Bucur Mironescu (España) Cuento

Aferrado a lo imposible

Me levanté sobresaltado, con el corazón latiéndome desbocado y un sudor frío empapándome la frente. Miré a mi alrededor, desconcertado. Por un momento no reconocí aquella habitación desordenada, llena de ropa tirada, platos sucios y polvo acumulándose en la mayoría de los muebles. Pero no tardé mucho en saber dónde me encontraba. Era mi dormitorio.

Observé mis manos mientras esperaba que mi respiración se calmara, para verificar que estaban allí, que eran mías, que estaba en el mundo real. Primero la palma. Luego el dorso. Cada dedo: el pulgar, el índice, el corazón, el anular y el meñique. Mis uñas mordidas. Parecía que todo estaba en orden. Sí, eran mis manos, sin ninguna duda. Intenté secarme la frente con una de esas manos y al instante noté como se empapaba. Solté un suspiro.

Entonces, a tropel, como si de un grupo de caballos al galope se tratara, una avalancha de recuerdos empezó a cruzar mi mente apareciendo y desapareciendo como estrellas fugaces, sin que yo apenas tuviera tiempo de retenerlos en mi memoria. Cerré los ojos intentando concentrarme, intentando agarrar uno aunque fuera. Conseguí atrapar un único instante.

Los rostros estaban difuminados, como si alguien hubiera rallado la cara de los personajes de un cuadro y ahora sus facciones fueran irreconocibles, tan solo una mancha de color carne sin una forma definida. Había una persona a mi izquierda, cerca y de espaldas a mí, ligeramente inclinada, de manera que solo podía ver su pelo moreno. Sabía, sin saber por qué lo sabía, que era una mujer. Nos encontrábamos en una terraza, entre medio sentados y medio arrodillados, pero cómodos el uno junto al otro, mientras escuchábamos lo que decían las dos personas de los rostros difuminados, que se encontraban de pie delante de nosotros. Parecía algo importante y yo escuchaba con atención, pero no recordaba ninguna de sus palabras. Pero aquel no era el instante al que me había agarrado con tanta fuerza. Fue en el momento en que la explicación terminó, cuando traté de moverme para desentumecer los músculos, agarrotados por permanecer en la misma posición un largo rato, que mi hombro rozó el hombro de la mujer y su pelo acarició mi oreja. Entonces lo supe. No, no lo supe: lo sentí. Sentí que estaba perdidamente enamorado de aquella mujer. No un amor de quien ama y no es correspondido, o de quien descubre que ama por primera vez, sino un amor construido, consolidado, un amor con unos cimientos más profundos que los de las ruinas de las construcciones antiguas, en pie todavía tras milenios.

Ella notó el tacto y se volvió hacía mí. Su rostro estaba borroso, no difuminado; como si un programa informático hubiera colocado una barrera que me impedía ver sus facciones. Aquello que me negaba ese momento del recuerdo era diferente a lo que me impedía el acceso a los otros rostros. Pero en ese momento en el que se giró, algo se escapó entre aquella máscara indescifrable: una media sonrisa, pícara y risueña, como si ella supiese que mi contacto no había sido mera casualidad. Noté su mirada sobre mí, aunque seguía sin poder verla, en la que sentí todo su amor de un fogonazo. Yo, que siempre he sido tímido, que nunca me he lanzado a nada, tuve la certeza de que ella me quería tanto como yo la amaba a ella. Me acerqué más, deseando su compañía y su abrazo, su calidez, su tacto. Podría haberla besado, pero por alguna razón pensé que aquel momento no era digno de un beso, pues ya había rozado sus labios mil y una veces, y busqué algo más íntimo, más personal, más secreto, así que junté mi mejilla a su mejilla, dejando que nuestras pieles se acariciasen la una con la otra mientras una mezcla infinita de sentimientos se atrincheraba en mi corazón: tranquilidad, seguridad, paz, un amor inefable y un miedo que surgía de pensar que todo aquello podía acabar, aunque ese estaba oculto en el fondo de aquella amalgama.

Su sonrisa se mantuvo allí, una sonrisa en la que sabía que podría perderme una y otra vez, y los dos cerramos los ojos mientras sentíamos la piel del otro, confiando en que nos aguantábamos entre nosotros en un mundo que desconocíamos.

Cuando volví a abrir los ojos, el recuerdo terminó. Ya no me encontraba en aquella terraza; seguía en mi cama, pero pude retener aquella sensación, pude mantener aquel amor, aquel tacto y aquella sonrisa. Aquel momento mágico y aquella trinidad de detalles habían sido salvaguardados en un rincón de mi mente, extraídos de aquel… sueño.

¿Sueño? Por alguna razón, me negaba a aceptar que aquello perteneciese al mundo onírico, que fuera irreal. Simplemente, guiado por mi instinto, tenía la certeza de que aquel recuerdo era tan solo una pizca de algo mucho más grande que había vivido en otro tiempo o en otra realidad. Porque solo así podía llegar a entender ese amor que había notado y que nunca había tenido la ocasión de experimentar en este mundo. Jamás había amado así. Era imposible que mi cerebro fuera capaz de crear aquella emoción.

Sentí una nostalgia y una melancolía extremadamente profundas, como si me hubieran arrancado un trozo de mí. Una lágrima resbaló por mi rostro y muchas más la siguieron. Mi habitación había dejado de parecer mi habitación y parecía que fuera la de otra persona. Y lo supe de nuevo, supe que no podría descansar hasta volver a experimentar lo que había sentido en aquel recuerdo. No me importaba que hubiera sido real o hubiera sido falso: para mí era tan verídico como la desgarradora cicatriz que había empezado a formarse en mi corazón.

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