El humano es el ente de la insatisfacción infinita; nunca puede encalmar su inquietud de dudar, porque, ante cualquier tentativa de atajar esa posibilidad, lo que anulamos es la certeza.
Creo que las confrontaciones históricas sobre la realidad de Dios son el ejemplo por excelencia. Aunque las diversas religiones puedan llegar a converger en alguna de sus versiones en que el Dios del que hablan es, en última instancia, el mismo, no eluden con esto el hecho de que entre distintas confesiones e incluso en el seno de una misma confesión puedan sostenerse versiones de Dios dispares, incluso diría yo incompatibles.
Estos desencuentros nos muestran que la respuesta a la cuestión sobre la realidad y naturaleza de Dios resulta ser lo inescrutable, aquello que resta más allá de la posibilidad de vislumbrar algo. No obstante, su falta de existencia empírica es un dato relevante si nos fijamos en su paradójica universalidad como ser al que el hombre recurre para dotarlo de distintas funciones: sentido de la vida, causa y origen, finalidad a la que aspiramos, personificación de un ángel protector, lo Absoluto incompresible que justifica nuestra finitud y limitación,…
Una de las preguntas insidiosas es, por lo tanto: ¿Si no hay un Dios dado, por qué hay universalmente un Dios pensado?


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