Cada mañana es un volver a comenzar, mi compañera la ansiedad se peina mientras me mira en el espejo y me dice al oído: seguro, hoy lo harás mejor que ayer, hoy puede que sí, puede que no, te haga temblar. Un, dos, tres, respiración profunda y una sonrisa bien bonita empaña el espejo de un amor profundo que aún estamos construyendo.
No la elegí para que viniera a bailar conmigo en estas aventuras que ha trazado la vida para mí, no la elegí cuando con miedo visité la sala de urgencias de un hospital porque sentía que la muerte tocaba mi espalda. No la elegí, pero ella insiste en vivir conmigo. Negándola cada día en un cuarto oscuro, callaba con el miedo de sentir a mi alma depender de un hilo entre la locura, la cordura y haciendo un fuerte ¡Shhhhhh! a las conversaciones que se hilaban en mi cabeza.
Se ha puesto su mejor atuendo, con un vestido rosa de miedo, camina junto a mí tomándome la mano y posando su cabeza sobre mi hombro mientras me dice: ¿no escuchas saltar tu pecho? Me abrasa nuevamente y en mi interior una voz siempre está diciendo: tranquila.
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