Llegué con los pies descalzos,
con el alma plena y desnuda;
me acerqué a ti delicadamente
deslizando apenas las puntas de mis dedos
sobre tu piel que aún estaba fría,
tus párpados yacían escarchados
y una lágrima parecía haber dejado su huella
allí en la comisura de tus labios.
(De tus dulces labios)
Acaricié intensa la línea de tu perfil griego;
temblaba de miedo,
miedo de que volvieras de la muerte.
Un paso atrás entonces me separó de ti,
un paso de cobardía;
el cielo de mis ojos abrió sus fauces
y dejó caer sobre aquel suelo frío
un aguacero…,
lloré hasta quedar sin fuerzas, sin gemidos.
En el preludio de una guitarra discreta,
ahogué mi desesperanza;
en el milagro de sus notas tejí mi poesía,
hasta formar un manto para cubrir tu cuerpo inerte.
(Decrépito)
Fue entonces que descubrí mis manos limpias,
y en una danza sutil y delicada alcé los brazos al viento;
me nacieron alas cristalinas y volé sobre los muros,
como Ícaro busqué el sol de mis ocasos
surqué los cielos tan obscuros, tan densos de pasado.
Me hallé sobre los montes, como pájaro en primavera;
los verdes horizontes esperaban ansiosos mis aromas,
como mieles fueron mis versos,
como dulce néctar mis cantos.
A veces aún vuelvo a tu tálamo,
allí, donde yaces dormido,
a veces aún te vigilo
cauta, silenciosa;
permanezco como la noche,
como una sombra sin ser vista
hasta el alba.
A veces, mis lágrimas aún son ese rocío,
que con ternura dan vida a la poesía que te cobija.
A veces, aún mis manos anhelan acariciarte.
(Y tiemblo)
Son entonces besos mis versos,
son entonces inviernos mis llantos.
Soy entonces el Ícaro volando
buscando la muerte en el ocaso.


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