El kilometraje de su cintura me decía que no estaba preparada para él. Aun así, no veía ningun problema en tomar par de copas y emborracharme hasta la piel.
No veía nada mal que mis lunares bailasen al unísono del eco de sus labios rozando el aire que ocupa el espacio donde deberían estar ellos. Pero poco sabía yo del barco al que estaba apunto de subir.
No estaba preparada para tal aventura, no estaba preparada para tales besos, no estaba preparada para sus caricias juguetonas y apetito insaciable. Aun así me lanzé y, aunque en más de una ocasión terminé ahogada en su aroma y bendecida por su mordida, no había nunca tomado mejor decisión que aquel accidente planificado.



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