«Aquí estamos para jugar hasta el fin de los tiempos»
Christian Bobin
En el desorden de esta vida,
me he escapado por cada grieta refractaria,
huyendo de la mirada ajena,
del proverbio sabio,
y del refrán común…
Hago de cada día un pasatiempo,
una ofrenda,
y elucubro ilusiones entre las hojas de los árboles,
es algo así,
como simplicidad.
Contemplar con los ojos desde el corazón,
a expensas de que
vibre el alma
y el silencio abrace.
En todo este desarreglo no hay jaleo,
tampoco tumultos ruidosos,
sólo sordera ante la ingratitud,
y un caparazón de hierro
para evitar balazos de tanta traición.
El auxilio se ha convertido en la peripecia de la soledad,
en el grito ahogado de quién ya no sabe a dónde escapar.
El polvo se acumula,
después de tanto tiempo sin soñar,
sin acariciar la nubes del sosiego,
de la inercia de unos pies que continúan caminando.
Pareciera una paradoja,
un dulce espejismo,
un tierno sueño de infancia,
pero cuando abres la puerta e intentas mediar una palabra,
los vocablos no salen,
se encuentran vencidos a la necedad,
a esa incapacidad de escuchar,
de empatizar.
Los desbarajustes aparecen por todos lados,
parecen señalar el problema existencial
de la fractura entre la psique y la emoción,
pero no hay entendimiento,
sólo fluye el tiempo,
a pesar de que
nada hace a nadie,
ni nadie hace nada.



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