Bucur Mironescu (España) Cuento

Mundos

Apretó el botón de desconectar y la pantalla se tornó negra. Se recostó en la silla y dejó escapar un largo suspiro. Separó las manos del teclado y del ratón y, después de colocarse bien las gafas, que estaban a punto de resbalársele de la nariz, dejó caer sus brazos a sus costados. Fuera, era oscuro. Debían ser alrededor de las cuatro de la madrugada. Se había olvidado de cenar. No tenía mucha hambre, pero había aprendido que a veces tenía que forzarse a comer porque su cuerpo parecía haber dejado de actuar y de sentir cómo se suponía que debía hacerlo.

Se quedó unos momentos observando el reflejo que le devolvía la mirada desde la pantalla apagada. El pelo negro, desordenado y caótico, ya le llegaba por los hombros. Siempre se decía que un día de estos iría a cortárselo, pero todavía no había encontrado ninguna excusa para aventurarse al exterior en varios meses. ¿Importaba realmente? ¿Importaba en algún sentido el aspecto que tuviera en el mundo real?

Finalmente se levantó de la silla y se permitió un tiempo para desperezarse y desentumecer las piernas. Cada vez se acostumbraban más a estar todo ese tiempo quietas, pero sabía que eso, antes que ser algo positivo, no era nada bueno. Lentamente se dirigió hacia la cocina, sin molestarse a encender las luces. Después de todas esas horas delante del ordenador agradecía algo de oscuridad para sus ojos. Además, hoy era noche de luna llena. Su tenue luz se colaba entre las persianas e iluminaba débilmente la casa mediante prismas titilantes. 

Abrió la nevera. Dentro había montones de paquetes de comida precocinada; tan solo hacía falta meterlos unos cuantos minutos en el microondas y estarían listos. No sabía cocinar, tampoco se había tomado nunca la molestia de aprender. Por eso, al principio de cada mes, se aprovisionaba vía online para no tener que preocuparse por la comida. Todo le llegaba a casa mediante pedidos a domicilio. Siempre y cuando tuviera dinero en el bolsillo, no sentía ninguna necesidad de salir de su piso. 

En realidad, si fuera por él, no saldría ni de su habitación. Puso a calentar unos macarrones con queso y, para distraerse y alejar los oscuros pensamientos que habitaban en el silencio, puso un programa en la televisión para escucharlo de fondo, en el cual se dedicaban a hacer tertulias sobre videojuegos. 

“Dentro de poco, el mundo digital tendrá más importancia que el real. En pocos años la industria tecnológica ha evolucionado de forma frenética, inexorable, con nuevos descubrimientos e innovaciones trepidantes. Ninguno de nuestros mayores se hubiera podido imaginar el mundo en el que habitamos hoy en día”.

Puso el plato en la mesa y comenzó a masticar mecánicamente. No le importaba el sabor. Sabía que lo único que era necesario era enviar comida a su estómago; para él, el placer culinario se había situado en un plano inexistente e innecesario. Le dolía un poco la cabeza; el mareo no se había marchado del todo. Intentó restarle importancia. 

“Con los avances realizados en realidad virtual, y con el futuro que le espera a nuestro planeta, miles de mentes querrán refugiarse en un nuevo mundo, en una nueva realidad. Y la diferencia entre las dos entidades se tornará indistinguible, borrosa. ¿Qué será lo real? Será lo que cada uno decida que sea: sentiremos y disfrutaremos lo mismo tanto en un lugar como en el otro. Esa es la existencia que nos espera”. 

Cuando hubo terminado de comer, decidió que ya era hora de dormir unas cuantas horas. Volvió a su habitación y se metió en la cama. También hacía varios días que no se había tomado la molestia de hacerla: una y otra vez, unas mantas desperdigadas sobre ella lo volvían a recibir indiferentes. No se tomó la molestia de poner ningún despertador, el tiempo aquí afuera no tenía ningún sentido ya. Tan solo sabía la hora que era, de vez en cuando, cuando lo veía en su ordenador, pero no importaba en qué momento se conectaba o se desconectaba. Estaba cansado y se despertaría cuándo su cuerpo así lo decidiese. Al cerrar los ojos, sus pensamientos comenzaron a danzar recordando las aventuras de la jornada: las mazmorras, los combates contra monstruos salidos de las imaginaciones más extravagantes, sus amigos guerreros, la emoción de lo desconocido… se preguntó qué pensarían de él los que lo conocían tan solo en el mundo virtual. Sabía muy bien, eso sí, lo que pensaban de él en la vida real. Se abandonó a Morfeo bajo esos pensamientos intranquilos. 

En el salón, la televisión se había quedado encendida. No llegaba a escucharla desde su habitación o, si lo hacía, su cerebro parecía no darle la suficiente importancia como para despertarse. El programa llegaba a su final. 

“Las generaciones que nos antecedieron nos han abocado al mundo distópico que tantas veces ellos han imaginado. Nos están obligando a abandonar una realidad que a muchos se les comienza a antojar como insoportable. La imaginación se está tornando existencia, y la existencia será imaginación. Tan solo nos faltan los detalles: pero probablemente eso sea lo que nos espere a la vuelta de la esquina”  

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