Cuentos/Relatos Diego Valbuena (Colombia)

El borde del universo

No eran muchas las clases que me gustaban del colegio, pero la que más me atrapaba era la de Geografía. Nada más empezaba y la profesora, una señora chaparrita de cabello negro y ensortijado, sacaba de un mueble de madera unos mapas enormes, a todo color, de América y de Europa. Pocas veces veíamos el de Asia. África sencillamente no existía. Dos tipos de mapas sacaba de mueble: la división política y el de hidrografía y orografía. La profesora era bastante rancia, así que se dedicaba con su mal carácter a hacernos aprender de memoria las capitales de los países y sus principales ríos y cordilleras. Pero también teníamos otro profesor; le decíamos Fito, un viejo enorme, gordinflón de canas blancas y ojos azules, que siempre contaba la historia de cómo había nacido en un vuelo Frankfurt – Bogotá y, por ello, tenía pasajes vitalicios en Lufthansa. Básicamente nos enseñaba lo mismo pero con su carisma era acogedor. Nos contaba la historia de los países a través de los muchos viajes que había realizado en su larga vida. A mis doce años el mundo era un lugar insondable.

Al llegar del colegio, arrojaba mi maleta en un rincón del cuarto e inmediatamente llamaba al Mono, mi mejor amigo, un pelirrojo díscolo con toda su familia. Lo conocí cuando teníamos nueve años. En la calle, frente a mi casa, se jugaban pequeños partidos de banquitas con arcos improvisados con ladrillos o algunos sacos.

Una vez mi hermano estaba en uno de los equipos, y nada más me asomé a la ventana me dijo que saliera a jugar; les hacía falta uno. Esa fue la primera vez que salía a la calle sin la vigilancia de mis padres. Sentí que mi camino como conquistador de las calles comenzaba. La calle parecía extenderse, a norte y sur, hasta el infinito. No alcanzaba a imaginar qué había más allá de la esquina, pero con eso me bastaba.

Con el paso de los años ya no jugábamos en la calle, sino en uno de los parques del barrio que quedaba a dos cuadras de mi casa. Para llegar hasta allá teníamos que cruzar la avenida principal. Veía el otro lado de la acera a miles de kilómetros, así como imaginaba las distancias entre España y la Alemania del profesor Fito. Mi mundo crecía exponencialmente.

En las vacaciones, además del futbol, el Mono y el parche de amigos de la cuadra nos dedicábamos a recorrer las calles como exploradores que van reclamando cada camino como suyo. Comencé a descubrir nuevos lugares para mí nunca antes imaginados. La panadería, la papelería donde vi por primera vez una Arcade con juegos de la consola Family, nuevos parques y otras casas enormes, como lo eran todas las del barrio. Para cuando cumplí catorce, creía que ya había conocido todo el mundo posible. Tenía en mi cabeza la imagen mental de calles y carreras, de parques y almacenes y podía recorrerlas y habitar esos lugares sin salir de mi cuarto. Eso sumado a las clases de Fito, mi mente llegaba con enorme facilidad hasta Plutón.

En el parche había un chico, William, aguerrido, honesto y de humor ácido. Siempre dejaba en evidencia mi enorme ingenuidad al creer que, con conocer unos cuantos mapas, conocía realmente el lugar donde vivía. Se burlaba de mí porque a mis catorce, ya casi quince, nunca había tomado un bus que no fuera en compañía de mis padres o mi abuela.

Una de las muchas mañanas anodinas de vacaciones de fin de año, William me llamó a la casa para decirme que lo acompañara a hacer una vuelta. Supuse que teníamos que cruzar la Avenida Boyacá, esa enorme avenida que dividía al barrio en dos grandes sectores, para llevar algún recado a la casa de sus tíos, o tal vez ir hasta los linderos del Jardín Botánico, en el extremo nororiental del barrio, para comprar algo que necesitara. Pero nada más llegar a la entrada del edificio donde vivía y con un gesto displicente me dijo que lo acompañara al centro de la ciudad. ¿Dónde? No tenía la menor idea de cómo se llegaba a ese lugar que apenas había visto en algún noticiero de televisión, a propósito de la vida política del país o de algún atentado con carrobomba.

Salimos a la calle 53, le hizo el pare a una buseta y me encaramó como empujándome, pues creo que mi miedo se notaba hasta en la forma en que respiraba. William me hablaba del parche, del próximo partido de fútbol contra el otro parche que vivía en la Avenida Rojas, del Mono y su hermano, pero yo no podía prestarle atención a nada, ni muchos menos responderle, pues cada calle que veía, cada edificio, cada cruce eran para mí un nuevo mundo que no cabía en el mapa mental que tenía trazado de mi pequeño universo.

Al bajarnos, honestamente no sabía dónde estaba. Quería tomarlo de la mano, pero sería un ridículo tal que nunca me lo perdonaría. Ya eran suficientes las burlas que me hacía ante los demás por mis recién adquiridas gafas de aumento, pues ya la vista comenzaba a fallarme.

Enormes edificios de muchos pisos, gran cantidad de carros y buses. Gente, raudales de gente en las calles. ¿De dónde salen y para dónde van? No nos habríamos demorado más de media hora, pero para mí fue como haber estado en otra dimensión durante mil años.

Al volver al barrio, algo cambió en mí. O tal vez en mi pequeño universo. Mi mapa mental estaba desconfigurado, era como intentar unir América y África y pensar en fronteras terrestres con Marruecos. La avenida principal del barrio era apenas una calle de dos carriles donde nada me podía pasar y la calle frente a mi casa era apenas una más de las muchas que llenaban el vasto mundo. Todo se me había hecho repentinamente pequeño. Llegaba del colegio, llamaba al Mono y nos poníamos a caminar durante horas, llegando a otros barrios ostensiblemente lejanos del nuestro, sin sentir el más mínimo rastro de miedo. Era un conquistador sin pasión. Era más bien un viajero intergaláctico que había llegado al borde del universo. Me sentía atrapado en unos cuantos metros cuadrados, pero mi decepción estaba hipertrofiada por la confusión en mi cabeza. Nada más cumplir dieciséis años y que llegara El Muelas al parche y con él su Chevrolette Chevette modelo 86, color amarillo y azul. Abrió la puerta del copiloto; se subieron cinco del parche en la silla de atrás y a mí me dejó el espacio a su lado, donde no había silla, y desde el suelo del carro escuché la frase con la que me sentía, por primera vez, como un adulto, como un astronauta:

Vamos a darle una vuelta a la ciudad.

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