Hoy,
besé tus ojos dormidos,
tus labios discretos;
besé el filo de tu sombra,
a trasluz de la bella luna.
El silencio pleno
de la noche espesa,
trajo consigo la caricia,
la ternura bajo la niebla.
Ardió intensa mi piel, (entonces)
como un desierto sediento.
Codiciosa de tu boca,
del rocío quemante de tus fauces.
Hasta la locura, de tocarte.
Hasta el gemir agudo,
hasta la melancolía abismal
de tu recuerdo.



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