Bucur Mironescu (España) Cuento

Escúchame

Llovía. Era una lluvia amable, tranquila, que acariciaba los rincones de piel descubierta entre las piezas de ropa. Empapaba gentilmente, sin pesar. Su acompasada melodía repicada contra los adoquines relajaba a las mentes atribuladas. No existía razón en el mundo que pudiera haberle impedido salir a la calle en una noche como aquella. Bueno. Quizá ella. Pero ella hubiera escapado al exterior con él.

La acera estaba casi a oscuras. Aun así, se sentía seguro bajo aquella cortina de lágrimas. De tanto en tanto encontraba alguna elevada luz de una farola valiente, pero rápidamente se ahogaba sin poder iluminar más que unos metros a su alrededor. Ni un alma deambulaba por su pequeño barrio aquella madrugada, optando mejor por refugiarse en su casa y cediéndole el turno de la palabra al sosegado temporal, aunque los tímidos pasos del aventurero funcionaban como un contrapunto allí donde decidieran apoyarse. No sabía dónde iba; aquella noche, su instinto conocía mejor que su mente el destino correcto.

De momento caminaba al lado del río, separado de él por un pequeño muro vallado algo elevado; pero aun así se podía apreciar el murmullo de su voz, revivido, una vez más, por la lluvia. Eran palabras ininteligibles para él: quizás estaban reservadas a los espíritus de la naturaleza o, por el contrario, tan solo eran la diatriba típica de aquello que ha vivido ya demasiados años y nadie comprende. Aunque fuera por razones distintas, él también se sentía así, incomprendido, y sintió que alguien lo acompañaba al menos en aquel sendero de desconcierto.

Cuando decidió que ya había caminado lo suficiente, se paró a sentarse en un humilde parque decorado por abetos, que estaban acicalando sus hojas oscuras con unas cuantas gotas. No había otra escena para contemplar más que ésta y a los altos bloques de pisos que se elevaban silenciosos los unos junto a los otros. Tampoco es que fuera aquello demasiado importante, pues se conocía su ciudad al dedillo y, excepto por algunas placenteras casualidades, su paisaje urbano se mantenía igual. No, no había salido a contemplar, sino a escuchar y a ser escuchado. Porque sí uno tenía suficiente paciencia con la lluvia, ésta lo agradecía; y si, además, uno tenía algo interesante que decir, la lluvia lo escuchaba atentamente.

Él no sabía si lo que guardaba en su corazón era digno de tales oídos, pero valía la pena intentarlo, ya que no tenía nadie de quien recibir consuelo aquella noche. Además, la lluvia no necesitaba palabras. Ella era capaz de interpretar correctamente esa mirada cabizbaja, esos hombros caídos, ese cansancio que se empolvaba en la ropa, invisible, y esos dedos que tamborileaban nerviosos los unos contra los otros. Sí, adivinó el temor que se ocultaba en el hombre a través de esas señales, e interpretó cómo aquella última decepción amenazaba con arrancar los acordes de aquel amor para no devolvérselos jamás. Él temía no volver a amar de aquella forma, que tantas veces había nacido en él de improvisto, pero que con tantas espinas se había ido envenenando. Punzada a punzada, aquel globo se iba quedando sin aire, y no sabía a quién recurrir. La lluvia lo escuchó atentamente, experta como es en derramar lágrimas saladas, mas no le pudo ofrecer nada más que el abrazo del manto mojado de su tristeza.

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