Elías L. Brizuela (Argentina) Prosa Poética

Presidio Ornamental

Es el día 1552 y los motores de las heladeras rompen el silencio del agobiante recinto. Es lógico pensar en el hedor pútrido del lodazal que rodea al impetuoso lugarejo. Asimismo, se condensa el frío en las manos y la escarcha impía y lóbrega eriza mi dermis que comienza periplo al temblor.

Vacua ilusión aquella, la mía, de escapar de aquel lugar húmedo, frío y agobiante. Sin esperanzas  en aquel que ha de venir, en la fe llana y los mártires que dejaron huella en aquella patria falsa; hoy regocíjanse de su imperio marchito y benévolo de crías que almuerzan su propia ignorancia.

Es el día 1552 y la noche, aprendiz del día, acopla sus estrofas en su pronto devenir.

Los guardias de aquel recinto lejos han de ir; al salir la luz de la Luna, el bravo monstruo ha de partir, hacia los alrededores del cáucaso jardín. No lejos se encuentra aquel lugarejo, en el que ahogado me encuentro por no poder vivir. Y sí, he de encontrar certeza, aunque harto más es la ligereza con la que se encuentra, que el crítico pensamiento de la conciencia ciega. Al fin y al cabo se trata del hábito de sentirse humano en aquella sociedad sosiega, libre de capacidad altruista y sazonada en vil injuria motriz.

Es entonces que encuentro en el amor, un rastro de fe que sana mi ser de tal alimento hostil. Es entonces que encuentro el antídoto al mal venidero y que ha de existir, aquel que nos convierte en monstruos felices de poder reproducir. Empero, sin efecto alguno me encuentro por el astuto truhán malhechor que conquista su imperio tras las rejas de aquel sitio, al congojo del dulce sabor.

Así me encuentro, palpitante y frenético, en aquel recinto no lejos del año 2000, del día 1552, del mes de quién sabe qué. Atrapado bajo el manto lúgubre de las paredes del recinto, con hedor pútrido y monstruos sin control de la razón y la moral. Bestias despiadadas que ayunan su ignorancia. ¡Oh! ¡Pobre de aquellas! Quienes no puedan beber el antídoto del brebaje, corrompidos fueron por su dulce sabor.

Quizá algún día logre escapar de aquel lugar, de ese sitio inmoral, que manipula mis ideas y no me deja avanzar. Aquel, culmine de mi creatividad, de mi fiera voluntad y mi única forma de ser humano: la libertad. Porque si de algo existe certeza, es que, en la vaga y  vana rutina no se encuentra mi humanidad.

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