Cuento Diego Valbuena (Colombia)

La quietud del caos

LC siempre dudó de sí misma. De niña se consideraba la más fea y la peor vestida. De adolescente se consideraba más marginal que todas sus compañeras que no se quedaban atrás en esa lucha por el lugar privilegiado que las pondría en el radar de los chicos interesantes. Esa marginalidad le trajo frutos a LC. Antes de terminar el colegio se enganchó con el Problemático y ese último año muy poco la vieron por el salón de clases. Al principio fue una relación intensa, de besos y manoseo en la calle hasta que ella aceptó ir a la casa del Problemático y allí probar por primera vez las mieles del sexo. Fue un encuentro desabrido y mecánico. No podía ser de otra manera, o al menos ella estaba esperando que fuera como lo describían sus compañeras. Pero nada más lejano de esa realidad. Un par de empujones y semen en las manos. LC esperaba que con el paso de los encuentros su amante se hiciera todo un experto en las labores del placer, hasta que descubrió que para ello necesitaba de otros cuerpos como el suyo. Gritos, peleas, insultos. Dijeron que hasta ahí las cosas. Pero no fue así.

Nada más ingresar a la universidad y empezó a salir con dos chicos a la vez. Uno, el Abandonado, el que se sienta en la esquina de atrás y siempre habla despectivamente. Mechudo, flaco, harapiento. El otro, el Ñoño. Era el más joven del salón, siempre puntual, impecable y muy hacendoso con las labores académicas. Del Abandonado obtuvo el placer que su noviecito colegial no le dio, mientras que el Ñoño le proporcionaba la atención que tanto necesitó en su adolescencia. En cada cambio de clase LC lo agarraba y le contaba todas sus experiencias, encuentros, anhelos y deseos sexuales muy gráficos y él, nada más se acomodaba sus gafas y le decía que tal vez necesitaba un mejor hombre. LC se reía, le palmeaba la espalda y beso a la mejilla.

Fue en tercer semestre que LC se fijó por primera vez en lo que realmente le interesaba. Impartía la materia de literatura universal. Siempre estaba muy bien arreglado sin caer en el lugar común del traje y la corbata. Se le asomaban algunas canas en el cabello. Casado y con dos hijos. Ese semestre no le dirigió ni la mirada al Abandonado y le decía al Ñoño que almorzaran juntos, que estudiaran juntos, que se hicieran en primera fila en lo que para ella fue su mejor materia de toda la carrera. El Ñoño no sabía que estaba cayendo en una trampa no planeada para él. Su inexperiencia la pagó cuando, en una de las tardes de mucho estudio en la biblioteca, se llenó de valor y, teniendo tan cerca el cuerpo delgado y estilizado de LC, le dio un beso en la boca. Ella lo empujó, lo miró con rabia, se calmó y le explicó que ella no había sido del todo clara con él. Le habló del Profesor, del Abandonado, incluso sacó a relucir al Problemático, que recientemente había vuelto por su casa y habían tenido un mejor sexo, pero todavía algo desabrido. El Ñoño no quería aceptar su lugar de dragoneante en esa escala de mando erótica. Pero LC, evitando ser directa porque sabría que él la rechazaría para estudiar después, le dijo que podían intentar mejor otra forma de relación sin llamarla así. Le devolvió el beso pero le insistió rotundamente que no le gustaban esas exhibiciones en público.

Después de clase, LC se iba con el Profesor, ella contándole sus reflexiones sobre el canon y la posibilidad de leer cuentistas norteamericanos, que casi siempre quedaban por fuera de las selecciones de otros docentes, mientras que él la tomaba por la cintura y le decía que hoy su apartamento estaba solo. LC se sonrojaba pero nunca rechazó esos gestos de parte de él. Lo que más le excitaba a LC de aquel profesor era su intento de ser vigoroso, creativo, incluso de intentar enseñarle placeres nuevos en materia de su propio cuerpo. Pero LC ya había aprendido mucho más en sus jornadas con el Abandonado. Podía ser básico en su manera de pensar, pero muy aplicado cuando de porno y práctica se trataban. Ella se tocaba los senos con fuerza, pasaba sus manos por su cuerpo casi huesudo, se agarraba las nalgas pequeñas y las separaba, esperando un nuevo acto explicativo por parte del Profesor. Nunca pasaba. Antes de una hora él ya estaba fláccido, fumándose un cigarrillo y ella le decía que quería otro poco pero él no reaccionaba. LC terminó la materia con la nota más alta. El Ñoño dejó de hablarle. No volvió a leer ningún mensaje del Profesor. Había vuelto con el Problemático.

Aunque habían estado más tiempo separados que juntos, lo compartido entre ellos superaba todo el tiempo acumulado con la totalidad de sus amantes furtivos, que hasta ahí no eran pocos. No era el mejor amante, eso lo sabía desde adolescente y no había cambiado mucho, pero siempre estaba para ella, o al menos eso decía él, aunque nunca le contestara cuando estaba de faena con alguna otra. Eso sacaba de quicio a LC y le hacía reclamos acalorados y dejaban de verse por semanas, incluso meses, pero después de cada una de sus aventuras por otros cuerpos, volvía a él con arrepentimiento y le decía que lo amaba. A nadie más le había dicho tales palabras. El Problemático, después de aquella confesión, se la llevaba para su casa y dejaban de salir por una semana o más. Convivían como una pareja recién casada. Al cabo de diez o doce días, LC regresaba a su hogar diciéndole que no quería saber nada más de él.

Los siguientes cuerpos que aceptó LC durante la universidad pasaron sin pena ni gloria. Eran excusas para mantenerse distraída, para beber y drogarse, para tener sexo desprolijo y de afán y nada más. Ella sabía que había gente que decía cosas de ella a sus espaldas, pero nunca le interesó saber qué era lo que decían.

Fue en su primer trabajo, ella me contó, que fue cuando la conocí, Doctor. Usted sabe que mi atracción por las mujeres flacas es una cosa casi enfermiza. No me las encuentro con frecuencia y mucho menos me dirigen la palabra con tanto convencimiento como ella. Esa vez yo estaba ahí en la charla sobre literatura y prejuicios morales y al final, después de un cruce de miradas confusas, me preguntó si nos habíamos visto antes. Me dio a entender que estudiamos en el mismo lugar pero yo, la verdad, Doctor, no la recordaba. ¿Que por qué terminé saliendo con ella? Porque le he contado esta historia al revés. Después de un par de meses donde ella estuvo atenta, solícita y hasta demostraba cierto gusto sexual por mí, se fue una semana y cuando apareció de nuevo me contó del Problemático. Que lo seguía amando a pesar de no verlo desde principio de año, que solo en él confiaba plenamente sus emociones. Ahí descubrí, Doctor, que hasta ese punto ella me decía gracias cada vez que yo le decía que la quería o que me gustaba. ¿Se acuerda? Eso me pasó también con E y un poco antes con RV. Y vea que si lo pienso detenidamente, se parece bastante a E, con diez centímetros de más en estatura.

No, Doctor. Le dije que me sentía decepcionado por su comodidad emocional, que eso de volver siempre con un tipo que ni siquiera le para bolas pero que siempre le abre la puerta cuando de soledades se trata era muy pernicioso, y eso hace a las personas débiles. Me fui lanza en ristre, Doctor, pero ella ha practicado mucho con la daga de la indiferencia, entonces al final cambiaba de tema o no me respondía nada. ¿Y, ahora? Ahora nada, Doctor. Quedé en una laguna fangosa, de esas que agarra de los pies y sumerge hasta el cuello y el agua mezclada con barro empieza a llenarle la boca y siente cómo se le mete a los pulmones. Así estoy.

Aunque no le he contado de MT.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: