Diego Valbuena (Colombia) Opinión

Silencio

¿Cuándo comencé a ser más errático que acertado? ¿En qué momento se acumularon más los errores que los aciertos?

¿Son acaso la misma pregunta?

¿Estoy formulando mal las preguntas y es por eso que me alejo de mi propia comprensión y entendimiento?

Estoy casi seguro de que eso de las preguntas tiene un primer inicio, una especie de inauguración en la vida misma. No son esas preguntas de niñato de qué es eso o cómo se llama aquello. Son las preguntas que empiezan a quemarnos por dentro, cuando queremos comprender por qué nos dejan de hablar o por qué de un día para otro una amistad se convierte en distancia. Eso es, esencialmente, la adolescencia, al menos la que tuve que vivir en su momento, allá enfrascada entre pantalones desgastados y sacos dos tallas más grandes, cuando todavía se escuchaba el eco de los carros bomba y el miedo se respiraba a diario pero como siempre lo olvidábamos a fin de año. Hay un punto, otro, en esos tiempos en los que consideramos que las amistades serán para siempre, como una unión tácita permanente en la que todo vale y sin importar nada la otra persona estará ahí, siempre. Esa palabra, siempre, se diluye justo en el momento en el que una amistad se convierte en odio o desprecio o cuando tenemos que ir al velorio de un amigo y no entendemos cómo puede morir alguien tan joven. La muerte y el desprecio. Dos grandes educadores que nos ponen ante nuestras posibilidadades limítrofes. Después de eso bien puede emerger el camino hacia la locura y el hundimiento en todo tipo de sustancias que me permitan desprenderme por etapas de esta continua realidad que siempre, siempre será un peso, un agobio, un fardo que tiene que ser cargado con el esfuerzo de la responsabilidad: del estudio, del trabajo, de la familia. Yo opté por el alcohol y el tabaco y por no tener familia y ver como se va desgranando la que tengo hasta que desaparezca por sustracción de materia. Sigo creyendo que algo que se extingue lentamente se puede sobrellevar mucho mejor que aquello que estalla, lo que se quema con la velocidad de una combustión descontrolada que cerce más alto que los árboles. Habrá quienes digan que lo lento enferma más que lo repentino pero me convenzo de que lo que estalla nos deja mutilados emocionalmente. Bombas, explosiones, pólvora, árboles, parques. Hoy existen generaciones que viven en esta ciudad con otro tipo de violencia, no la que revienta sino la que va quemando lentamente hasta horadarnos por dentro y dejarnos como un desierto sin fronteras. El mundo de afuera, el importante, el de la ciudad, el de la polis, ese prefiero mantenerlo al margen y solo pensarlo cada vez que hay elecciones. Twitter es un caldo de cultivo para que las neurosis crezcan saludables y nos enfermen y nos terminemos insultando a diario y decepcionando y el único catalizador que parece equilibrar estas fuerzas de odio es mandar vergas y tetas o simplemente lanzarlas al vacío para que nos digan algo, cualquier cosa. Qué asco, qué delicia.

Pero ya estoy demasiado lejos del adolescente que fui, al menos en términos temporales. De todas maneras lo recuerdo, porque es la línea de base sobre lo que he hecho posteriormente. Todo lo que caiga por debajo de esa línea es en exceso denigrante y patético. Lo que apenas roza la línea es deprimente pero llevable. Todo lo demás está bien. Seguro que todo lo que está por debajo de esa frontera es imposible de verbalizar, porque es demasiado fronterizo o simplemente ilegal. Porque vivimos los tiempos en que lo ilegal crece como una marea que nos quiere ahogar entre leyes y calabozos que no son más que rincones sin ley. Lo que apenas flota podrá estar en el campo de lo moralmente inaceptable pero sin consecuencias jurídicas. Somos un pueblo mojigato así que este es un extenso mar en el que el qué dirán parece que nos controla. El índice es un dedo que se dispara con tanta facilidad, y cuando se puede acceder a un arma ese mismo dedo dispara con tanta facilidad. El resto es una nebulosa que en su centro colapsan los anhelos y los fracasos. Fracasé como hombre. Fracasé como reproductor. Fracasé como pareja. Fracasé como profesional. ¿Qué queda? Eso que es gris y que casi nunca se le define y que la mayoría preferimos ignorar o no determinar porque para qué gastarnos en nimiedades que finalmente no van a cambiar el curso de la vida de la mayoría. Soy un gran barquero del océano gris de la vida. No es jactancia, ni más faltaba, es que he remado por muchos años, seguramente ya son más de veinte y hasta ahora no me he ahogado ni he sucumbido al delirio de la soledad y el vacío. Remar, remar, remar con el anhelo de encontrar la orilla. ¿Realmente quiero llegar a la orilla? ¿Quiero pisar las tierras firmes de la paternidad, del matrimonio, del trabajo de lunes a viernes de 7 a 6, de la cuota del carro y del apartamento a veinticinco años, de las seis tarjetas de crédito, de las llamadas un sábado a las ocho de la mañana a amenazarme con embargos, de las virosis y de la propia vejez reflejada en la descendencia? Remar, remar, remar. No me enamoro de mi proio reflejo en esas aguas pantanosas pero sí me dejo llevar por el canto de las sirenas. No dejo de remar porque si me detengo estoy seguro que al instante caigo muerto. Mientras remo escucho las sirenas y me saludan y bebemos mucha cerveza juntos y de tanto en vez saltan a mi bote y refocilamos o de vez en cuando nos escondemos en cuevas de islotes al margen del tiempo. Y de nuevo regresan al mar gris. Algunas buscan el centro de este universo y colapsan en el mundo de la normalidad estandarizada. Otras sirenas siguen nadando con gracia y agilidad y se alejan para nunca más regresar. Remar, remar. En otras ocasiones encallo en montículos de emociones superficiales. O en cuerpos que no tiene formas distinguibles. Apenas se les escucha resoplar excitación y la mayoría de veces, debo aceptarlo, me dejo arrastrar porque hay días en que no quiero remar así que dejo que la marea me mantenga en movimiento. Es un suave oleaje el que me mece y me pone y me deja y no tengo que hacer nada, no necesito pensar, no debo sacar la chequera moral y deber disculpas y excusas y arrepentimientos. Eso sí, me llegan letras de cambio. Por valores superiores a todo pago que haya realizado antes. Letras de cambio que hablan de “nunca volver a hacer” de “no puede pasar de nuevo” de “estoy empeñado en otro lado” de “perdiste valor de cambio demasiado rápido”. Todo esto puede ser un ciclo, un círculo, una espiral que se repite cada indeterminado tiempo, nunca sabemos en qué momento regresamos al mismo punto, únicamente nos damos cuenta de que es el mismo sitio cuando chocamos con la misma duna, cuando nos ahogamos en el mismo charco, cuando aparece la misma sirena, cuando llega el mismo cheque o la misma letra de cambio. Y yo no soy una persona remilgosa. El cuerpo debe comer algo así que recibo ese papel moneda o ese papel con sellos de seguridad y los pongo al horno y me los como cual manjares de tierras exóticas. En este mar ese papel no tiene ningún valor y no hay quien lo permute para nada saludable. No se equivoquen, esto no es un memorial de agravios. Es el intento de responder a la primera pregunta que me hice nada más entrar a este lugar. Sabemos por experiencia que casi nunca obtenemos respuestas satisfactorias, apenas unas parciales que nos dejan con un sabor agrio en la boca y con la necesidad de seguir remando y seguir haciendo preguntas.

El problema real es dejar de hacerme preguntas. Ahí es cuando surge ese molesto, ese incómodo silencio que no es más que el ruido de las demás personas haciendo interferencia y olas en mi pequeño mar gris de comodidades burguesas con aspiraciones precarias.

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