Desconexión

—¿Dónde estoy?, ¿cuánto tiempo ha pasado? —susurré al espacio vacío.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo; la cabeza me daba vueltas y mi voz, apenas audible, había escapado de mi garganta tímida, breve, ausente. Ni siquiera era consciente de si había sido capaz de articular las palabras o, simplemente, habían sido un reclamo en mi imaginación.

El último recuerdo aún palpitaba en mi memoria. Había acudido al acto que Natalia Lushers, una vieja amiga de la universidad, había organizado para presentar su último libro: una reinterpretación de la Teoría de la Evolución aplicada a la Medicina que, a pesar de su complejidad, estaba llamado a ser un superventas entre expertos y profanos. Siempre la he admirado, tanto más como amiga que como científica; su investigación en el campo de la Neurocirugía había marcado un antes y un después y su aportación a la disciplina era considerada como la más relevante desde Henry Marsh.

Natalia y yo habíamos pasado por distintas etapas desde que nos conociéramos un otoño de hace veinte años. Inseparables desde las primeras semanas en la gran ciudad, nuestro único intento de llevar nuestra relación más allá de los límites de la amistad había resultado un auténtico desastre y nos había alejado por más de un lustro. La serenidad del paso del tiempo nos había vuelto a reunir y, desde entonces, habíamos decidido que la confianza y el deseo nunca volverían a confundirse entre los dos.

Un ruido sordo, desconocido, me devolvió a aquella habitación fría, de un blanco inmaculado y liso, completamente vacía a salvo de un pequeño poste apostado en una esquina en el que se encontraban esposadas mis manos cruzadas. Un sudor frío recorrió mi frente y una súbita sensación de claustrofobia me atenazó, haciéndome percibir que las paredes se cerraban a mi alrededor. La temperatura comenzó a subir con brusquedad y comencé a padecer los primeros síntomas de deshidratación.

Pasado un lapso de tiempo que me pareció una vida entera, la única fuente de luz, una bombilla led fijada en el techo sobre mi cabeza, titiló y rebajó su intensidad. Conforme el cuarto en el que estaba confinado se quedaba a oscuras, un mensaje fluorescente de símbolos, cifras y letras indescifrable se fue revelando paulatinamente.

Cuando este se mostró por completo, una voz modificada por distorsionador apareció de la nada.

—Si quieres volver a ver a tu amiga, demuéstrame que no me equivoco contigo.

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