Si la vieras caminar,
caerías al segundo preso de sus caderas
y de su despreocupación,
al mismo tiempo que te atraparía su ternura,
infinita e inconsciente.
Si escucharas sus versos
la poesía te quedaría grande,
te bailarían las letras,
al igual que ella baila una bachata
mientras tú la miras,
como si de un ser inalcanzable se tratara.
Si la escucharas reír te haría sonreír,
es inevitable.
E incluso cuando la oigas llorar
la sentirás infinita, real, única,
como cada una de sus lágrimas.
Al describirla,
no cabría en ninguna parte
la palabra «indiferente»,
y conocerla es olvidarse para siempre
de la palabra «soledad».
Le doy un sorbo a mi cerveza y sigo escribiendo.
Hasta su sabor me recuerda a ella.



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