Ya era hora de volver al lugar del que nunca debimos alejarnos. Ya era hora de llegar a la orilla de la que partimos, soñando con encontrar otros cielos, otros ojos, otras manos. Era ya la hora de volver a mirar con esperanza hacia aquel horizonte que ardía en amaneceres y quedaba mudo al ocaso, durmiendo los pesares, enterrando lágrimas entre los posos de un café. Mirándose al espejo la herida ya no era. Bonita cicatriz, digna de un tiempo de cenizas, reflejando entre sus sombras la luz del madero que ardía para dar calor a la vida, buscando un corazón en el que dejar huella.



Deja un comentario