Cuento Valeria R. (México)

A mi ladrón

Si la justicia divina existe, usted arderá en las brasas iracundas de un infierno abominable. Enojo es una palabra muy suave para describir lo que siento. Cuando me acuerdo de su aspecto desgarbado, anónimo y sutil, me da rabia. La indignación me corroe, es evidente que le hicieron falta unos buenos porrazos cuando fue niño. ¿Acaso no le dijeron nunca que las cosas ajenas no se toman? Oh, rufián de tristes modales, usted pone a la honradez en encrucijada y me hizo pasar un mal día innecesario. 

El incidente es una desfachatez, desde aprovecharse de una dama que caminaba sola, hasta el agravio de dejarme con el espíritu amargado. Para que se entere esa mañana me habían llegado buenas noticias y estaba feliz. Tanto así que me desayuné unas magdalenas con mantequilla ignorando el murmullo de la dieta. Me alisté tempranito, me puse ropa salidera y maquillaje del bueno. 

Ese día mi amado Ricardo iba a estar en la ciudad, sin hijos, ni mujer; sin excusas para no pasar a verme. Mi imaginación se volvió loca ante la tentativa de las posibilidades. Antes que nada tenía que disponer de unos mandados para hacer de su estadía no solo placentera, sino memorable. A lo mejor así volvería más seguido.

Salí de la casa con mi bolso y un abrigo para la casualidad del frío. Traía efectivo para comprar lo necesario para una cena espléndida: para vino, asado de puerco y unas fresas con crema batida para incentivar los ánimos de bienvenida. Como podrá deducir, tengo un alma romántica, qué se le va a hacer. El recorrido tendría que haber sido sencillo, ir y volver en un santiamén, ponerme a cocinar y recibirlo con los aromas afrodisíacos de un buen platillo. Bien me ha contado que su mujer no hace ni sopa. 

El mercado quedaba justo sobre la zona céntrica y para ahorrar un poco tomé un camión. Me senté con el abrigo sobre las piernas sintiendo su calidez innecesaria en el bochorno de ese ambiente. El trayecto se puso tedioso gracias al  tráfico y los conductores frustrados que entorpecen las rutas por riñas ridículas. De haber variado cualquier factor usted y yo no nos habríamos encontrado. El caso es que llegué con las primeros soles de la tarde y me aventuré a comprar y planear con el corazón exaltado. 

Atesoré el momento exacto en que me dirigí por las calles laterales hacia donde se toma el camión, pues parece un momento crucial en el que comprendí las dos caras de la vida. Traía las manos con las bolsas presionando sobre las coyunturas. Mi abrigo se apoyaba autónomo sobre mi antebrazo y estaba subiendo una calle empinada. Estaba sola, pero en ese momento no era una mujer de miedos racionales. Ni se me ocurrió pensar en la eventualidad de un desfortunio. 

De un momento a otro usted se materializó a lo lejos en la misma acera donde caminaba yo, pero en sentido contrario. No pensé en cruzarme, aunque su aspecto energético sugería sospecha. Seguí adelante viéndolo sin considerarlo una amenaza.

 Entonces sentí su proximidad, la decisión y la certeza de que sus intenciones eran siniestras. Lo próximo sucedió con rapidez y su precisión me hace reflexionar que sus andanzas se remontan a tiempos antiguos, donde se instruyó con tiempo para ejecutar sus movimientos con soltura. Como un relámpago logró despojarme de mi abrigo, y dos de las bolsas de mi mandado, que corresponden a una bolsa con las fresas y la otra con el vino. Si no me robó más habrá sido porque su instinto le dijo que se arriesgaba a quedar expuesto a que lo mirara y atestiguara en su contra. Se fue caminando calle abajo como cualquier persona, sin prisa pues sabía que yo no podía reponerme del susto y menos reclamarle nada. Cuando me volví a verlo su espalda no me dio ninguna pista y su rostro se desdibujó en los recuerdos empapados de adrenalina. 

Caminé hacia una calle más transitada con el orgullo herido y el ánimo roto. Me subí a un coche que me bajó hasta mi casa y ahí lloré profundamente mi abrigo perdido, las fresas hurtadas y el vino irrecuperable. La cena sufrió mucho por mi añoranza y mi rabia contra usted; la carne quedó seca y la lujuria se evaporó incluso antes de que existiera. Cuando llegó mi amado Ricardo una jaqueca histórica no me dejó ni pensar en una velada romántica. Creo que pudo atestiguar el agravio sin que se lo dijera con palabras pero igual se lo conte. 

—Este país está chingado —fue lo único que me dijo. 

Ahora, el motivo para escribir y posteriormente dejar esta carta en medio de la calle de nuestro encuentro es un mero formalismo y desahogo de no poder hacer nada más. Si existen cartas contra zapateros infructuosos, no vi porqué en contra de un ladrón malhechor hiciera el ridículo. 

En fin, ladrón, espero que no nos volvamos a encontrar en nuestra vida y que si lo hacemos, que los vientos de la suerte me traigan un guardia para que presencie su deshonradez.

Hasta nunca. 

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