Cuento Diego Valbuena (Colombia)

Memoria de acceso aleatorio

Mi memoria es enormemente defectuosa y aunque tenga en frente de mí a esa persona que no he visto en años, no logro recordar mayores detalles. Porque la memoria también trabaja con palabras. Un saludo afectuoso hace sentir sensaciones ocultas, pero son las palabras las que hacen brotar imágenes, una detrás de otra, como cuando destapo una cerveza en lata muy agitada. Las manos llenas de espuma. ¿Me las lamo? ¿Las limpio sobre mi ropa? Y nada más un par de horas sobran para crear un nuevo instante, replicado pero diferente.

Claro, la charla sucede con naturalidad, nos estamos actualizando de tantos momentos que no compartimos. Hasta ahí, sin mayores contratiempos. Pero, como en todo reencuentro, vuelven “aquellos tiempos”. Mi interlocutora tiene cierta mordacidad que hace que cada uno de esos recuerdos tengan la liviandad de la risa. Es como hacer un comic compartido del pasado. Cada viñeta parece más ridícula e irrisoria que la anterior. Pero en cierto momento, indescriptible, paso mi mano derecha por entre el poco cabello que llevo y aparece esa voz que me dice: “¿y si no hubiera existido ese bache temporal?”.

Mi actuar parece normal pero mi mente se encuentra reconfigurando la realidad. Es como si cayera la noche y al despertarme, la persona que duerme a mi lado me dijera “oye, has dormido por siete años”. ¿Dónde está la vida? La veo realizar acciones que parecen ejecutadas por primera vez, pero la piel me va advirtiendo que esto ya ha sucedido antes. No de la misma manera, no en las mismas circunstancias. Sí con la misma persona. Pero, ¿es realmente la misma? Podría jurar que sí. Reparo en sus manos, recuerdo esos dedos largos, huesudos, inquietos. Se ven algo manchados por la nicotina (algo que no estaba en el recuerdo) pero se sienten igual. El cabello lo tiene más corto, parece que hay menos, está tinturado, pero se agita de la misma manera como lo veía mientras caminábamos por la ciudad. Se ha hecho un par de tatuajes y se ha quitado los piercings. Es la misma, ¿no?

Realmente, no. No es la misma, pero sí, es la misma.

Mi cabeza desbordada se pone a concebir un mundo, tal vez paralelo, tal vez de ciencia ficción, en el que esos siete años de sueño profundo se transforman en un cúmulo de vivencias y experiencias que harían de este momento, el que estamos viviendo ahora mismo, en otro. Y sería otro porque la manera de hablarnos y acercarnos podría ser diferente, aunque es prácticamente igual al recuerdo, al pasado. ¿En qué radica la diferencia?

En todo. Absolutamente.

Por más que me ponga a divagar en las infinitas posibilidades y en las innumerables probabilidades, seguramente no acertaría en una elaboración creíble, verosímil, convincente, tanto para ella como para mí. ¿Es el surgimiento del arrepentimiento? Sería ridículo de mi parte, pues hay que aceptar que tomamos determinaciones y estúpidos nosotros si creemos que con ello no hay consecuencias, las más de las veces desfavorables para nosotros. Antes del extenso sueño, cuando el recuerdo era vivencia, tomé determinaciones. Nos preguntamos por las razones de nuestras acciones que hicieron que yo durmiera siete años y que ella emprendiera el camino que escogió o que le fue asignado. No hay respuesta. Apenas soy capaz de mencionar ciertas justificaciones que parecen nacidas en este momento y no que realmente hayan sido las de aquel entonces. No me siento satisfecho con mis palabras. Ella no se siente del todo a gusto con mis respuestas. La tarde va llegando a su fin y con ella, nuestro encuentro. Ambos, en silencio, nos vamos inventando excusas para hacer que todo esto dure un poco más. Pero lo inevitable es abrumadoramente concreto.

“No somos lo que fuimos”, sentencia ella con el filo de sus palabras. Con enorme claridad zanja el momento, haciendo de ese corte una herida que no dejará de sangrar. Presiento que ella lo tiene más claro que yo. No hay marcha atrás. No hay posibilidad de caminar hacia adelante. La única opción es entrecruzar, de vez en cuando, nuestros caminos y no recorrerlos, simplemente sentarnos a un costado y actualizar nuestras memorias aleatorias.

Es momento de despedirnos. Con ironía le digo que espero que no pasen otros siete años de un sueño pesado hasta que nos volvamos a ver. Ella nada afirma. Creo que ese es el designio y es inevitable. De camino a casa doy pasos con desgano, desentendido de mi alrededor. Es la sensación de la memoria. ¿Cuánto daño hace la memoria? El suficiente para recordarme mi ineptitud para decir lo que siento.

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