Cuentos/Relatos Diego Valbuena (Colombia) Escritores de Letras & Poesía

Estupidez

Puede que fuera un libro o una película, ambos pasatiempos le apasionan. Fue después de alguno que se lanzó a escribir. No era la primera vez, era un arrebato más de los muchos que le han dado en los siete años interrumpidos que lleva en eso de escribir. Nunca se ha llamado a sí mismo escritor y le parece arrogante que los de su edad y menores se llamen a sí mismos de tal manera tan ostentosa. Siente que algo quiere plasmar en la hoja en blanco, pero no sabe por dónde comenzar. Algunas imágenes vistas o imaginadas se le agolpan y aprovecha lo que de enseñanza le dejaron. Hay que partir de los recuerdos.

“Hace mucho tiempo que no se enfermaba. Se jactaba de ello con sus amistades. Muelas sin calzas, huesos sin fracturas, uñas que brillan”

Las uñas no brillan a menos que tengan esmalte. Un comienzo flojo.

“Hasta que llegó el día de las dolencias. Lo más patético es que fue autoinflingida. Cada acto hacia sí mismo es un error”.

Parece ser que “autoinflingida” es una palabra poco usada, pero le encanta su sonido. Descubre que está mal escrita. No la cambia.

“El último de estos actos tiene apenas una semana. La rutina de siempre la llevaba a cabalidad pero, al salir de la ducha, sintió que un oído se le tapaba. No es el día para oídos tapados. Hoy está neurasténico”.

La última frase es aburrida. Parece de un médico sin título.

“Hoy es día de errores. Mecánicamente busca en un cajón una bolsa con algodón y de un frasco extrae un palo de madera que se asemeja más a un palillo chino. En uno de sus extremos pone un poco de algodón y lo aprieta con sus dedos para que no se desprenda. Lo inserta en su oído. Dolor”

Golpean en la puerta pero no se percata. Voltea hacia su derecha para cerciorarse de que alguien lo busca, pero no le interesa saber quién es. Es mejor que no lo molesten, está frenético intentando contar una historia que sentía adherida a su tráquea.

“No ceja en su empeño por destapar ese oído. Se hurga con sevicia. Cerumen es lo que sale. Sigue sin escuchar nada. Gasta al menos un tercio de la bolsa de algodón y su frustración va en aumento. Después de una hora de estar repitiendo este acto descubre que algo se ha dañado. Fue el primer día de su sordera por el oído izquierdo”.

¿Será muy dramático? Se siente tieso en el uso del lenguaje y hubiera preferido que la descripción fuera más una alegoría a su estado emocional. Pero deja que se vea como un acto real, no así verosímil.

“Siente miedo de salir a la calle y percatarse de que el mundo ya no será para él como lo había conocido. Al menos en sus sonidos. Lleva más de la mitad de su vida usando anteojos y lo que ve ya no es como lo que es”.

¿Anteojos? ¿Gafas? ¿Antiparras? Ninguna de las palabras le convence. Es el nombre de un accesorio mal etiquetado.

“Lleva la mitad de su vida usando gafas y lo que ve ya no es como lo que es. Nunca ha pensado de sí que es ciego, solo que las cosas no se quedan quietas. Pero perder la audición, o parte de ella, es como si hubiera perdido un brazo o una pierna. Por primera vez se siente inválido. De niño imaginaba que la sordera era como el silencio de su casa cuando todos se iban. Pero ha descubierto que no escuchar es tener un ruido constante, un pitido muy agudo que no le permite escuchar claramente ni concentrarse. Cree que va a enloquecer”.

“Pitido” es de las palabras más ridículas que jamás haya escrito. Trata de concentrarse para buscar un reemplazo pero el sonido constante en el oído izquierdo no le deja actuar, ni siquiera buscar en un diccionario de sinónimos o el buscador de internet. La historia decae. No la cambia.

“Saca de una gaveta un sobre de antiinflamatorios y se toma tres comprimidos. Arroja el poco algodón que le quedaba a la basura. Rompe el palo de madera que parece más un palillo chino. Llora desconsolado. Se siente profundamente estúpido”.

Siente vergüenza de su escritura. Por eso no confía en sus arrebatos producidos por alguna película o algún libro, en especial de Bolaño. Pronto comenzará a dar un taller de escritura creativa y considera que no es la persona idónea para enseñar tal labor. Llora desconsolado. No escucha el golpear de la puerta de su cuarto. Se siente profundamente estúpido.

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