Cuento Mireia Clavero (España)

Norma

El día en que sus padres concibieron a Norma se colaba desde el piso de abajo la música de su abuelo. La Callas retumbaba en las paredes y arañaba sus pieles. Casta Diva hizo saltar lágrimas a su madre y su padre memorizó la melodía. Aquella ópera de Bellini era la favorita del abuelo. La escuchaba todos los días al volver del trabajo. Se sentaba en su sofá de piel marrón, el que todavía se sigue usando, y fumaba despacio de su pipa mientras escuchaba a la griega.

La casa enmudecía para escuchar la ópera durante una hora. Su madre aprendió eso desde niña. Le contó que durante esa hora, en la que el mundo se paraba, bailaba por las escaleras, imitaba a la soprano frente al espejo o hacía su representación con muñecos. Cuando creció y se enamoró recordó esos sesenta minutos en los que se masticaba belleza en el aire e instituyó esa hora como el tiempo para amarse. Subían despacio las escaleras y con los primeros acordes comenzaban a besarse en el pasillo. En la suave melodía al principio se desvestían con cuidado. La flauta dirigía sus brazos; los violines sus pasos hacia la cama, vigilada todavía por osos de peluche y revistas de moda. Cuando María comenzaba a cantar se dejaban morir, ahogando los gritos en la voz trágica.

Durante meses, durante años, subían a la misma hora amándose bajo la protección de la historia de las Galias. Pasaban el día tarareando esa música deliciosa en su cabeza y crecieron amando la ópera y venerando a Bellini. Su madre cambió los osos de peluche por una imagen de la santa Callas y decidió ingresar en el conservatorio profesional, tal y cómo su familia deseaba, para poder reproducir aquella pieza que la hacía morir. Su padre se dejó los dedos en las cuerdas del violín. Cuando se encontraban en los pasillos de la escuela, donde de cada puerta salía una melodía diferente, se decían cualquier verso que les hacía sentir un escalofrío.

Ella le curó las heridas de las cuerdas. Él la escuchó ensayar hasta caer. Y sabían que tenían aquella hora que el mundo les regalaba. Cada nota, un dedo bajando por la piel. Cada palabra, un gemido que acallar. Mientras el abuelo, en el piso de abajo, fumaba despacio de su pipa escuchando la historia de Norma con la voz de su amada María.

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