Cuentos/Relatos Diego Valbuena (Colombia)

Luna cromada

Y detrás de las montañas aparece la luna, amarilla y enorme. Aún se veían rayos débiles del sol que hacen de las montañas unas siluetas negras en un cielo púrpura.

Voy vigilando que el Doctor no avance a más de setenta por hora. Él se concentra en las curvas y en los huecos del camino. Atrás va Rafa, sumido en el silencio de sus reflexiones. Observa la carretera como si él llevara el volante en sus manos. De vez en cuando desvío la mirada hacia la ventana para contemplar el horizonte que se desvanece en la oscuridad.

Salimos de Z antes de que cayera la noche. Todo sucedió conforme lo planeado. En el baúl del carro nuestra recompensa, algo voluminosa pero muy jugosa. Evitamos mirar hacia atrás hasta tomar carretera. Rafa insiste en que es de mala suerte. El Doctor no cree en el azar sino en su recién adquirida habilidad para conducir. Yo aún desconfío pero no tengo mayores opciones. Jamás me sentaré frente al volante pues tengo la certeza de terminar lanzándonos a uno de los barrancos del camino, dije.

La pregunta de Rafa llega muy temprano en nuestro viaje: aún no sabemos hacia dónde vamos. En principio no es importante, lo necesario en este momento es mantenernos en movimiento, alejarnos de Z y evitar los caminos que conducen hacia la capital. El interior del carro se enfría conforme nos acercamos al páramo. El Doctor enciende la calefacción y siento que los pies me sudan dentro de las botas. Fue él quien puso el tema. Honestamente, yo no había reflexionado en la imposibilidad de volver a mi apartamento. Seguramente empezarán a buscarnos en nuestras casas. Quien tiene más que perder es Rafa. Padre, madre y tres hermanos. Revisa la señal de su celular pero en esta zona no hay casi antenas. Rafa necesita llamar a su padre para avisarle del riesgo si se queda en casa. Le insisto que podrá llamar solo cuando lleguemos al siguiente pueblo. Dos horas, avisa el Doctor. Le señalo que va a noventa por hora y que las curvas son cada vez más cerradas. Puedo durar viajando lo que nos dure nuestro botín. Cuando sea escaso me preocuparé por hallar la manera de continuar viajando o contemplar el regreso. No tengo nada que perder. Un colchón muy viejo, casi plano, y algunos libros.

Los documentos los dejé en casa de Samanta. Rafa se interesa por cómo está ella. Hace tanto que no la veo, le digo, y la extraño mucho. Me hace falta su sonrisa, pero sobre todo el sabor de su sexo. Todos hacemos gesto de recordar nuestros sexos favoritos. El Doctor se suelta a confesar que el que más recuerda es de una mujer de piel pálida y pezones perforados. Rafa asegura que a una mujer así la recordaría más por las perforaciones que por el olor que despide su piel. Mis recuerdos me unen más a pieles tatuadas que a cualquier tipo de perforaciones o expansiones, les digo, han sido mujeres muy hippies. Una tenía un hada en la base de la espalda. La otra, un símbolo de la paz al final de la nuca. De la primera recuerdo sus senos blancos y redondos; de la segunda apenas conozco la tersura de sus manos.

Por fin la carretera comienza a descender.

No hay carros delante o atrás de nosotros. La oscuridad del camino se traga los rayos de la luna llena puesta en un cielo sin nubes y colmado de estrellas. Rafa quiere tomarle fotos a la luna. Yo quiero tomarle fotos a las vaginas que se dejen probar. Yo detesto tomar fotos, dice el Doctor mientras cambia de canción. Ahora suena Portishead. Estamos de acuerdo en que amamos a la señora, que es como le decimos a la cantante. Cuánto daría por tener una tía como la señora para que me invitara a sus conciertos y de paso a uno que otro bar, y seguramente gastaría varias rondas de cerveza, les digo mientras abro la ventana y enciendo un cigarrillo. Rafa fuma Marlboro. El Doctor prefiere que los apaguemos. Tres caladas y lo dejo a la fuerza del viento. Yo tendría sexo desenfrenado con la señora, dice el Doctor. Rafa pregunta qué significa sexo desenfrenado. El Doctor me mira de reojo. De nuevo observo la oscuridad del camino por la ventana y me pierdo en el recuerdo del último sexo que valió la pena.

Tengo un conocido en P, es secretario de la oficina de cultura, dice el Doctor, estamos a menos de una hora de viaje y al Maestro le va a gustar el clima. Lo mío son los climas templados donde pueda salir sin sacos o chaquetas, digo. Es el suyo, afirma el Doctor. Ahora está sonando Nick Cave y es la canción perfecta para este viaje. Es como la banda sonora de una road movie muy del corte de Wim Wenders, les digo. Bandas sonoras para un viaje sin retorno, así se debe llamar el siguiente taller que demos, Maestro, dice el Doctor. Rafa pregunta si vamos a seguir dando los talleres, no necesitamos volver a hacer nada gracias a lo que obtuvimos hoy en Z. Rafa continúa diciendo que con su parte se comprará una cámara semiprofesional y le tomará fotos a la luna. En una recta los tres aprovechamos para contemplarla. Ya no está amarilla, ahora es azul plateada, como si estuviera cromada, dice el Doctor. Antes de que Rafa pregunte, le explico en qué consiste cromar el metal. Yo sé, me dice.

De nuevo las curvas se hacen cerradas y las pendientes en bajada pronunciadas. Va a ochenta y cinco, Doctor, le digo. Usted qué va a hacer con su parte, Maestro, me pregunta Rafa. Me dejo llevar por el movimiento de la aguja del velocímetro, cómo sube y baja dependiendo de si es curva o si es recta. Miro hacia la oscuridad de la parte posterior del carro, donde va Rafa, y le digo que lo más seguro es que no haga nada más que comprar comida y engordar hasta que pierda la libido y nunca más pueda tener una erección. Observo la mirada congelada del Doctor en la vía. El carro avanza muy lento, por debajo de los veinte. No veo ninguna ondulación en el camino o alguna parte que se esté derrumbando como cuando pasamos por el páramo, donde casi terminamos cayendo por un enorme hueco que daba al precipicio. Me gusta mucho la palabra erección, dice el Doctor mientras frena el carro junto a una mujer que va caminando como ausente en medio de la noche. Tiene el rostro y los brazos con tierra y marcas de haberse golpeado contra ramas o rocas. El Doctor deja rodar el carro por la pendiente y yo asomo mi mano por la ventana para detener a aquella mujer. Apenas la tomo por la muñeca, voltea como si de ello dependiera su vida y comienza a gritar. Rafa nos pregunta qué le pasa a esa mujer.

El resto del viaje lo hicimos en completo silencio. Un letrero nos avisa de nuestra llegada a P. Es difícil comprender lo que pasó cuando aquella mujer subió al carro y le pidió al Doctor que la dejara antes de entrar a P. Sentada junto a Rafa, en la oscuridad de la parte trasera, siempre mirando por la ventana hacia la noche, temblaba, al parecer de frío, y se pasaba los dedos por algunas de las heridas en sus brazos. Rafa le preguntó cómo se las hizo. Ella comenzó a balbucear en voz baja. El Doctor le bajó al volumen de la música. Apenas recuerdo haber entendido que mencionaba algo así como los peores sucesos o eventos nefastos por eso que llevábamos en el baúl del carro. Miré al Doctor como preguntándole si la conocía de alguno de sus viajes anteriores. Ya no importaba si íbamos a más de noventa y cinco entre curvas y rectas. Rafa no paraba de hacerle preguntas. Cómo sabe de la mercancía. Por qué no me mira cuando me habla. Quién le hizo esas heridas. Por qué tiene las manos llenas de tierra. Esa mujer mencionó algo sobre evitar los tipos de brazalete azul en la plaza principal, pues ahí podíamos encontrar el fin del camino. El Doctor me miró de soslayo y hablando en voz alta dijo que efectivamente nuestro viaje terminaba en la plaza. Tenemos hambre y sed, dijo. Ella ignoró el sarcasmo y siguió susurrando y cortando las frases. Hablaba de los brazaletes azules y se tocaba una cortada que tenía en la mejilla derecha con sangre seca. Señaló a Rafa sin mirarlo y dijo algo así como que era la peor decisión de su vida. Creí que Rafa le iba a golpear su rostro con el puño cerrado. Le gritó que se callara o que se bajara. Esta mujer se lanzó al espacio entre las sillas delanteras y señaló el camino o la luna o los árboles que se iluminaban por las farolas y comenzó a gritar, de nuevo. El Doctor manejaba casi a cien por hora. Era el deseo de abandonarla en la entrada del pueblo, deshacernos de esta delirante. Algo le susurró al Doctor y pisó el freno con fuerza. Bájese, dijo, ni crea que seguimos con usted. Antes de bajarse la mujer señaló a la luna que estaba camino hacia la parte más alta de cielo y miró a Rafa como si fuera traslúcido y le aseguró que era mejor que la recordara antes de que la intentara capturar. Jamás será suya, creo que dijo. Abrió la puerta y desapareció entre los matorrales y no supimos más de ella. Recuerdo que en ese momento se terminó la canción de Nick Cave. Detesto las bandas sonoras, fue lo último que dijo el Doctor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: