Cuento Diego Valbuena (Colombia)

Los guardianes de los espacios vacíos

En casa permanecían olvidadas un par de raquetas de marco de madera con el encordado destemplado. Mi hermano y yo no éramos muy proclives a este deporte. Alguna vez me inscribió a unas clases particulares donde un montón de niños cogíamos en nuestras manos unas palas en madera y con ellas teníamos que no dejar caer la pelota de tenis. Yo apenas me preguntaba: ¿dónde carajos están las raquetas, las de verdad? Creo que no asistí a más de dos clases. 

Pasaron los años hasta que un día un amigo me dijo que fuéramos a jugar. Era el día de mi gloria. Al llegar, un tipo de barba rala, delgado, como alcohólico, nos dijo que si queríamos jugar debíamos pagar por horas. Mi amigo y yo nos miramos y, con mucho fastidio, pagamos la tarifa estipulada. En esa hora sudé como un cerdo camino al sacrificio. Comprendí que nada sabía de aquel deporte. Pero, sobre todo, la duda que me quedó de aquel día fue: ¿quién carajos era ese tipo que nos había ido a cobrar?

Un día, mientras hablaba con el Doctor sobre alguno de los Grand Slam, viendo los golpes de Roger Federer y la fuerza de Rafael Nadal, alguno de los dos mencionó la idea de jugar tenis. No sabíamos que el otro jugaba. Ante tan reveladora información, nos dispusimos una mañana a ir a un parque cercano a su casa, pues él tenía noticias de que en ese lugar había un muro y una cancha. Y que siempre estaban vacías. Al llegar encontramos que en ambos espacios no había nadie. Empezamos dando algunos golpes en el muro para desentumecernos y calentar un poco. Ya decididos, entramos a la cancha y empezamos a pelotear. Conforme pasaban los minutos, nuestros golpes iban mejorando: el Doctor buscando el drop shot ideal, y yo pegando con más top spin. Fue en aquel preciso momento cuando, de la nada, como salido de una catacumba, un tipo gordo, de barba rala, como indigente, se nos acercó y nos preguntó: ¿pagaron el turno en la administración? Nos miramos con incredulidad y terminamos por confesar que no sabíamos que tocaba pagar. El tipo este, con aspecto indigente como ya dije, procedió a sacarnos y a echar candado en la entrada. La situación era sumamente ridícula, teniendo en cuenta que la reja que encerraba la chanca no medía más de un metro de altura. ¿De dónde coños salió este tipo?

Ese día nació un nuevo concepto para nosotros y, más que concepto, una nueva especie de ser humano: los guardianes de los espacios vacíos. Después que el tipo este cerró la puerta, nos quedamos un par de horas más en el muro y observamos con fastidio que nadie más ocupó la cancha aquella mañana soleada. ¿Por qué no nos dejaba jugar? ¿De quién es la cancha? ¿Quién se lucra con su arriendo por horas? ¿Hay una mafia por el control de las canchas de tenis? No teníamos respuestas. Pero teníamos la certeza de que existen humanos que vigilan obcecadamente ciertos espacios que parecen de todos, pero a la vez son de nadie. Y cobran por ello. 

Podría jurar que esta especie estaba apenas recién parida del fondo de estas tierras, pero el Doctor me hizo caer en la cuenta de su larga trayectoria sobre este mundo. Y es que no necesariamente se manifiestan literalmente como cuidadores de espacios vacíos, sino que han ido mutando. Claro, en el mismo barrio donde está la mencionada cancha encontramos una vez una señora sentada en una silla plástica, arreglándose las uñas, vigilando una calle cerrada. ¿Su objetivo? Cobrar por los carros que allí se parquean. De nuevo lo absurdo, pues es un espacio comunal de las personas que allí viven. 

Preocupados ambos por ver la proliferación de esta especie, nos hemos propuesto la tarea de tipificar, taxonomizar, clasificar, describir a esta nueva especie, de la que nadie habla pero que se expande como una plaga por los lugares recónditos de la ciudad. Pero eso lo dejo para una siguiente oportunidad. Hoy me voy con el Doctor a jugar en una chancha de polvo de ladrillo privada. Es nuestro Roland Garros. 

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