Es domingo cuando no sabes si estás melancólica, aburrida o de resaca. Cuando las noventa cosas que tienes que hacer se quedan en un segundo plano ante la más absoluta necesidad de no hacer nada. Cuando de una palabra podrías escribir un libro y cuando de un libro no entiendes ni una palabra.
Es domingo si te levantas tarde y a la vez temprano, en silencio. Si desayunas cacao caliente mientras miras por la ventana al infinito, o a la cima de alguna montaña. Esa que nunca te va a apetecer subir.
Es domingo si tienes que comprar algo importante. Si el pan de ayer no te termina de saber del todo mal. Si el olor del típex te deja ida durante un par de minutos. Si acabas cambiando las pilas del mando de la tele a la calculadora al menos un par de veces.
Es domingo si lo único productivo que acabas haciendo es taparte hasta la nariz, respirar hondo un par de veces y aceptar con resignación y los párpados a medio cerrar que mañana será lunes.



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