Cuento Diego Valbuena (Colombia)

Roxanne

Apenas entró al billar la reconocí después de tanto tiempo, pero a la vez se veía bastante distinta de la que recordaba. Su cabello negro abundante se le veía un poco apagado como si ese día no se lo hubiera lavado, y nunca la había visto usar leggins. Tenía ese aspecto de chica rockera ochentera, a pesar de haber nacido a finales de los noventa. La nostalgia de lo no vivido que siempre nos embriaga. Miró varias veces su celular, con gafas y sin ellas y terminó por marcarle a L. Nunca me imaginé que su vista fuera mala o su atención, dispersa. Le hice gestos con la mano desde el mezanine del segundo nivel y ahí me reconoció.

Saludó a L con efusividad, creo que no se veían desde hace casi un año. Yo no recuerdo hace cuánto la veía, seguramente más de dos años pero nunca llevo ese tipo de medidas. Realmente ninguna. Me abrazó colgándose de mis hombros y algo que no había cambiado en todo este tiempo fue su olor. Sonrió mucho y vi en sus ojos el rastro de la bebida. No le dije nada. Estábamos jugando pool y ella se animó a iniciar una nueva partida, todos contra todos. Mientras L tacaba, Roxanne nos fue contando de sus andanzas de los últimos meses. Se fue de la ciudad sola, sin su novio con quien llevaba ya bastante tiempo. L le preguntó y ella simplemente nos dijo: infidelidad. A veces me cuesta pensar en Roxanne como una persona de moralidad tan recta, de una mirada de las relaciones tan normativizada, si casi siempre la recuerdo en las farras más desordenadas y a punto de hacer parte de esas orgías de poetas que se suceden con cierta frecuencia en la casa de alguno o incluso terminar todos metidos en alguna residencia de Chapinero. Cuando pronunció la palabra denotó un genuino gesto de tristeza que perdió rápidamente para contarnos de sus labores filantrópicas en pueblos de este país donde no llega ni el agua ni la justicia. Su poesía se ha convertido en un acto de llevar palabras a quienes necesitan decir mucho pero no saben cómo. Es un gran gesto de parte suyo. De un bolsillo de su chaqueta sacó una licorera preciosa, perfectamente pulida y con un incrustado como una especie de heráldica de una familia de bebedores, pensé. L preguntó qué era pero Roxanne le dijo imperiosa que bebiera. Hizo pocas caras entonces supuse que no era un trago pesado. Me la pasó a mí, bebí un trago corto y me supo a brevas o a una fruta así dulce y empalagosa. Le pregunté qué era y me dijo brandy. Le conté que llevaba veinticinco años sin tomar brandy desde mis últimas borracheras en Normandía junto al Mono. Roxanne se burló, nuevamente, de mi manejo del tiempo.

−Usted siempre hablando de décadas con cada cosa que se acuerda.

−Es inevitable. Ya soy viejo.

Realmente el encuentro tenía otro fin. Después de media hora o más de estar tacando y riéndonos como si fuera ayer la última vez que nos vimos, Roxanne le dijo a L que estaba enamorada y por amor se iba del país. L le pidió detalles y Roxanne se puso entre tímida y remilgosa para darnos idea de cuál era la situación. L, suspicaz como es, le dijo a ella que ya suponía que trataba sobre irse. Yo afirmé con la cabeza. Me quedé pensando un instante y me animé a aventurar un nombre.

−Te vas con el poeta F, ¿verdad?

−¿Usted cómo sabe eso?

−Con muy poco, la gente dice mucho de sí misma en las redes sociales.

−¿Acaso qué vio de mí?

−No fue lo que vi sino lo que intuí. Esa foto de ustedes dos, sonriendo, nunca habías puesto algo así.

−Ush, usted es un brujo.

−No, soy un stalker.

Terminamos el chico de pool y nos fuimos a una tienda cercana a tomarnos unas polas más. Allá L le siguió preguntando por más detalles. Cómo habían surgido las cosas, cómo se fueron dando, pero sobre todo quería saber qué era lo que ella quería obtener de todo eso. L siempre ha visto a Roxanne como una hermana pequeña un tanto loca y desprotegida por quien debe preocuparse para que no le pasen las muchas cosas malas que puede generar el mundo o una ciudad como esta. Nos contó de sus planes en conjunto con el poeta y mientras la escuchaba me quedé mirando sus gestos. Se le veía seria, segura, casi que distante con nosotros, tal vez por la intención de cuestionar sus decisiones ya tomadas. Cada tanto se agarraba el cabello con las dos manos y hacía que se lo iba a amarrar con algo pero no tenía cauchos en ninguna de las muñecas. En esa indagatoria estuvo L hasta que llegó A, su entrañable amiga de toda la vida. En el resto de noche fue Roxanne el eje de toda la charla y la discusión.

Hacia las once, L dijo que se iba con A a bailar, que es un plan que siempre disfrutan juntas. Se despidieron y me quedé con Roxanne. Hace mucho no bebía y el licor me tenía un tanto adormecido. Ella se veía entera. Le pregunté si quería que nos tomáramos unas polas más y ella me dijo que no tenía un peso.

−Eso no fue lo que te pregunté.

−Usted sabe que no me gusta irme de goterera.

−No creo que lo hayas sido.

−Le falta conocerme.

Caminamos un par de cuadras hacia el sur y nos metimos en otra tienda en la que ya había poca clientela pero se notaba que estaban animados para seguirla hasta la hora del cierre. Antes de entrar sacó de nuevo la licorera y me dijo que terminara lo que hubiera. Salió muy poco brandy. Estaba delicioso. Adentro del lugar estaba sonando vallenato a mucho volumen entonces nos acercamos un poco más para poder conversar.

−¿Qué es lo que no sé de ti?

−Ah, tendría que hacer las preguntas correctas para averiguar lo que quiera saber.

−Llegaste con acento paisa.

−Usted sabe que esas cosas se nos pegan fácilmente.

−Dime, ¿realmente por qué te vas?

−Por amor. ¿No se me nota?

−No sé si el amor es algo que se note físicamente, pero siento que te vas por algo más que un sentimiento.

−¿Cuál es su hipótesis?

−Te vas huyendo del dolor de una relación larga echada por la borda y con la promesa de un poeta que te ha construido un imperio de palabras.

Nunca me han caído bien los poetas. Conozco muchos y todos son embaucadores con sus palabras. Solamente a uno de ellos le compré sus poemarios autoeditados. El resto son una gavilla de facinerosos que confunden con elocuencia y barroquismo, a la espera de atrapar sardinas que se dejen empacar al vacío. ¿Será que es lo que quiero obtener en este momento? Le dije que el poeta F es un tipo maduro. Le dio risa por el uso de esa palabra ya que bien se puede aplicar en mí. Me demoré dos polas completas exponiendo mi idea acerca de cómo el poeta F puede estar buscando más un provecho personal que construir algo mancomunado con ella. Vi que su mirada se apagó y tomó varios sorbos sin decirme nada. Nunca tengo en claro cuándo debo detenerme. Le tomé de la mano y le dije que confiara en su sabiduría y en su escritura. Estaba muy fría. Me sorprendió la suavidad de esa mano que estaba ahí, puesta sobre la mesa, como sin vida. La solté como rehuyendo y le insistí en que si no sabe reconocer sus cualidades los demás le sabrán sacar provecho para sus beneficios propios. ¿Será que es lo que quiero? Miré hacia los lados y la mesa donde estaban bebiendo tres tipos muy flacos y muy tatuados y una chica de chamarra de cuero y botas punteras ya no estaban. El que nos estaba alcanzando las polas nos dijo que nos traía la última ronda y no más. Bebimos lo que nos quedaba hablando de música y de libros.

Salimos a la avenida y descubrí las calles más vacías de lo que supuse. Roxanne me tomó de gancho y me dijo algo que no le entendí. Busqué su mirada y le dije que si se iba conmigo para mi apartamento. Sonrió como siempre, con esa mezcla de ingenuidad y picardía y me dijo que esta vez no. ¿Habrá nueva oportunidad? Le dije que lo más seguro es que no nos volvamos a ver. Ella me miró fijamente, tomó mi rostro con una de sus manos frías y me dijo que nos volveremos a ver. No entendí de dónde tanta certeza si aún no se ha ido. Los viajes y las distancias son actos que nos transforman, le dije. Sacó su licorera y me la pasó. Cuando regrese la llenamos de nuevo con brandy para usted y para mí. Me besó furtivamente y se subió al primer taxi que paró. Me quedé mirando el grabado que tenía, que realmente era un altorrelieve de un casco de un caballero medieval.

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