
Con la llegada del frío,
todo se muda,
como la piel de la serpiente
y las hojas del otoño.
Miré dentro de mi armario,
para guardar el bañador
y esperar el siguiente verano.
La caja de las pasadas fotos
oculta, tras unas sandalias cayeron
como una cascada de nostalgia y recuerdos.
La niña que hablaba con las plantas,
y sentía el latir de la tierra entre sus manos
me sonreía con la luz de un sol de sepia.
Ella sabía volar entre las nubes,
tenía la capacidad de ver vida donde
otros no vislumbraban nada.
A través de los ojos de un adulto
ella,
era demasiado fantasiosa,
como si fuera pecado tener la capacidad
de sentir las cosas de otra forma.
Mirarla ahora,
era reencontrarla,
y recordar el vuelo del dragón
bajo las puertas de la mítica Avalón.
Aquella niña no se había ido,
su verdad se reveló aquel año
que pisé las tierras de Glastonbury.
En el monte Tor,
El Chalice Wells y sus hadas,
con la brisa marina de Tintagel.
Lo que mi mente creía quimera
la sabiduría de mi niña
reveló su verdad.
Y como todos los grandes tesoros
se guardan en los lugares más sagrados
a ella,
la que fui,
la niña que hablaba con ángeles
permanece intacta
entre los latidos de mi corazón.



Replica a Rogelio Ortiz Cancelar la respuesta