Cuento Mireia Clavero (España)

Medusas de té

Cuando tenía siete años su hermano le habló por primera vez de las medusas de té. Unos extraños animales que solo despiertan al nadar en agua y tiñen todo de color. Por eso siempre le ha gustado el frío y el olor a calefacción en casa, las tazas humeando. El ritual de hervir el agua: ver cómo el té escupe color, las gotas de leche dibujando espirales y el sonido de la cuchara contra la taza. Cuando piensa en su casa la boca se le llena de sabor a sopa y escucha el crujido del tercer escalón subiendo (el octavo bajando).

Dicen que con veinte años no se ha podido pensar en la muerte. Mentira. El mismo día que dejó de creer en las medusas de té, la muerte se le ancló en la cabeza. Se sintió morir. Descubrió que el dolor y el placer están a un paso, a un guiño. Y si el dolor le hacía sentir la vida, el dolor de la muerte le haría sentir el todo. No soportaba no saber dónde estaba antes de existir. No soportaba no saber porqué estaba aquí. Quería saber porque veía. Gemía. Sentía placer. Lloraba. Quería. Amaba. Por qué coño se despertaba de madrugada sin poder respirar y con un dolor en el pecho. «Porque es el dolor de vivir», le diría su doctor.

La primera vez que intentó suicidarse solo tenía diesiete años y había follado por primera vez en la furgoneta de reparto de una panadería. Al llegar a casa se sentó en la cocina y bebió una tazá de té con leche. Como siempre, sacó la bolsita de té y vio cómo se secaba sobre la encimera. Mientras, se oía un capítulo de algún culebrón en el salón. Fue al baño del piso de arriba. Mientras se llenaba la bañera, se desnudó. Cuando los cristales se empañaron, entró en el agua ardiendo. Olía a calefacción. Se rasgó las muñecas con la cuchilla de su padre. Antes de que se le cerraran los ojos vio cómo la sangre dibujaba en el agua caliente. Igual que las medusas de té.


Despertó en el hospital con sus padres llorando a sus pies y maldiciéndose el uno al otro. Una semana más tarde una enfermera le provocó el vómito después de haber tragado un bote de pastillas robado. Pasó dos años de tratamiento en un hospital. Por las mañanas, talleres. Por las tardes algo de deporte, terapia y paseos por aquel jardín enorme.

Ahora trabaja en una tienda en un barrio de las afueras y vive en un minúsculo apartamento. Está bien. Puede ir andando al trabajo y con una cama le basta. Los dedos le huelen a tabaco y se alimenta de sopa, noodles, pollo frito y poco más. Solo le ha explicado la existencia de las medusas de té a su doctor. Solo a él le ha contado que cuando tenía siete años su hermano le habló por primera vez de las medusas de té.

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