir mi rostro fraccionado en algunos pedazos que se encontraban esparcidos. Un destello de tristeza se divisó en mi semblante por unos segundos. Decidí barrer mi cuarto y curar alguna de las heridas, que en mis manos habían brotado intentando salvar algo de aquel reflejo.

Al día siguiente, no pude evitarlo, compré otro igual, quería ahogarme por completo.

Por: Male Biangardi (Argentina)

porcelana-fina.blogspot.com.ar


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