Cuentos/Relatos Paul Martin (España)

¿A qué huele la cocaína?

Se había metido tanto ya por la nariz a lo largo de su vida que la incipiente calva de su coronilla olía a cocaína.

¿A qué huele la cocaína?

A coronilla. Creo que es algo evidente.

El polvo traza un vector muy preciso cuando se aspira por la nariz. El ángulo de entrada conlleva, necesariamente, un destino único y final. Atravesando el conducto nasal hasta su parte posterior, y luego el cerebro desde su base frontal, en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados, se desplaza hasta la parte superior occipital. La misma cúspide del órgano que rige nuestros instintos y razones, traspasando su aroma el cráneo y perfumando la piel y el cabello con su olor para siempre.

El punto de salida señalado por dicho vector es indefectiblemente lo que coloquialmente conocemos por coronilla. Si quieres saber a qué huele la cocaína has de olfatear ese punto en un consumidor.

Así me encontraba yo; oliendo la coronilla de aquel cuerpo tendido sobre el suelo. Un olor nítido, pero no intenso.

Había diecisiete rayas perfectamente extendidas sobre la mesa y un turulo clásico hecho con un billete de 10 euros enrollado cuidadosamente. Junto a todo esto, la necesaria tarjeta de crédito, en este caso una prémium platino; un bolsa de polvo; algunas pastillas; un encendedor; un paquete de tabaco; una botella de buena ginebra a medias; un vaso con un dedo de agua y un sobre blanco.

El turulo es un elemento indispensable para esnifar cada vector de la forma apropiada. Generalmente se hace enrollando un billete y los de diez euros tienen la consistencia perfecta.

Dicen que la cocaína es cosa de gente pudiente. Seguramente por eso se hacen los turulos con billetes, porque aun después de comprar unos gramos todavía queda dinero en los bolsillos. No pasa igual con otras drogas. Si un heroinómano necesitase un billete para aplicarse la dosis seguramente se acababa con la adicción.

No deja de resultar curioso que apenas nadie sepa decirte a qué huele la cocaína cuando casi todo el mundo se la mete por la nariz. Supongo que habría de preguntárselo a un perro policía para saber a qué huele. Su capacidad de detectarla mediante el olfato es la prueba más evidente de que tiene olor y, sin embargo, cuando he hecho esta pregunta a cualquiera de los que consumen habitualmente ninguno ha sido capaz de contestármela.

Diecisiete rayas y un turulo. Curioso nombre el del cilindro aspirador este. Cuando uno busca su significado en el diccionario encuentra una primera entrada en la que se dice que es un adjetivo que proviene de El Salvador utilizado para referirse a una persona tonta. Una segunda acepción, esta vez de origen nicaragüense, hace referencia a una cosa o un objeto inanimado.

En el caso que nos ocupa podríamos decir que teníamos por tanto tres turulos. Por un lado, el cilindro enrollado con un billete y preparado para ser utilizado para esnifar, que se corresponde a una forma de argot del mundillo utilizada en España y que no ha recogido todavía la RAE, y, por otro lado, el cuerpo tendido sobre el suelo e inanimado, esta vez turulo en el significado nicaragüense, de alguien que bien pudiera ser calificado, al estilo del más puro ajuste a la acepción de turulo salvadoreña, como un tonto en toda regla.

Solo en las películas el detective se moja el dedo meñique con saliva, lo impregna con un poco de la cocaína hallada en la escena del crimen y lo saborea para determinar su pureza. Lo cierto es que en la vida real no hacen esas cosas. Las pruebas se recogen y se mandan las muestras para ser analizadas. En todo caso se utiliza un bastoncillo que se introduce en un líquido de contraste y si se torna azul el algodón, sabemos que se trata del polvo blanco.

Sin embargo, yo sí sabía que ese polvo era prácticamente puro y que su efecto podía ser similar al de la coz de un caballo, sobre todo si se unía a la ginebra que se encontraban sobre la mesa.

De un primer vistazo, y sin conocer el contenido del pequeño sobre blanco, pero adivinando de lo que podía tratarse, todo parecía estar dispuesto para un intento de suicidio por sobredosis.

El despacho en domingo por la tarde, las cortinas echadas, un impecable traje y la disposición casi ritual de todos los elementos no dejaban lugar a duda de la existencia de una idea perfectamente preconcebida. De una escena preparada con el mayor rigor y premeditación para reflejar la angustia, el dolor y el arrepentimiento de alguien que toma esa decisión para redimirse de algo con ella.

El edificio, totalmente vacío, era parte importante de ese escenario. La elección de la cocaína como arma en un suicidio no es de las más acertada precisamente. Los efectos orgánicos de una sobredosis son bastante impredecibles, ya que fundamentalmente se manifiestan en alteraciones más o menos agresivas sobre el sistema cardiovascular y el sistema nervioso central que difícilmente producen, por sí mismas, un resultado de muerte. Menos si se provoca una alarma y se consigue una atención precoz, cosa que un domingo por la tarde en un edificio de oficinas era poco probable.

Es cierto que puede producir la muerte súbita por infarto, hipertensión, choque hipotenso y otras importantes alteraciones, pero el resultado mortal no está tan garantizado como con otras sustancias, a menos que se combine con otro tipo de elementos y existan problemas crónicos cardiovasculares.

Aun así, la elección de la cocaína no dejaría de parecer la de un auténtico turulo, en la acepción salvadoreña, pues de tener estos objetivos hay sustancias mucho más expeditivas e infalibles.

Esto me indicaba claramente el carácter de aquél cuerpo inerte cuando tenía vida. No en vano, al suicidio con cocaína se le conoce como el suicidio del cobarde. Esta sustancia tiene la cualidad de producir un estado de euforia y desinhibición capaz de hacer que la persona más pusilánime se meta en una espiral ascendente que le lleve a perseguir su fin irreflexivamente.

El cuerpo yacía boca abajo. Presentaba un ligero hematoma en el pómulo izquierdo que no había llegado a madurar y apenas se mostraba como una rojez. Sin duda se había producido al caer muerto, pues de haberlo hecho antes, el riego sanguíneo le hubiese hecho adquirir un color más vivo o incluso amarillento o violáceo. No parecía que el golpe hubiese podido provocar su muerte ni había otras señales de violencia.

Ya había visto todo lo que tenía que ver. Cerré mi libreta de notas, me incorporé, le di las gracias al inspector y me despedí dejando unos billetes en la palma de su mano al estrecharla. Era lo acostumbrado y lo que llevaba manteniendo mi columna en el periódico veinte años.

Abandoné el edificio con las manos en los bolsillos y pensativo. La investigación policial sería sencilla. La de rigor en los casos en que se encuentra un cadáver fuera de su domicilio y en unas circunstancias poco habituales. El informe oficial llegaría en unos días concluyendo, tras la autopsia, en la muerte natural por infarto agudo de miocardio de uno de los mejores y más reputados abogados de la ciudad.

En definitiva, ni el hecho de la existencia de una carta manifestando su intención de poner fin a su vida ni las perfectas rayas tendidas sobre la mesa ni el alcohol tenían ninguna importancia en el caso.

El fallecido lo había preparado todo y, casualmente, un infarto le sobrevino antes de poder llevar a cabo su plan. Probablemente, en algún movimiento o al dejarse caer al suelo se había golpeado el pómulo.

Yo no necesitaba autopsia. Su brazo izquierdo, sujetando fuertemente el derecho por debajo de su cuerpo, dejaba una señal inequívoca de la causa física de la muerte. Mi crónica se limitaría a una descripción de la escena y a señalar que el reputado abogado Luis Oliver, había sido hallado muerto en su despacho del edificio Rosa Lima, en el centro de negocios de la ciudad. Especificaría, así mismo, que la muerte habría sobrevenido por causas naturales, al sufrir un infarto de miocardio y encontrarse solo.

La policía habría encontrado el cadáver tras la llamada del encargado de mantenimiento que lo descubrió casualmente y, aunque en el escenario se encontraron diversos elementos que hacían pensar en su intención de suicidarse en ese mismo día, no hubo posibilidad, pues le sobrevino antes el infarto. A nadie le hubiese importado que yo les hiciese reparar en las dos pequeñas marcas en forma de herradura tras el sofá y por eso mismo guardé silencio.

Salí del edificio despacio. Mientras caminaba hacia el periódico las circunstancias que rodeaban uno de mis últimos artículos de contenido se entremezclaban inevitablemente con las presentes.

Yolanda Oliver Negrín había muerto hacía pocos días contando tan solo diecisiete años. Volvía en un vuelo desde el Caribe y a mitad de camino se encontró indispuesta. Cuando llegó al aeropuerto poco se podía hacer ya. Las bolsas de cocaína introducidas en su cuerpo como body packer se habían abierto y la dosis absorbida por el organismo era letal. Todo se había precipitado por una importante obstrucción intestinal provocada por las propias bolsas que derivó en una fuerte peritonitis. Durante más de seis horas, sobre el océano, las azafatas y personal de vuelo habían intentado inútilmente calmar las terribles contracciones, vómitos, dolores y convulsiones de la niña.

Pocos días después de su funeral conseguí entrevistarme con su madre, Sandra Negrín. Le había explicado que mi objetivo era documentarme sobre el caso de su hija para redactar un artículo de fondo sobre el viaje de las mulas. Por supuesto sería algo totalmente anónimo.

A pesar del indudable dolor que marcaba su rostro su belleza impresionaba. Sandra era la ex mujer del ahora difunto Luis Oliver y fruto de su matrimonio había nacido Yolanda hacía 17 años.

Retrocediendo desde sus cuarenta años cumplidos pude imaginar los veintitrés que tendría cuando conoció a Luis, aunque sin ninguna duda me quedaría con su belleza madura y esa elegancia actual que hacía de sus tacones de aguja una perfecta prolongación de su tobillo.

Sandra pertenecía a una de las mejores familias de la sociedad de la ciudad. Había conocido a Luis en una fiesta cuando este era ya un abogado de reputación Él tenía entonces sus cuarenta y dos años y era un hombre sumamente atractivo, cuidado y elegante.

Tardaría siete años en descubrir cuáles eran las actividades paralelas de su marido. Como suele suceder fue solo la casualidad o un descuido. Dos maletines en el vestíbulo que al ir a salir hacia el colegio Yolanda empujó accidentalmente. Al caer uno de ellos al suelo se abrió dejando ver un contenido integrado plenamente por billetes de 200 euros y un pequeño libro de notas. Luis estaba en la ducha. Sandra recogió todo apresuradamente y cerró el maletín, no sin antes tomar algunas fotos del mismo y de las páginas iniciales y finales del librillo.

Tras dejar a la niña en el colegio se dirigió a una cafetería y se puso a estudiar detenidamente las fotografías tomadas. Por el contenido de las páginas pudo conocer las otras actividades de Luis. Allí figuraban transacciones, nombres y todo tipo de referencias a grandes movimientos de cocaína y la constante alusión a una organización denominada Los Claveles de la que el abogado parecía ser el máximo responsable.

Aquella noche discutió fuertemente con él sobre este engaño mantenido y las implicaciones que podía tener para ella y su hija. Él no tuvo problemas en quitarse el disfraz y manifestarse como el capo que era, conocido como el Dom y responsable de más del setenta por ciento de la entrada de droga en el país. Sandra zanjó la situación de forma expeditiva con un divorcio. Las cosas se hacían así en su familia y nunca se miraba atrás.

Inevitablemente había una hija en común. Si algo le había quedado claro es que si ponía tras la pista de Luis a cualquiera, pondría en grave riesgo su propia vida e incluso la de su hija.

Fueron diez años de tensiones. La niña pasó por esa edad rebelde que le hacía huir del rigor del progenitor que tenía la responsabilidad de conducirla para buscar el refugio en su padre, plenamente consentidor y en cuyo ámbito privado no se escondían las aficiones de todos cuantos le rodeaban.

Fue en una de sus fiestas, en la casa del campo, donde Yolanda conoció lo que era una mula, una body packer como se estilaba nombrar ahora a los correos. Parecía una actividad sencilla y sin riesgos. De los estudiantes de buena familia apenas si se sospechaba. Menos si tienes 17 años y aparentas ser una niña. La cuestión era sencilla. Viajar, pasar unos días de turismo, introducirse las bolsas y vuelo de vuelta. El dinero le parecía estupendo para pagarse esas cosas de las que no quería dar explicación a sus padres o necesitar permiso. Nadie le habló de los riesgos.

Sandra me indicó, más que pedirme, que nada de la historia o actividades del padre fuera publicado; que aún tenía que resolver unos asuntos importantes; que su vida seguía en riesgo y que llegado el momento me haría saber claramente cuándo publicarlo.

Me senté al escritorio. Mis dedos se apoyaban en las teclas esperando una orden de inicio. Cerré los ojos y vi a Sandra claramente en el despacho del abogado embutida en un elegante vestido negro con falda de tubo.

Sentado en el sofá, frente a la mesa baja con las 17 rayas, el turulo y todos los demás aditamentos, se sentaba Luis dándole la espalda. La automática que sostenía Sandra en su mano izquierda apuntaba directamente a la nuca del padre de Yolanda mientras su sólida voz impelía enérgicamente al abogado a comenzar a esnifar.

Sandra había elegido aquel método para el suicidio del padre de su hija, y responsable de su muerte, en la esperanza de que las convulsiones y sufrimientos se semejasen mínimamente a los de su niña. También sabía que esto construía una historia coherente. El padre que se suicida, roto por el dolor, con el mismo arma que mató a su hija para compartir su destino. La nota de suicidio había sido redactada cuidadosamente en el mismo sentido.

Adamás, Sandra conocía los problemas de corazón de su ex marido y, lo que era más importante, sabía de su carácter sumamente cobarde frente a temas como el dolor y la muerte. Las 17 rayas, una por cada año de su hija, irían progresivamente haciendo perder ese miedo y la consciencia a Luis y ella podría disfrutar de su agonía largo tiempo, incitándole y persuadiéndole, incluso ya zalamera, a seguir metiéndose el veneno por la nariz.

La tensión de Luis se había hecho cada vez más insoportable con su mujer apuntándole persistentemente a la nuca y sin dejar de empujarle a esnifar la primera raya. Ni siquiera unos tragos de ginebra le habían infundido el valor para hacerlo y el hielo se derretía ya en el vaso mientras las gotas de sudor resbalaban por su frente.

Por fin sacó el valor para incorporarse y girarse en un intento de enfrentarse a su ex mujer y, rodeando rápidamente el sillón, trató de avalanzarse sobre ella.

Nunca llegaría a saber si sintió primero el agudo y profundo dolor en su brazo derecho o el culatazo de la pistola en su pómulo izquierdo. Cayó al suelo desplomado, ahogado, pero no inconsciente. Trataba de pedir ayuda a Sandra apenas balbuceando. Ella se agachó y solo le clavó la mirada fijamente en sus ojos todo el tiempo que duró la agonía hasta que su consciencia se perdió definitivamente con el último recuerdo de la sonrisa de su mujer grabado en su memoria.

Salió por la puerta y abandonó el edificio dejando solo dos huellas de tacón muy juntas sobre la moqueta marcadas en el lugar en que había permanecido en pie tanto tiempo, embutida en su impecable vestido con la estrecha falda de tubo, apuntando a la nuca de su ex marido. Las cosas en su familia se hacían así.

Abrí los ojos y repasé la pequeña nota en la tarjeta que había encontrado sobre mi escritorio.

“La cocaína huele a sal de lágrimas. Sandra”

Comencé a escribir mi crónica.

«Muere en su despacho el reputado abogado Luis Oliver, también capo principal del Clan de los Claveles.

Su muerte, aunque se atribuye claramente a causas naturales, no deja de estar rodeada de elementos que indican su intención de suicidarse por la reciente muerte de su hija de tan solo 17 años de edad, precisamente al hacer de mula en un envío de drogas desde el Caribe.

Nuestras fuentes confirman, sin lugar a duda, la jefatura por parte del abogado del conocido Clan de los Claveles, responsable de la entrada en nuestro país de más del 70 % de la cocaína procedente de los cárteles colombianos y mexicanos.

Parece que no llevó a cabo el suicidio al sobrevenirle un infarto de miocardio que acabó con su vida de forma fulminante.

Las 17 rayas que tenía preparadas inundaban el despacho de un persistente olor a cocaína, mientras…»

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