Bucur Mironescu (España) Cuento

El baile de la vida

El patio estaba decorado de una manera espectacular. Alguien había traído una escalera y había colgado guirnaldas de diversos colores, conectándolas entre los dos tejados; habían colocado las mesas que tenían guardadas en el almacén para los momentos especiales a lo largo de todo el espacio, con manteles que alguien les había de haber prestado, porque no recordaba tener tantas ni de tan preciosas. Aquí y allá los miembros de la familia sacaban más platos de comida y traían los sucios a la cocina. Alguien tocaba una giga, otros bailaban en un espacio circular que habían dejado dispuesto de manera cuidadosa entre las mesas y, en general, todo iba sobre ruedas. Parecía imposible que todos esos colores se pudieran combinar bien con la polvorienta tierra del patio y vistiendo los bastos porches de madera, desgastados después de tantos años, pero de alguna manera lo hacían. No pudo evitar que una ancha sonrisa se dibujara en sus labios. Aquello estaba fuera del alcance de sus mejores sueños: la celebración de boda que siempre había deseado tanto para sus hijos como para sus nietos. 

Con la ayuda de su bastón se dirigió hacia uno de los bancos que estaban diseminados en las periferias de la celebración y se dejó caer en uno de ellos. Se sentía poderoso observando a su familia, a sus descendientes, sangre de su sangre. Sabía que no todo el mérito se lo podían llevar su mujer y él, pero le alegraba ver que había podido traer al mundo aquella saludable y vivaracha familia, pese a los obstáculos, pese a los múltiples sufrimientos. Aquellos momentos estaban más que compensados por ese presente. 

Estuvo alelado contemplando aquella pintura en movimiento hasta que uno de sus nietos, uno de los pequeños de Marta, se sentó a su lado. Lo miró con curiosidad. El muchacho parecía que no se había percatado de su presencia. Debía rondar los quince o dieciséis años; no recordaba con exactitud la edad de todos sus nietos. Tenía las mejillas sonrojadas, seguramente porque habría convencido a su madre de que, estando en familia, podía beber una o dos copas, pero aun así parecía pensativo. Como si no estuviera seguro de si hacer algo o no. Él conocía muy bien esas expresiones: estaba muy familiarizado con las indecisiones de la vida, respaldado por años de experiencia. 

—¿Todo bien, Tom? —preguntó el anciano al muchacho, tratando de ver si podía aconsejar o, como mínimo, ofrecer algo de alivio al joven. Tom dio un respingo. 

—Apu —susurró el chico, volviéndose hacia su abuelo, sorprendido. Apu era un apelativo cariñoso que sus hijos usaban con él y que había trascendido a sus nietos. Provenía de los pocos conocimientos de húngaro que le quedaban, antes de que sus padres emigraran hacia el este—. No le había visto. Perdón. 

—No te preocupes, pequeño —le excusó él—, hay mucho con lo que distraerse hoy —dejó escapar una risa entre dientes. Tom no contestó inmediatamente la pregunta del abuelo; él tampoco lo presionó más. Hubo unos momentos de silencio y, de repente, al chico se le iluminó la cara. 

—Apu —dijo—, ¿usted sabe bailar? —había una especie de avidez en sus ojos que no se le escapó al anciano. 

—¿Yo? ¿Bailar? —la risa que antes había salido de sus labios ahora danzaba en sus ojos—. ¡Pues claro que sé bailar! —Y tras pronunciar estas palabras se puso de pie y, con una agilidad inusitada en alguien de su edad, realizó unos rápidos pasos, dejando mudo al muchacho, que se quedó con la boca abierta unos segundos. El anciano se volvió a sentar, satisfecho con el asombro del chiquillo. 

—Y… y… —tartamudeó Tom—, ¿podría usted enseñarme? —el chico no pudo evitar mirar mientras hacía esa pregunta a una muchacha que se encontraba en el lado opuesto de donde estaban sentados ellos, de pelo castaño y ojos del color de la miel, que conversaba animosamente con, precisamente, la madre de Tom. Ese gesto duró tan solo un mero segundo, pero fue suficiente para que el abuelo siguiera su mirada y asintiera para sí al entender el problema. 

—Mira, Tom —empezó, mirando a los ojos de aquel chiquillo emocionado—, bailar es algo que se puede enseñar, ciertamente. Pero yo no puedo hacer eso ahora: necesitaríamos tiempo, y privacidad, y constancia. No puedes aprender a bailar en una hora —el rostro del muchacho se ensombreció al oír aquellas palabras, pero siguió escuchando, porque la sonrisa todavía no había abandonado la expresión de su abuelo—. Lo que sí puedo hacer —dijo acompañando sus palabras de un casi imperceptible movimiento de cabeza hacia donde el chico había mirado, aunque suficiente para que Tom entendiese la referencia— es hacerte entender el baile. Bailar es otro acto social más. En realidad, bailamos en todos los momentos de nuestra vida en los que estamos con alguien —el anciano lanzó varios gestos en el aire, e hizo como si hablara con personas imaginarias—. ¿Cómo estás hoy, María? Te sienta muy bien ese esmoquin, Pedro. Lo siento mucho, señor comisario, no volverá a pasar. Etcétera, etcétera, etcétera. En esos momentos también bailamos al son de una melodía: al son de un contexto. ¿Y verdad que en esos momentos nos las apañamos, seguimos la canción que los otros también escuchan? Pues si sabes defenderte en esos escenarios, también lo podrás hacer en la pista de baile —Tom se quedó unos momentos callado y, viendo que el anciano no añadía nada más, asintió lentamente, poco convencido. El abuelo hizo una mueca—. Veo que no acabas de entender el argumento, ¿eh? Vale. Tú acércate a ella. Ahora es el momento perfecto: conoce a tu madre, así que probablemente os presente. Habla con ella. Charla. No la invites a bailar al primer momento: conócela un poco, os ayudará a los dos. Y una vez estéis escuchando la misma música, es decir, que os entendáis, entonces escoge la canción adecuada para sacarla a bailar. Dedícate a seguir la melodía, pero la diferencia entre el primer momento y este es que ahora os entenderéis, y no hay canción que no podáis bailar si has conseguido eso —tras estas últimas palabras, Tom se sumió en una actitud reflexiva. Finalmente se levantó, con su mirada perdida en un punto inexpresivo. Pero antes de que se marchara con la decisión que había tomado posada en su corazón, su abuelo le dio un último consejo—. Recuerda siempre, Tom: nunca dejes escapar una oportunidad de bailar en la vida. 

El chico asintió solemnemente y empezó a dirigirse hacia su madre y la muchacha, pero a medio camino se giró hacia su abuelo. 

—Apu, gracias por este regalo —y se dio la vuelta sin mirar atrás. 

El abuelo se rebulló satisfecho en su banco, alegre de que de tanto en tanto alguien apreciara la sabiduría del peso de sus años. Una lágrima destelló durante un instante en su mejilla. 

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