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La muchacha del camposanto

El día ha sido agotador. Llevo desde el viernes en Barones del Águila, un pueblo de ciento treinta y tres habitantes, fundado en 1836 y perdido en la Meseta Norte. Donde hasta mañana lunes no pasa un autobús que me acerque a la estación de tren más cercana, casi a cien kilómetros.

«Me da igual cuando llegue ese maldito autobús, Ángeles. El artículo debe publicarse mañana a primera hora», me acaba de decir mi jefe a gritos por el móvil. «Pero aquí el wifi y los datos van fatal», le he recordado. Eso a él le da igual –y me lo ha dejado claro con otra retahíla de gritos y una amenaza de despido–, tengo que terminar este artículo y enviarlo a la redacción en Madrid aunque para ello tenga que subirme al tejado más alto de este pueblo.

Cuando acepté el trabajo pensé que sería algo fácil, casi lo había planeado como una escapada rural –me vendría bien después de la ruptura con Alberto, cambiaría de aires–. Simplemente hablaría con los lugareños y escribiría después sobre lo penoso que es que nuestros pueblos se queden vacíos. No me llevaría más de un día o día y medio, después estaría todo el tiempo de relax. Craso error pensar eso por mi parte.

Al llegar el viernes vi alboroto en la plaza del pueblo. Mientras me apeaba del autobús un grupo de gente se aproximó a mí. Yo me asusté pero luego me di cuenta de que buscaban al médico, que se bajó tras de mí –resulta que tenía el coche estropeado y el hombre tuvo que usar el transporte público para llegar Barones del Águila–.

Rápidamente todo el mundo se dirigió hacia una pequeña casa dos calles al norte de la plaza. Yo les seguí, con mi curiosidad y mi pequeña maleta en la mano. Algunos entraron en una casa de piedra y pizarra, otros permanecieron en la puerta. Hablé con estos últimos y me explicaron lo que pasaba: «El Amancio se muere», me dijo Fernando, un joven soltero de sesenta y ocho años que otrora fue el sepulturero del pueblo.

Efectivamente, Fernando tenía razón. El pobre de Amancio murió a la media hora de mi llegada. «Hasta el domingo no podemos enterrarlo. Es cuando viene el padre Miguel a darnos la misa. Aunque de todas formas hay que esperar por esas cosas del velatorio y las leyes, ¿sabe usted, señora?», me explicó como si yo no supiera en qué consiste un entierro.

Busqué entonces un alojamiento. Una vecina, Herminia, de setenta y tres años me acogió en su casa la cual usaba ocasionalmente como hostal. «Por si viene algún turista. La casa es grande y así me saco algún dinero que ayude a la pensión», me dijo Herminia. La casa de Herminia tenía en la fachada un blasón que, según me explicó ella, era de unos señores importantes que hubo en la zona, y también una balconada.

Hasta el domingo no hubo mucho movimiento en Barones del Águila. Por eso el sábado estuve el día entero en el bar –todo el mundo se extrañó al verme entrar allí–. Entablé entonces varias conversaciones con la vecindad, más hombres que mujeres –las mujeres se fueron a vivir con los hijos a la capital o se casaron con forasteros, dicen–. Todos sentían pena al hablar y la mayoría eran reacios a responderme cuando les preguntaba por la falta de habitantes del pueblo. Incluso alguno se mostró abiertamente molesto y algo agresivo. Me recibieron bien, no lo puedo negar. Pero a nadie le gusta ver como su pueblo se muere, literalmente.

Me dijeron también que había una moza joven en el pueblo, pero que no era de allí. Pregunté si podía hablar con ella y me respondieron que estaría ocupada con su trabajo. Que mejor esperar a que pasara el entierro de Amancio.

Así lo hice. El cementerio era pequeño, con las tumbas en la tierra, sin nichos, y monumentos funerarios con cruces y algún ángel de la guarda. Asistí al entierro y el corazón se me encogió un poco al ver como todo el pueblo lloraba al despedir al fallecido. «Esto se muere», suspiró Herminia a mi lado con el pañuelo en la mano. El sentimiento general era de abatimiento, desgarro y desconsuelo. Todo el pueblo lloraba en silencio, no solo por la muerte de su vecino, también por su futura muerte colectiva, su desaparición como pueblo.

Unas breves palabras del padre Miguel recordando al fallecido rompían el silencio mientras el féretro se hundía en la tierra. En ese instante me fijé inquisitivamente en la persona encargada de tan ingrato trabajo. Casi se me salen los ojos de las órbitas al descubrir que esta persona era una muchacha que apenas rozaba la treintena. «Ella debe ser la chica de la que me hablaron los vecinos en el bar», pensé al instante.

Mientras la observaba echar tierra sobre el ataúd mi instinto periodístico comenzó a moverse en mi cabeza. Me preguntaba cómo había llegado una chica tan joven como ella a ser enterradora en un pueblo perdido de un recóndito rincón del país; pero sobre todo me preguntaba el por qué. Conforme la caja que contenía el cuerpo sin vida de Amancio fue cubriéndose la vecindad se fue marchando. Los últimos en quedarnos allí fuimos los familiares del difundo, el cura, la muchacha y yo.

Nada más acabar su trabajo, abordé a la chica. Cuando la tuve cerca me pareció aún más joven e inocente. Me quedé unos segundos mirándola, como atontada, impresionada por la expresión firme y madura de su rostro y la fiereza de sus ojos castaños al devolverme la mirada. Le dije, articulando la voz como pude debido a la impresión, que quería hablar con ella. «De acuerdo», me dijo. «Me llamo Marta. Si quieres hablamos mejor en mi casa, estaremos más tranquilas», añadió dándome la mano, una mano callosa y fuerte.

Me guió hasta su casa, cercana al cementerio, mientras me hacía algunas preguntas sobre mí: mi nombre, mi trabajo, de donde era… Se mostró algo tímida y retraída conmigo al principio, pero conforme fuimos hablando su actitud se tornó más simpática y distendida.

Al llegar a su pequeña casa, me sirvió café y unos dulces típicos de Barones del Águila. «Están hechos con miel y nueces», me explicó. Estaban muy ricos y el café me sentó de maravilla. Cuando me gané su confianza comencé a preguntarle por su historia, por el camino que la llevó hasta aquel pueblo perdido. «Tengo veintisiete años y nací en Madrid. Estudié Turismo y al acabar la universidad decidí irme a Alemania, a Colonia», comenzó a relatarme como quien recita el padrenuestro, de carrerilla y sin pensar.

En ese momento la interrumpí. Hasta ese instante lo que me había contado era perfectamente normal: una joven que termina sus estudios y se va al extranjero a conocer mundo y buscarse la vida. Pero, ¿cómo llegó de una ciudad como Colonia a un pueblo como Barones del Águila? ¿Por qué dejó aquello?

«Mal viví durante año y medio en Alemania. Primero en Colonia, también Stuttgart, Múnich y Berlín. Pero los trabajos que conseguía eran muy malos y apenas me daban para comer y pagar el alquiler. Además, estaba sola… ¡Me sentía sola! Y después de mucho pensar, decidí volver», me explicó con un deje de tristeza en el rostro.

Me imaginé entonces que volvería a casa de sus padres. Pero Marta me explicó que no. Que le daba vergüenza volver al hogar paterno: «Me sentía como una absoluta fracasada. No fui capaz de ganarme la vida por mí misma». Aseguró que el último mes en Alemania fue el más duro de su vida. Calibrando dónde y qué podría hacer para salir adelante. Llegó a dormir en la calle, mendigar y comer de la basura que arrojaban los supermercados.

«Estaba en un callejón sin salida, entonces me encontré a otro español. Este chico estaba recién llegado a Alemania y me habló de un programa de repoblación de las zonas rurales abandonadas», me explicó con brillo en los ojos. Dicho programa consistía en dar trabajo a personas jóvenes a cambio de que se establecieran en pueblos prácticamente abandonados para que el mundo y las costumbres rurales no desaparecieran. «Fue la cuerda que me sacó del hoyo», sentencia Marta sonriente.

Yo la escuchaba sin rechistar, me bebía sus palabras. Entonces me contó que Fernando la acogió como aprendiz en el cementerio: «Al principio me daba reparo eso de ser sepulturera, pero me fui acostumbrando. Es un trabajo tranquilo aunque duro. Y de todo eso hace ya tres años».

Ya habíamos terminado el café y los dulces y a mí me quedaban dos cosas más por saber sobre Marta: qué pensaron sus padres y cómo la acogieron en el pueblo. «Pues… a mis padres les costó hacerse a la idea, la verdad. Estar media vida pagándome unos estudios para que terminase enterrando muertos en mitad de la nada… No es lo que nadie espera de su hija. Pero lo terminaron aceptando. Me dijeron que si me hacía feliz, que ellos también lo eran», me explicó con una sonrisa.

«Y cómo me acogieron en el pueblo… Pues bien. Para la vecindad fue una alegría ver llegar a una chica joven como yo. Aunque en algunos momentos se me hace difícil vivir aquí ya que no hay personas de mi edad con las que pueda salir por ahí. Tampoco hay pubs, discotecas ni cosas de esas, ¿sabes?», reconoció Marta un poco cabizbaja. Acto seguido me confesó que también le era algo difícil la vida allí por su orientación sexual. Marta es lesbiana y aunque lo ha explicado cientos de veces a los vecinos, estos aún le siguen preguntando por el novio: «Creo que eso es normal, quieren que nazcan niños… O al menos imagino que me lo preguntan por eso y no por intolerancia. Somos muy pocos aquí, mientras mejor nos llevemos, mejor».

No podía marcharme de allí sin saber si se quedaría en Barones del Águila mucho tiempo y si pensaba seguir siendo sepulturera. «Me quedaré aquí el tiempo que haga falta, hasta que me echen o hasta que pueda permanecer en el pueblo. Sobre lo de seguir siendo sepulturera… ¿Quién sabe? ¡Lo mismo termino de sepulturera en Alemania!», bromeó y empezó a reírse a carcajadas.

Ahora, mientras observo la pantalla de mi portátil con el artículo prácticamente terminado y esperando a ser enviado a la redacción del periódico en Madrid, no dejo de pensar en Marta. En lo valiente que es, en la trayectoria vital tan dura que ha tenido que pasar y en su capacidad para reinventarse. Por todo esto Marta es la verdadera protagonista de esta historia, una historia que se merece un final a la altura. Así que me incorporo sobre el teclado del ordenador y escribo: «Marta dejó las comodidades de la vida urbana para llenar un hueco en un lugar inhóspito y superó las adversidades que se le presentaron. Ella no solo se merece este artículo periodístico, se merece un libro entero».

Un comentario

  1. Excelente entrada; mejor narración de una historia real y aterradora. Dejar desaparecer un pueblo, es la consecuencia de la falta de políticas públicas adecuadas, en España como en la Argentina o cualquier país del mundo, lo que es una constante y a favor de la brevedad prefiero no explayarme. La historia de Marta en si misma, como bien dices es material para una novela. Un abrazo.

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