No apresures tu mirada
ante el séquito nocturno
que provocan mis andares titubeantes,
bajo el cielo que hoy llora sin consuelo.
No, no te manches las palabras
con excusas sedentarias,
esclavas de pasiones que agonizan,
del tiempo, del olvido y la venganza.
No, no te plasmes un recuerdo
en la memoria,
que acumule lanzas en el alma
y desangren la semblanza
de aquel amor que hoy se marcha.
No mendigues el respeto,
que ciego y sordo te mira y oye,
porque hollín y lama se volvieron
las palabras tan soberbias
disfrazadas de promesas.
La metáfora más triste plagó mis días de amargura,
destilando tinta de mis dedos como sangre fría, agria, sin vida.
No apresures tus ojos a mi alma desnuda, que me han nacido alas
y entre riscos me he hallado
sin consuelo,
en el soliloquio de mis versos invisibles
que reparan cicatrices.
No voltees la mirada ante la llama que perdura
ardiente aquí en mi pecho.
No te atrevas a decir, (…)
sin sentir la congoja de estas letras que te empañan,
consumiendo la embriaguez de tu mirada.
No te atrevas a decir mi nombre,
a pisar la escarcha de mi llanto
que cubrió tu perfil griego
de sombras
y nuestra historia,
nuestra historia cubrió de hielo.



Replica a Leslie Mansilla Cancelar la respuesta