Más que cómo de libres somos la pregunta debería ser cómo de libres queremos ser.
Desde la ventana veo un niño jugando en el parque. Le veo coger tierra y esparcirla sobre el suelo semiacolchado. Observo cómo mira con expresión ausente la hilera de hormigas que se ha formado alrededor de un pedazo de pan. Me doy cuenta de que no juega ni en el tobogán ni en los columpios.
En un momento dado se para a mirarlos con la boca medio abierta y la cabeza echada hacia atrás. Seguido se gira dándoles la espalda. Como si no tuvieran por qué gustarle.



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