¿Y si las historias que nos contaban de pequeños tuvieron un final distinto al que estaba escrito en los cuentos?
¿Y si la Bella durmiente, tras el beso del príncipe azul, se hizo la dormida porque más que el de un príncipe prefería el de una princesa?
¿Y si fue la propia Blancanieves quien le ordenó a su madrastra que envenenara la manzana para dar un escarmiento a la manada de los siete, aunque quizás fueran cinco, enanitos que le destrozaron la vida y ante lo que el administrador del reino hizo la vista gorda?
¿Y si Barba Azul era un fanático religioso que guardaba bajo llave los cuerpos de sus esposas e hijas víctimas de un crimen de honor?
¿Y si Caperucita roja se hubiera enamorado del lobo y juntos hubieran tramado todo ese ardid del armario para quitarse de en medio a la abuelita, quien se oponía a su relación? Y ¿qué hubiera sido de la pobre anciana si el leñador no llega a tiempo de pararles los pies?
¿Y si Cenicienta fuese una estudiante «au pair» con una familia de acogida que la esclaviza las veinticuatro horas del día?
¿Y si el Flautista de Hamelín fuera un patero encargado de traficar con personas y roedores?
¿Y si el Soldadito de Plomo fuera un veterano de guerra con estrés postraumático agudo que no se quitó la vida por amor sino para escapar de los recuerdos que le atormentaban?
Y ¿qué me decís de la pequeña y astuta lechera? Y ¿si rompió el cántaro a propósito para cobrar el seguro y poder cumplir sus sueños sin el más mínimo esfuerzo ni dedicación?



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