Alexandro Arana Ontiveros (México) Ensayos Escritores de Letras & Poesía Opinión Reflexiones

En defensa de los chats

O cómo el arte de la conversación se está perdiendo por tanto conversar.

Viene el Día Mundial de la Lengua Española y con él una interminable lista de clichés a cual más ridículos, subjetivos y extraños tal como lo es la objetividad humana. Lo malo es que cuando haya pasado el tan mentado día, los clichés y los mitos seguirán estando ahí simplemente porque lo mejor del lenguaje (así como para todos los problemas que carga a cuestas) es su perdurabilidad: aunque “a las palabras se las lleva el viento”, “escrito jamás perdido” y “papelito habla”, nada más lejos de la realidad: la oralidad jamás se ha perdido, hecho que revienta con demasiada fuerza frente a los fuegos de miles de bibliotecas cercenadas al paso de la Historia humana. ¡Cuántos libros quemados no habremos de leer nunca más, y sin embargo, los mitos de la noche de los tiempos nos siguen llegando impolutos!

Uno de los clichés más ricos en estulticia humana y por tanto, más llenos de argumentos a cual más torpes, es el conocido “en estos tiempos modernos, el arte de la conversación se está perdiendo frente a la aparición de los chats”, reflexión que por cierto, en estos tiempos modernos, se publica a través de los mismos medios electrónicos que usan los satanizados chats. Irónico. Gran punto de conversación en este Día de la Lengua Española, ¿no creen?

Según los chapados a la antigua, la conversación natural debe darse de frente, con intercambio de energías físicas y ademanes incluidos (los salivazos ocasionales no son indispensables). Sin embargo olvidan que durante décadas se comunicaron sin problemas a través de teléfonos, los cuales, mientras tenían cablecito no eran perjudiciales; sin embargo apenas lo perdieron, pareciera que “perdieron su humanidad” por así decirlo: se volvieron insensibles (¡lo que logra una simple tripa eléctrica!). Y no olvidemos que antes que el teléfono alámbrico existió el telégrafo (al que nunca se le atacó, muy al contrario la gente se maravilló de él), y todavía más atrás, otras técnicas no usuales de comunicación que no eran cara a cara funcionaban de maravilla y nadie se quejaba: confesionarios, máscaras de guerra, velos religiosos, y hasta muros falsos. Ah, pero cuando se trata de los chats… ¡El acabose!

Mucha gente comenta que los chats están acabando con el famoso arte de la conversación, de las pláticas “reales” (entiéndase “en vivo”, persona frente a persona sin máquinas artificiales de por medio… No me recuerden los ejemplos anteriores porque en este momento únicamente estamos analizando esta curiosidad). Acepto que no se puede negar que tienen muchas razones para aseverarlo, sin embargo, luego de utilizar ambos canales de comunicación de forma habitual (esto es, tras más de una década de uso popular estandarizado, reiterado y extendido por todo el orbe), hay una característica que los chats tienen muy por encima de las pláticas en persona (¡zas!, esa no se la esperaban: los chats derrotando en un detalle —aunque sea—a las pláticas en vivo), el cual no se puede negar ni desatender al momento de encontrar beneficios en este nuevo tipo de comunicación: la atemporalidad.

¡Exacto! La temporalidad es el factor más determinante que puede dar por concluida cualquier conversación: acabado el tiempo de cita del grupo platicador en cuestión, no hay manera de seguirla. No importa el gusto, la profundidad o la cultura de los hablantes: si no hay tiempo, no hay más diálogo. En cambio en los chats, ¡qué delicia!, el tiempo es un accesorio inexistente simplemente porque en internet no existe el tiempo horario humano… Siempre está conectado. ¡Y lo estará mientras haya electricidad!

  La mecánica temporal básica de las conversaciones (personales y digitales) es así: si se está platicando con una persona en vivo, no se puede interrumpir la plática sin previo aviso para ir a hacer otra cosa. De poder, por supuesto que se puede, sin embargo hacerlo sin pedir una disculpa o al menos avisar que se va a interrumpir la plática, supone una grosería y una falta de respeto que provoca la inmediata molestia en el interlocutor. En cambio, muy diferente situación ocurre con las pláticas digitales: los chats, por su parte, tienen una etiqueta social implícita en ellos; la interacción no tiene por qué ser siempre de forma inmediata y/o continua. Se puede interrumpir la conversación en cualquier momento para ir a hacer otras tareas pendientes pues los interlocutores no se observan de forma personal directa (a menos que pongan la cámara de video, asuntos que en este momento no nos atañen). E incluso se puede interrumpir y continuar la plática en otra hora del día, ¡o hasta en otro día diferente! Y cualquiera de estas acciones no significan en ningún caso una falta de respeto (los interlocutores, al no conocer las condiciones del otro, asumen que puede estar ocupado en caso de no contestar). Eso es una maravilla en asuntos de comunicación pues permite refrescar la mente y así aportar nuevas ideas a lo que se estaba platicando. Todavía más allá: en los chats, las conversaciones son infinitas, evolucionan al mismo tiempo que las relaciones humanas y permanecen en el tiempo para poder revisarse en caso de necesidad; características que ni por asomo tendrá jamás el famoso arte de la conversación en vivo. ¡Y esto sin ponernos a entrar en más detalles!

Por supuesto que carecen de comunicación no verbal, visual o espacial (que si lo pensamos bien es la verdadera manzana de la discordia respecto al arte de la conversación en vivo) lo cual ha devenido en curiosas etiquetas sociales inventadas alrededor de ellos (emoticonos para expresar emociones, escribir en mayúsculas significa gritar, iniciar con mayúscula una frase asume un cambio de tema o de tono, y otras cosillas que evolucionan conforme su uso se extiende entre hablantes y épocas, tal como le sucede al lenguaje oral, escrito, visual, etc.).

Sea como sea, los chats llegaron para quedarse tal como seguramente llegarán un sinfín de formas nuevas con el avance de los medios de comunicación humanos (no imagino a los antiguos quejándose respecto a los que estaban inventando el lenguaje escrito porque se iba a perder el arte de la conversación una vez que todo pudiera escribirse), por lo que quejarnos de los chats solo nos deja, siendo objetivos, dos cosas: una incomodidad (sea en contra o a favor) entre nuestros interlocutores debido a lo que opinamos, y un alejamiento respecto a una nueva forma de conversación que, como todo en esta vida, tendrá sus contras, sin embargo también debe tener sus deliciosos pros que seguramente la pueden convertir en toda una delicia.

¡El chiste de todo siempre será conversar como sea, con quien sea y de la forma que sea! Esa es la verdadera delicia del lenguaje.

Por: Alexandro Arana Ontiveros (México)

alexandroarana.wordpress.com


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