Ana de Lacalle (España) Escritores de Letras & Poesía Opinión

Injusticia sin reparación

Teorizar sobre aquello en lo que consiste la justicia no es un ejercicio liviano. Podemos vernos enmarañados en disquisiciones inagotables. Aun así, más complejo es dirimir en situaciones dadas si una determinada acción es o no justa; y más, si cabe,  elucubrar si la sanción ante la posible injusticia imparte, a su vez, justicia. Tal vez porque esperamos que la sanción compense el desequilibrio desencadenado por el acto anterior, que de alguna manera nos resarza del daño recibido.

Ahora bien, si nuestra percepción de lo que es justo está vinculada a producir un daño proporcional al recibido, entonces tal vez no es justicia lo que buscamos. El daño no se repara infligiendo mal al otro. Una vez que hemos sido víctimas de la injusticia, sólo nos queda la capacidad de superar el quebranto del equilibro y esperar -al margen de la sanción que le sea impuesta a nuestro malhechor- que el tiempo mitigue el dolor sufrido.

Sócrates tenía la convicción de que siempre es mejor sufrir la injusticia que cometerla, porque el daño que se infligen a sí mismos los injustos es a la larga mayor que el producido. Si buscando justicia actuamos injustamente porque lo que realmente buscamos es saciar la ira y vengarnos, estaremos padeciendo el mal por partida doble: por la injusticia sufrida y la cometida.

De esta manera, ser víctimas de una injusticia no tiene reparación posible de forma externa. Nada de lo que las normas puedan hacer con el causante del mal elimina nuestro dolor. La reparación del mal siempre es interna. Sólo convencidos de que los posibles beneficios pasajeros que el injusto pueda obtener son espejismos desearemos no estar en su lugar y ocupar el nuestro, aunque eso implique superar el mal padecido. Los logros que son el resultado del engaño, la manipulación, el robo no son auténticos logros, porque quien los obtiene así no puede engañarse a sí mismo, ni sentirse satisfecho, a no ser que su objetivo sea convertirse en el futuro en el corrupto más espabilado.

La justicia sigue siendo, a pesar de lo que algunos nos quieran hacer creer, la mejor forma de vida, porque el justo lo es con los demás y consigo mismo y eso nutre su interior de plenitud y le da fuerzas para afrontar las consecuencias de su coherencia moral. Se mira al espejo, ve lo que quiere ver y su interior se engrandece. Lo que podamos llegar a hacer en la vida no es tan relevante como lo que llegaremos a ser; y eso que devendremos será lo que tendremos al final de nuestros días.

Parafraseando a Platón, añadiríamos que el sabio es quien vive cuidando su alma con vistas a la muerte.

 

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