Autores Diana García (México)

Diablo

Amo del abismo; me entregaste en plata la capitanía del más profundo de tus niveles, donde yace la fortuna del mejor de los pecados. Me quedé en el segundo piso con el clavel blanco que pensé en sembrarte durante aquella primavera resguardada bajo tus alas negras. Guardamos el invierno iluminados por la luna, jugando a ser los girasoles desterrados del jardín de Deméter, fingiendo dolor donde encontramos gozo y calmando el ardor que existía al tenernos en la cercanía.

Me diste la metáfora que siempre busqué para tener algo especial en los versos que pensaba crear, el ángel guardián cambiando el cielo para pertenecerle al fuego, el demonio enamorado de las estrellas y su octava esfera. Perdida en el camino trazado por los lunares de tu cuerpo, fue la constelación que guío mi destino hacia el infierno. Fui Perséfone, buscando el Edén en medio del Inframundo, siendo la esclava consensuada de los versos agraviados dedicados al dueño del recinto.

Sin previo aviso, me adentré al paraíso de Venus en el noveno círculo, nos perdimos por momentos que a oscuras fueron años y a tientas segundos. Anclados al centro, donde nace el hielo, lo fundimos como al hierro sólo con nuestros cuerpos. Y con la piel. Y con la sed. No nos importó ser aquel que llora y babea por ser quién es, porque juntos fuimos más que los poetas volando al centro de la tierra, fuimos la pluma y el libro de lo prohibido, lo real, lo mezquino, lo que existe cuando juegas a acariciarle el alma al que aparece atrapado en el XXXIV.

Y al estar con él, quise ser aquella mujer que surge en el canto al amor lejano, pero no pude pedirle nada al dueño de tantos pasados. Ahogada en el deseo de ser quien nunca seré, me convertí en el navegante exhausto y el amante incauto de aquel que apodan el Diablo, regresando cada invierno a su lecho en el infierno.

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